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Full text of "Babel y el castellano"

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BABEL  Y  EL  CASTELLANO 


OBRAS  DE  ARTURO   CAPDEVILA 


POESÍA: 

Jardines  solos  (2.»  edición). 

Metpómene   (5.*   edición). 

El  Poema  de  Nenúfar  (3.*  edición). 

El   Libro    de    la    Noche    (2.*   edición). 

La  Fiesta  del  Mundo  (3.»  edición). 

El  Tiempo  que  se  fué  (acaba  de  aparecer). 

S:mbad  (acaba  de  aparecer). 

El  Apocalipsis   de  San  Lenín   (Versículos). 

DERECHO: 

Dharma  (Influencia  del  Oriente  en  el  Derecho  de 
Roma)  (agotada). 

EXEGESIS: 

El  Cantar  de  los  Cantares  (2.*  edición). 

TEATRO: 

La  Sulamita  (7.*  edición). 
El  Amor  de  ¡Schahrazada   (3.*  edición). 
La  CaSa  de  los  fantasmas  (1.*  edición). 
Zíncali  (acaba  de  aparecer). 

ENSAYOS: 

La  Dulce  Patria  (agoladla). 

Córdoba  del  Recuerdo   (2,*   edición). 

Los  Paraísos  Prometidos  (1.*  edición). 

América  (tercer  millar). 

Babel  y  el  Castellano  (3.*  edición). 

El  gitano  y  su  leyenda  (acaba  de  aparecer). 

BREVIARIOS: 

Del  Libre  Albedrio  (Soliloquio  del  alma  en  la  no- 
che) (2.0  millar). 
Del  Infinito  Amor  (1.*  edición). 


HISTORIA: 

Las    Vísperas   de  Caseros   (2.*  edición). 
Los  Hijos  del  Sol  (2.*  edición). 

CUENTOS: 

La   Ciudad   de    los  Sueños    (2.°   millar). 

VIAJES: 

Tierras    Nobles    (Viajes   por   España  y   Portugal) 
(2.°  millar) 


Ei  propiedad  del  autof. 

RMsrTadoB  los  dereobog  para 

todos  los  palies.  Copyright  by 

ARTURO  OAPDBVILÁ 


Oompafiia  Qenaral  de  Artes  Oráfioas.— Madrid 


ARTURO    CAPDEVILA 


BABEL 

Y  EL  CASTELLANO 


C] 
C*mpaiift  Ibere-Amerícana  de  Pnblieaei«nei,  S.  A. 

Pnerta  del  Sol,  16.  — Madrtd 
Bonda  Universidad,  1.  —  Barcelona 
Florida,   S61. — Bueno»    Airee 


PC 
HD15 


A  Enrique  Larreta,  señor  del  castellano 


Un  orgullo  ha  dictado  este  libro 
argentino:  el  de  hablar  castellano. 
Y  una  cosa  querría  patrióticamen- 
te el  autor:  comunicar  este  orgullo 
a   toda   la  gente   que    lo    habla. 


UN  GRAN  IMPERIO 
ESPIRITUAL 


Tanto  más  os  déhriades  avergonzar 
vosotros,  que  por  vuestra  negligencia 
hayáis  dejado  y  dejéis  perder  una  len- 
gua tan  nobUy  tan  entera,  tan  gentil  y 
tan  abundante. 

Marcio   a   Valdés.     (Diálogo   de   las 
Lenguas.) 


Nunca  pude,  en  rueda  de  españoles  e  hispano- 
americanos, dejar  de  sentir  una  honda  emo- 
ción de  fraternidad.  Por  la  virtud  del  común 
idioma,  gentes  de  distantes  países,  de  diversos 
climas,  de  apartadísimas  regiones  ;  gentes  sepa- 
radas por  el  océano  inmenso,  cuando  no  pertene- 
cientes además  a  hemisferios  opuestos,  anulan 
y  bprran  las  diferencias  geográficas,  concilian  y 
armonizan  las  distancias  y  las  contrarias  latitu- 
des, y  aun  llegan  a  parecer  no  ya  individuos  de 
una  misma  raza,  sino  ciudadanos  de  una  misma 
nación,  y  acaso,  mejor,  miembros  de  una  sola  y 
única  familia. 

En  el  despacho  de  la  Legación  de  México,  sien- 
do ministro  de  aquel  gran  país  el  poeta  don  En- 
rique González  Martínez,  de  imborrable  recuer- 
do, fué  donde  más  vivamente  sentí  la  emoción  que 
digo,  una  tarde,  entre  la  mucha  gente  de  habla 
castellana  que  allí  había,  disfrutando  la  hospita- 

—  15  — 


A  il  T  U  n  o      C  A  P  Ú  H  V  1  L  A 

lidad  exquisita  de  tan  perfecto  señor.  Me  parecía 
que  el  asombro  debía  estar  pintado  en  los  ros- 
tros viendo  dialogar,  por  así  decirlo,  al  Este,  al 
Oeste,  al  Norte  y  al  Sur.  Me  parecía  que  tal  mi- 
lagro debía  agitarse  vivido  en  los  corazones.  Mas 
no  porque  todos  hablaran  sin  pararse  a  conside- 
rar el  prodiigio,  era  menos  maravilloso  lo  que 
allí  ocurría  en  aquella  sala  de  la  Legación  de  Mé- 
xico, en  la  avenida  de  Alvear,  medio  al  borde  ya 
de  nuestra  babélica  metrópoli.  Para  más  pura 
grandeza  del  hecho,  ninguno  hablaba  el  castellano 
por  imposición  tiránica  u  otra  humillante  necesi* 
dad.  Todos,  en  absoluta  certeza,  lo  teníamos  por 
propio,  íntimo  y  muy  legítimo  bien. 

Iguales  sentimientos  de  orgullo  y  de  asombro 
me  acompañaron  en  mi  viaje  por  España.  Veinte 
días  había  navegado  el  vapor  ;  tanto,  que  pasando 
del  invierno  al  estío,  la  luna  nos  mostraba  sus 
fases  cambiadas.  Habíamos  sido  entregados  de 
unas  a  otras  constelaciones,  hasta  renovar  todo 
el  cielo,  hasta  cambiar,  como  quien  dice,  de  ha- 
dos. Era,  sin  embargo,  real  y  efectivamente,  como 
si  no  hubiéramos  salido  de  la  patria  ;  pues  que 
aún  hablábamos  y  nos  hablaban  el  mismo  nativo 
idioma. 

Imposible  no  sentirse  orgulloso  ante  una  tal  ple- 
nitud humana.  Yo  siento  el  orgullo  de  esta  con- 
fraternidad sin  fronteras  y  me  sobrecoge  el  entu- 

~  i^  - 


BABEL     Y    EL     CASTELLANO 

siasmo  ante  esa  gigantesca  extensión  de  que  es 
capaz  el  espíritu.  Orgullo  y  asombro  siento  de  ver- 
me llamado  a  participar  de  una  gloria  de  tanta 
rareza ;  de  un  acontecimiento  que  se  ha  estado 
esperando  durante  siglos  y  si,glos,  por  edades  y 
edades,  con  la  espada  en  la  mano.  Pero,  ¿  quién 
piensa  nunca  en  esto?  Vivimos  en  el  seno  del 
hermoso  milagro.  Por  eso  no  reconocemos  el  mi- 
lagro, _ 


II 


Con  ser  tales  hechos  tan  bellos  y  trasparentes, 
no  siempre  ha  sido  éste  que  yo  enuncio  ahora  el 
sentimiento  argentino,  y  dígase  también  ameri- 
cano. La  guerra  de  la  Independencia  debió  dejar, 
y  dejó,  un  sedimento  de  enconos.  La  literatura 
crepitó  mezclada  con  la  pólvora.  Con  esta  par- 
ticular circunstancia  :  que  apagada  la  pólvora, 
ardía  aún  la  literatura  ;  cosa  que  ha  de  atribuir- 
se, como  parece  justo,  a  la  mala  calidad  de  la  li- 
teratura. Por  otra  parte,  al  día  de  la  batalla  si- 
gue el  vivo  recuerdo  de  la  batalla.  Difícilmente 
pronuncia  el  hijo  con  amor  los  nombres  que  su 
padre  pronunciaba  rencoroso.  Es  necesario  para 
el  apaciguamiento  un  ambiente  de  mucho  olvido  ; 
es  necesario  que  ningún  soplo  importuno  desnu- 
de a  la  brasa  de  su  lenta  ceniza.  Y  en  América 
hubo  frecuentes  ráfagas.  Intervenciones  poco  há- 
biles de  España  en  el  Pacífico  y  ese  inacabable 
relampagueo  hacia  el  lado  de  Cuba,  renovaban  la 


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ARTURO      C  A  P  D  E  V 1 L  A 

atmósfera  de  la  mal  pasada  tormenta.  Niño  era 
yo  de  nueve  años  en  la  Córdoba  de  1898,  cuan- 
do me  tocó  un  día  desenvainar  mi  entonces  habi- 
tual espada — afortunadamente  de  lata — y  arreme- 
ter contra  un  distinguido  caballero  español  al  grito 
de  i  Cuba  libre !  A  tal  punto  estaba  la  cosa  en  la 
calle.  Hay  que  decir  todo  esto  para  comprender, 
de  una  parte,  actitudes  hirientes  como  las  de  Sar- 
miento, Alberdi  o  Gutiérrez,  y  de  la  otra,  la  de- 
finitiva posición  de  amistad  a  España  de  las  ge- 
neraciones nuevas.  1898  es  un  límite. 

Por  lo  que  se  refiere  ahora  puntualizadamente  a 
Sarmiento  y  a  Alberdi — hombres  del"  día  siguien- 
te de  la  contienda — diremos  que  señalan  con  bas- 
tante precisión  las  modalidades  más  avanzadas  de 
esa  crisis  del  sentimiento  argentino.  A  este  res- 
pecto, el  aplaudido  libro  de  don  Arturo  Costa 
Alvarez,  Nuestra  lengua,  nos  ahorra  la  tarea  nada 
fácil  de  buscar  por  entre  la  enmarañada  selva  de 
las  Obras  Completas  de  uno  y  otro,  las  opinio- 
nes que  vertieran  no  ya  sobre,  sino  contra  el  idio- 
mai  de  Castilla.  Porque  ha  de  saberse  que  la  his- 
panofobia  en  ellos — intelectuales  urgidos  por 
la  necesidad  de  la  acción  en  medio  del  desampa- 
ro— se  resolvió  muy  luego  en  un  desprecio  ven- 
gativo por  todo  lo  peninsular,  en  que  no  se  ex- 
cluía ni  su  maravilloso  idioma.  Representan  la 
hora  de  la  impaciencia  :   pero  si,  a  no  dudarlo, 

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BABEL     Y    EL     CASTELLANO 

llegan  hasta  la  blasfemia,  ésta  no  tiene  otro  va- 
lor en  su  vida  y  en  sus  obras  que  el  de  múltiple 
interjección  con  que  unos  a  otros  se  estimulan  y 
reaniman.  Puede  tratarse  hasta  de  un  modo  de 
forcejear  con  el  futuro. 

Alberdi  proclama  :  «Es  evidente  que  aún  con- 
servamos infinitos  restos  del  régimen  colonial..., 
ya  que  los  españoles  nos  habían  dado  el  despo- 
tismo en  sus  costumbres  oscuras  y  miserables.» 
En  cuanto  al  castellano,  «es  una  lengua  que 
nuestra  patria  no  quiere  hablar».  Todavía  más 
claro  :  «Hemos  tenido  el  pensamiento  feliz  de  la 
emancipación  de  nuestra  lengua.»  Asimismo 
Alberdi  no  quiere,  por  modo  alguno,  que  habien- 
do logrado  la  independencia  política,  seamos  me- 
ros colonos  de  España  en  literatura.  «En  las  ca- 
lles de  Buenos  Aires — dice  con  calor — circula  un 
castellano  modificado  por  el  pueblo  porteño,  que 
algunos  escritores  argentinos,  no  parecidos  en 
esto  a  Dante,  desdeñan  por  el  castellano  de  Ma- 
drid.» Este  castellano  nuevo  evoluciona  felizmen- 
te hacia  el  francés,  que  es  «una  lengua  de  la  ma- 
yor perfección  filosófica».  De  este  modo,  «aproxi- 
marnos a  esta  forma  por  las  imitaciones  francesas 
es  acercarse  a  la  perfección  de  nuestra  lengua». 
Además,  «imitar  una  lengua  perfecta  es  imitar 
un  pensamiento  perfecto» .  ¡  Así  habla !  Pero  el 
señor  Costa  Alvarez  no  recuerda  que  el  Alberdi 

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ARTURO      CAPDEVILA 

que  se  desfoga  en  tales  términos  sólo  cuenta  vein- 
tisiete años  y  escril^e  al  correr  de  una  pluma  de 
gacetillero. 

En  todo  caso,  All^erdi  representa  lo  que  podría- 
mos llamar  la  izquierda  echeverriana  ;  porque  fué 
Echeverría  quien  comenzó  a  andar  en  esta  mate- 
ria, por  la  pendiente  abajo,  aunque  a  buen  segu- 
ro, sin  perder  su  acostumbrado  equilibrio.  Su 
posición  ante  la  madre  patria,  su  literatura  y  su 
idioma,  era  ésta  :  «No  nos  hallamos  dispuestos  a 
imitar  imitaciones  ni  a  buscar  en  España,  ni  en 
nada  español",  el  principio  engendrador  de  nues- 
tra literatura  que  España  no  tiene  ni  puede  dar- 
nos». Posición  que  acaba  de  aclararse  a  la  luz  de 
estos  otros  conceptos  :  Los  americanos  aceptan  de 
España,  por  ser  realmente  precioso,  el  legado  de 
su  idioma ;  mas  a  condición  de  mejorarlo,  de 
transformarlo  progresivamente,  hasta  la  emanci- 
pación... Por  una  parte,  recomienda  no  adulterar 
«con  postizas  y  exóticas  formas  su  índole  y  esen- 
cia, ni  despojarlo  de  los  atavíos  que  le  son  carac- 
terísticos» ;  por  la  otra,  como  se  ha  visto,  sueña 
con  mejorarlo,  transformarlo  y  liberarlo.  Eviden- 
te resulta,  así,  que  la  doctrina  de  Alberdi  no  fué 
sino  la  interpretación  exaltada  de  los  postulados 
de  su  amigo  y  maestro. 

Si  hasta  aquí  llegaba  Alberdi,  ¿  quién  duda  que 
Sarmiento  llegaría  más  lejos?  Sarmiento  es  ante 

—  22  — 


BABEL.     Y    EL     CASTELLANO 

todo  un  educador  que  pide  textos.  Semejante  a 
ese  fatídico  Facundo  de  su  página  más  viva,  que 
pedía  \  Caballos  \  \Cahallos\y  de  posta  en  posta, 
con  la  premura  del  que  juega  la  vida,  él  pide 
j  Cartillas  !  i  Cartillas  !  para  salvar  la  civilización 
en  el  Plata.  Como  no  las  encuentra  en  su  lengua, 
juzga  en  el  acto  que  el  idioma  castellano  se  ha 
tornado  en  instrumento  inútil  que  urge  abando- 
nar. España,  que  anda  a  vueltas  entre  revolucio- 
nes y  motines,  no  le  puede  servir  :  acabemos  con 
España.  La  da  por  muerta.  Parécele  que  después 
de  Cervantes  ni  el  ingenio,  ni  el  gusto,  ni  la  no- 
vedad hallan  lugar  en  la  literatura  de  la  penínsu- 
la. No  hay  nada  que  esperar  de  la  lengua  caste- 
llana :  «Tenemos  que  ir  a  mendigar  a  las  puertas 
del  extranjero  las  luces  que  nos  niega  nuestro 
propio  idioma.»  Ea  religión  del  progreso  le  cuen- 
ta entre  sus  vehementes  neófitos.  Desde  sus  dog- 
mas, el  español  se  ha  vuelto  «un  dialecto  inma- 
nejable para  la  expresión  de  las  ideas».  En  tal 
idioma  muerto,  España  sólo  nos  legó  un  enorme 
caudal  de  ignorancia.  Treinta  millones  de  seres 
humanos  del  nuevo  y  del  viejo  mundo  se  revuel- 
can sobre  el  cieno  de  esta  inferioridad,  de  esta 
decadencia...  Bien  quisiera  cambiar  por  un  decre- 
to el  idioma  de  los  argentinos.  Su  pesimismo  es 
total  :  «Hay  lenguas  gubernativas...  El  castellano 
no  es  lengua  de  gobierno.»    ¿Para  qué  sirve  el 

—  23  — 


ARTURO      CAPDEVILA 

castellano  ?  Cervantes  fué  un  genio  j  ay !  en  cuyo 
honor  se  momificó  una  lengua.  Versos,  declama- 
ciones, palabras  huecas  :  todo  eso  cabe  aún  en  el 
castellano  ;  ideas,  no.  «Agricultura  en  castellano, 
geología  en  castellano,  hablar  de  cercos  y  de  in- 
ventos en  castellano...  ¡un  diablo!»  Esta  lengua 
es  un  viejo  reloj  herrumbroso  que  marca  todavía 
el  siglo  XVI.  No  dejará  nunca  de  marcarlo. 

Así  habla  Sarmiento,  sin  cesar,  desde  1842  has- 
ta 1870. 


III 


Cosas  de  la  primera  mañana...  El  primer  vuelo 
de  la  libertad  debe  alcanzar  hasta  los  límites  de 
la  utopía.  Está  muy  en  su  punto  que  los  funda- 
dores de  una  patria  nueva  quieran  fundar  tam- 
bién una  lengua  nueva,  como  fundarían,  asi- 
mismo, tierra  nueva  y  cielos  nuevos.  Pero  esta 
exaltación  pasa  un  día,  y  la  aventurera  libertad 
pierde  su  carácter  temerario.  Ya  no  parece  tam- 
poco tan  desdeñable  la  realidad  inmediata.  Así, 
ni  Alberdi  ni  Sarmiento  perseveraron  en  su  as- 
piración utópica,  ni,  que  yo  sepa,  dejaron  pro- 
sélitos. Aun,  por  ventura,  vinieron  a  comprender 
que  las  palabras  los  traicionaron  y  que  no  siem- 
pre quisieron  decir  lo  que  dijeron, 

Sesenta  y  un  años  tenía  Alberdi  cuando  recono- 
ció que  en  España  y  América  «el  idioma  será  el 
mismo  en  el  fondo» .  Para  en  mo3o  alguno  arries- 
garlo, quiere  que  España  no  trabe,  como  entonces 
lo  hacía,  la  emigración  de  su  pueblo  a  tierras  de 

—  25  — 


ARTURO      C  A  P  D  E  V 1 L  A 

América.  Bien  dice  sus  razones  :  «La  población  es 
el  mejor  conductor  de  los  idiomas.  Así  se  intro- 
dujo el  castellano  en  América  y  así  se  mantendrá 
fiel  a  su  tipo  original».  Lo  cierto  es  que  ha  ido 
a  España  y  que  se  ha  deleitado  oyendo  hablar 
español.  En  Madrid,  el  habla  de  los  niños  y  el 
acento  de  las  damas  le  suena  a  música.  Y  las  ideas 
de  la  juventud,  ¿qué  se  hicieron?  Nos  lo  dirá 
como  en  un  suspiro  :  «Mi  preocupación  de  ese 
tiempo  contra  todo  lo  que  era  español  me  enemis- 
taba con  la  lengua  misma  castellana,  sobre  todo 
con  la  más  pura  y  clásica  que  me  era  insoportable 
por  difusa.  Falto  de  cultura  literaria,  no  tenía  el 
tacto  ni  el  sentido  de  la  belleza...»  Dice  todavía  : 
«Pero  más  tarde  se  produjo  en  mi  espíritu  una 
reacción  en  favor  de  los  libros  clásicos  de  Espa- 
ña, que  ya  no  era  tiempo  ^e  aprovechar,  infeliz- 
mente para  mí,  como  se  echa  de  ver  en  mi  ma- 
nera de  escribir  la  única  lengua  en  que,  no  obs- 
tante, escribo.»  De  este  modo  el  pensador  enve- 
jecido hace  cargos  al  soñador  juvenil. 

Más  todavía.  Mientras  Gutiérrez  da  en  la  va- 
nidosa arrogancia  de  rechazar  el  diploma  que  la 
Real  Academia  Española  le  confiere,  Alberdi  se 
tiene  por  muy  honrado  con  él,  y  nada  teme  de 
una  conquista  gramatical  de  la  Península.  Antes 
bien  :  « ¡  Ojalá  pudiera  España  conquistarnos  has- 


BABEL     Y     EL     CASTELLANO 

ta  hacer  un  hablista  como  Cervantes  de  cada  ame- 
ricano del  Sur.» 

En  cuanto  a  Sarmiento,  hallar  en  español  los 
textos  de  que  desesperaba,  y  reconciliarse  defi- 
nitivamente con  la  lengua  española,  fué  todo  uno. 
Lo  sabemos  de  su  propia  tinta  :  «El  castellano 
posee  hoy  lo  que  no  poseía  hace  diez  años»  ;  pa- 
labras con  que  alude  a  sus  tan  deseados  libros  de 
enseñanza.  Hasta  llegó  quizás  a  contar  el  espa- 
ñol entre  los  idiomas  de  gobierno  ;  bien  por  el 
descubrimiento  de  su  capacidad  pedagógica,  bien 
por  conocer  mejor  la  historia  de  España  ;  sobre 
todo  la  del  tiempo  de  Carlos  III,  el  gran  rey, 
bajo  cuyo  patrocinio  se  vieron  llegar  a  América, 
tantas  y  tantas  comisiones  de  sabios  expediciona- 
rios. Ello  es  que  Sarmiento,  amante  siempre  de 
la  pureza  del  idioma,  como  se  ve  en  su  propia 
obra  aunque  pueda  inferirse  lo  contrario  de  sus 
prédicas  ocasionales — lo  proclama  con  viveza, 
mientras  comprende  como  buen  estadistas  que  una 
de  las  mayores  ventajas  de  que  goza  la  nación 
argentina  es  la  unidad  de  lengua.  «Uno  de  los 
mayores  bienes  de  que  goza  una  nación  es  la  uni- 
dad del  lenguaje  de  sus  habitantes,  y  la  mayor 
remora  para  su  civilización  y  aun  para  su  paz 
interior,  las  diferencias.»  ¿Qué  más?  El  castella- 
no «es  la  clave  de  la  América  del  Sur. . .  Es  la  len- 
gua que  va  a  desarrollarse  a  continuación  del  in- 


27 


ARTURO      CAPDEVILA 

glés...»  De  esta  manera,  Sarmiento  alcanzó  la  an- 
cianidad, como  Alberdi,  en  la  paz  de  una  perfecta 
ortodoxia.  Por  lo  demás,  una  cosa  es  proponer  y 
otra  es  hacer.  No  conocemos  página  alguna  suya 
en  que  se  lea  bibÍTj  adqirir,  gerria  o  instrucsión,.., 
como  él  propusiera.  Menos  la  encontraríamos  en 
su  gloriosa  vejez  de  venerable  patriarca  de  la  po- 
lítica, de  la  cultura  y  de  las  letras. 

De  entonces  acá,  no  sé  de  ningún  escritor  ar- 
gentino, ni  de  escritor  alguno  de  otro  país  her- 
mano, cuya  hispanofobia  haya  podido  conducirle 
a  renegar  del  idioma.  Los  escritores  hispanófo- 
bos,  si  seriamente  los  hay,  hablan  o  escriben  sus 
denuestos  contra  España  en  el  más  hermoso  cas- 
tellano ;  que  no  es  mala  manera  de  amarla.  Por 
mi  parte,  respondo  de  mi  generación.  Allá  en 
mi  noble  Córdoba  amábamos  a  España,  y  yo  lo 
dije  bien  claro  en  unos  de  mis  primeros  endecasí- 
labos : 

El  puro  amor  que  por  fnd  patria  siento 
contigo'  sola  lo  comparto,  España. 

Era  verdad.  Entre  clásicos  y  románticos  pen- 
insulares abrí  los  ojos  a  la  literatura  y  a  la  capa 
y  espada  de  las  leyendas,  de  los  romances  y  de 
los  dramas.  El  resto  de  mi  alucinado  tiempo  se 
me  iba  en  el  teatro  español,  que  otro  no  había  en 

—  28  — 


ÉABEL     Y    EL     CASTELLANO 

nuestra  lengua ;  pues  Pablo  Podestá,  circense 
aún,  estaba  lejos  todavía  de  haber  resuelto,  como 
tan  desenfadadamente  lo  hiciera,  la  cuadratura  en 
proscenio  del  círculo  de  su  pista...  De  tal  modo, 
en  los  inconfesables  ensayos  dramáticos  de  una 
ambición  precoz,  mis  argumentos  teatrales  co- 
menzaban siempre  por  estas  palabras  de  ritual  : 
La  acción,  en  Madrid...  Que  yo  no  concebía  real- 
mente acción  ninguna,  decorosa,  que  no  hubiera 
de  pasar,  como  en  su  justo  medio,  en  la  capital 
del  idioma. 

Con  haber  sido  mi  casa  una  casa  muy  argenti- 
na, y  muy  argentinos  mis  padres  y  mucho  mis 
abuelos,  respiré  siempre  en  ella  como  ambiente 
propio,  no  poco  ambiente  hispánico.  La  Ilustra- 
ción Artística  y  Blanco  y  Negro  {Caras  y  Caretas 
no  era  aún  nacida  al  éxito  y  al  renombre  mun- 
dial) fueron  los  álbumes  de  mi  infancia.  Mis  pa- 
dres no  pertenecían  ya  a  las  generaciones  de  la 
post-guerra  y  así  np  anduvieron  por  la  senda  de 
ninguno  de  sus  inevitables  extravíos.  De  mi  pa- 
dre oí,  leídos  con  grave  acento,  desde  los  viejos 
romances  {Non  es  de  sesudos  homes...)  hasta  los 
modernos  de  Zorrilla  (De  un  alto  reloj  se  cuenta — 
la  voz  que  dohla  a  compás...).  Y  mi  madre,  por 
su  parte,  como  hubiéralo  hecho  una  madre  espa- 
ñola del  tiempo  de  la  francesada,  conminaba  a  la 
hija  que  no  se  dormía  : 

—  29  — 


AH'IVHO      C  A  P  1)  n  V  1  L  A 

Duérmase,^  mi  niña, 
duérmase,  mi  sol ; 
que  viene  a  comerla 
el  francés  panzón. 

Y  esto  no  era  odio  a  Francia — ¡  cómo  había  de 
ser  ! — ,  sino  corriente  natural  de  tradición  no  in- 
terrumpida. 

Ni  he  de  olvidar  que  el  Quijote  fué  lectura  fa- 
miliar de  mi  casa  y  que  en  círculo  de  intimidad 
lo  leímos,  de  punta  a  cabo,  en  un  verano  campes- 
tre, al  rumor  de  un  gran  nogal  que  nos  prestaba 
su  conveniente  sombra.  Lecturas  que  se  alterna- 
ban con  las  de  buena  cepa  criolla — tan  castellanas 
en  substancia  como  las  otras — desde  Hernández 
a  Fray  Mocho. 

Si  añado  que  por  fiesta  escolar  de  fin  de  año 
veía  a  las  niñas  de  rni  vecindad  vestidas  de  ma- 
drileñitas  y  a  mis  condiscípulos  con  el  capuchón 
de  los  ratas  de  La  Gran  Via,  acabaré  de  mostrar 
la  simpatía  hispánica  que  reinaba  en  mi  ciudad. 
Véase,  pues,  cómo,  de  esto  y  de  aquello — y  no  de 
un  falso  prurito  de  purismo — puede  venirle  a  un 
escritor  argentino  su  espontánea  aversión  a  toda 
especie  de  guirigay.  Es  particular  fineza  el  man- 
to de  un  noble  idioma,  si  con  él  nos  vistieron, 
desde  la  cuna,  para  poder  sufrir  en  ningún  tiem- 
po el  roce  de  una  jerga. 

—  30  — 


BABEL     Y    EL    CASTELLANO 

Repito  que  respondo  de  mi  generación.  , Todos 
hemos  sentido  el  castellano  como  cosa  nuestra, 
como  sangre  del  alma.  La  vocación  de  escribir  se 
resumía  en  el  anhelo  de  poseer  un  buen  español. 
Saber  el  idioma,  fué  desde  temprano  la  fórmula  : 
nos  la  recordaban  en  la  casa  y  en  la  calle,  en  el 
colegio  y  en  el  café.  Y  nadie  lo  tenía  por  anti- 
patriótico ni  había  cómo.  Mírese  de  una  vez  que 
hablo  de  Córdoba  y  que  en  Córdoba  palpita,  como 
hasta  la  geografía  lo  quiere,  el  corazón  de  la  Re- 
pública. 


//.    LA    UTOPIA 


Pues  los  mozos  son  ¿dos  a  comeh,  ij 
nos  han  dejado  solos,  antes  que  venga 
alguno  que  nos  estorbe,  tornemos  d 
hablar  en  lo  que  comencé  a  deciros  está 
mañana. 

(Diálogo  de  las  lenguas.) 


I 


Siempre  se  dirá  con  exactitud  que  en  no  pocas 
ocasiones,  tanto  Echeverría  como  Gutiérrez,  y  así 
Alberdi  como  Sarmiento,  llegaron  a  hablar  de 
una  lengua  privativa  de  los  argentinos  querien- 
do referirse  tan  sólo  a  un  estilo  peculiar  de  nues- 
tra literatura.  Pero  pongamos  que  alguna  vez  as- 
piraron, siquiera  en  principio,  a  una  privativa  len- 
gua. No  faltó,  fuera  de  esto,  durante  larga  época, 
la  vaga  creencia  en  un  idioma  nacional,  ya  por- 
que se  le  supusiera  en  formación,  ya  porque  el 
patriotismo  condujese  a  desearlo.  Y  no  me  quemo 
las  manos,  si  todavía  no  hay  quien,  acá  o  allá,  lo 
da  por  hacedero. 

Como  se  quiera.  Lo  que  deseamos  justamente 
es  plantear  la  cuestión  desde  el  punto  de  vista  de 
los  ideales  patrióticos,  preguntándonos  si  habría 
en  verdad  razones  de  buen  nacionalismo  argenti- 
no en  aspirar  para  nosotros  a  tal  idioma  propio. 
En  otros  términos,  si  «una  nación  que  carece  de 

—  35  — 


ARTURO      CAPüEVlLÁ 

idioma  propio  es  una  nación  incompleta»,  o  si  «le 
es  tan  necesario  tener  una  lengua  que  se  dife- 
rencie de  las  demás,  como  le  es  indispensable 
poseer  una  bandera  particular»,  !No  se  lo  deman- 
daba sino  que  asertivamente  lo  escribía  M.  Abei- 
Ue  en  su  libro  Idioma  nacional  de  los  argentinos. 
(Y  nadie  sabrá  jamás  si  por  justificar  no  sé  qué 
desviaciones  fonéticas,  en  que  él  veía  ya  una  len- 
gua nueva,  o  si  anhelando  el  día  de  su  total  exis- 
tencia.) 

Pero  nosotros  nos  proponemos  averiguarlo. 
¿  Hay  razón  de  patriotisrno  que  pueda  aconsejar 
la  formación  de  una  lengua  argentina?  ¿Qué 
ventaja  se  nos  seguiría?  Y,  en  todo  caso,  ¿qué 
sería  menester  para  alcanzarla  ? 

Al  pronto,  la  idea  de  una  patria  completa  nos 
mueve  a  desearla,  por  soberana,  dueña  de  cuan- 
tos bienes  alumbra  el  sol,  y  fuente  misma  de  to- 
dos ellos,  sin  que  uno  falte.  De  aquí  proviene  la 
ilusión  de  ambicionar  también  una  privativa  len- 
gua para  la  patria.  Sin  duda,  al  día  siguiente  de 
la  revolución  se  debió  estimar  que  con  el  úl£imo 
virrey  quedaba  derrocado  en  absoluto  el  poderío 
de  la  metrópoli  y  rotos  para  siempre  hasta  los 
vínculos  puramente  espirituales.  Aún  debió  asom- 
brar pensar  y  decir  estas  cosas  en  español.  Hu- 
biérase  tenido  por  casi  biológica  necesidad  que  la 
primera  consecuencia  del  grito  de  Mayo  fuese  la 

—  36  — 


BABEL     Y     EL     CASTELLANO     , 

creación  de  un  verbo  Tmeva...  No  pas6  de  ese 
modo,  mas  no  dejó  de  preferirse  que  hubiera  pa- 
sado. Hay  un  momento  en  que  la  conciencia  po- 
pular exige  el  hecho.  Y  comoquiera  que  el  espa- 
ñol de  Buenos  Aires  no  es  sílaba  por  sílaba  el 
mismo  de  Madrid,  se  da  en  la  flor  de  creer  muy 
razonada,  ya  que  no  muy  razonablemente,  que  en 
la  Argentina  se  habla  o  se  está  por  hablar  otra 
lengua. 

Pues  si  de  pronto  unos  poderosos  genios  Hubie- 
sen obedecido,  obsecuentes  e  irónicos,  al  impa- 
ciente Sarmiento  otorgándole  para  los  pueblos  del 
Plata  el  don  de  una  nueva  lengua  tan  ^ubemathm 
como  pudiera  forjarla,  no  habría  tardado  mucho 
en  maldecir  esta  enemiga  suerte  ;  porque,  a  fe 
mía,  que  una  lengua  nueva  en  esta  parte  del 
mundo  y  a  esta  altura  de  la  civilización  de  los 
pueblos,  no  hubiera  comportado  sino  el  más  ab- 
surdo, el  más  peligroso  v  el  más  cruel  de  los  ais- 
lamientos. Hubiera  sido  nacer  extraeuropeos  en 
un  instante  en  que  todo  lo  es  Europa.  Hubiera 
sido  la  juventud  en  la  parálisis  :  una  libertad  tu- 
llida. Mejor,  mucho  mejor,  la  isla  de  Robinsón 
Crusoe.  Pueblos  crecidos  en  el  diálogo  y  en  la 
confraternidad,  desde  el  primer  instante  de  la  vida 
colonial,  hubiéramos  necesariamente  caído  en  el 
ensimismamiento . 

Por  otra  parte,  si  resultaba  legítima  en  la  Ar- 

—  37  — 


ARTURO      C  A  P  D  h  VI  L  A 

gentiiia  la  creación  de  una  lengua,  cerca  de  vein- 
te lenguas  debían  formarse  en  la  América  espa- 
ñola por  análogo  motivo  y  con  igual  derecho.  Con 
lo  que  la  revolución  americana  vendría  a  resultar 
con  el  tiempo  lo  menos  favorable  a  América  que 
fuera  posible  conseguir  ;  ya  que  de  una  América, 
mal  que  mal  solidaria,  habríase  hecho  un  con- 
glomerado de  naciones  irreparablemente  extra- 
ñas. Casi  como  cambiar  un  sistema  planetario  por 
un  momentáneo  turbión  de  cometas  errantes... 


II 


Entretanto,  son  muy  capaces  de  mentir  las  le- 
yes de  la  evolución  lingüística,  sobre  todo  a  un 
espíritu  con  exceso  entusiasta.  Verdad  es  que  se 
ha  dicho  que  el  hombre,  la  historia  y  la  natura- 
leza cooperan  a  la  transformación  y  desenvolvi- 
miento de  los  idiomas  ;  promesa  en  que  se  colo- 
reaban los  deseos  del  tiempo  a  que  nos  referimos. 
Sin  embargo,  muy  cierto  era  ysi  entonces  que 
los  idiomas  se  han  emancipado  de  la  geografía  y 
del  medio  físico.  El  hombre,  que  oye  cada  vez 
menos  a  la  naturaleza,  se  oye  cada  vez  más  a  sí 
propio.  De  prevalecer,  como  en  la  barbarie,  el 
influjo  del  medio  físico,  el  castellano  debería  ten- 
der a  resolverse  en  tantas  lenguas  como  fueron 
las  aborígenes  y  recaer  acaso  en  las  mismas.  So- 
lamente que  sucede  lo  contrario  :  el  castellano 
impera  solo.  Por  donde  se  comprende  que  la  len- 
gua no  es  hoy  un  eco  de  la  tierra.  Aunque  lo 
fué,  la  lengua  es,  cada  día  más,  un  eco  del  hom- 

—  89  — 


ARTURO      CAPDEVILA 

bre.  Los  tiempos  han  cambiado  mucho.  La  anti- 
güedad ha  visto  a  una  sola  raza  hablar  diversas 
lenguas.  La  edad  moderna  puede  ver  una  sola 
lengua  hablada  por  muchas  razas.  La  etnología 
va  por  su  lado  ;  la  filología  por  el  suyo.  En  cuan- 
to a  la  historia,  no  es  posible  que  vuelva  a  ofre- 
cer el  fenómeno  de  aquellos  formidables  aluviones 
de  pueblos  que,  unos  encima  de  los  otros,  se 
echaban  sobre  una  indecisa  nacionalidad  hasta  cu- 
brirla totalmente.  La  guerra  o  la  conquista  no 
podrían  asumir  por  ahora  tales  formas  de  aplas- 
tamiento. Hoy  por  hoy,  todo  puede  ser  sojuzgado 
en  un  pueblo,  menos  su  idioma. 

Pero,  ¿quién  habla  de  conquista  en  América? 
Nosotros,  como  los  Estados  Unidos,  conocemos 
bien  la  afluencia  de  una  caudalosa  inmigración. 
Esto  no  obsta  para  que  en  los  Estados  Unidos 
quede  incólume  el  inglés  ni  será  parte  a  menos- 
cabar entre  nosotros  el  castellano.  Por  enormes 
que  sean  las  corrientes  de  la  inmigración,  siendo 
a  la  fuerza  varias  y  debiendo  buscar  por  esto 
mismo  su  mutua  compenetración  en  la  unidad 
preexistente,  dejan  intacta  la  lengua  del  país,  si 
no  se  cuenta  este  o  aquel  italianismo  que  la  es- 
cuela se  encargará  de  extirpar. 

Vemos  así  en  los  tiempos  presentes  que  los  ac- 
tuales grandes  idiomas,  con  ser  estupendos  orga- 
nismos, y  quizás  por  esto  en  particular,  se  res- 

-  40  - 


BABEL     Y    EL     CASTELLANO 

petan  los  unos  a  los  otros.  Se  ha  lograda  el  equi- 
librio de  las  lenguas.  Más.  Estos  organismos 
vivientes  han  encontrado  en  la  edad  contemporá- 
nea condiciones  biológicas  excepcionales.  Ahora 
sí  que  se  les  tomaría  por  entidades  divinas.  Aho- 
ra sí  que  son  divinamente  longevos.  La  historia 
se  ha  vuelto  un  medio  muy  adecuado  para  que 
un  idioma  se  desarrolle  ampliamente  en  el  tiem- 
po, si  habíase  ya  desarrollado  en  el  espacio.  ¿A 
dónde  se  confina,  en  tal  ambiente  histórico,  aquel 
superficial  postulado  de  que  distintas  naciones 
deben  hablar  distintos  idiomas,  en  cuyo  caso, 
como  le  sentaba  Abeille,  la  Argentina,  por  ha- 
berse alejado  política  y  étnicamente  de  España, 
ha  de  formar,  necesariamente,  su  propio  idioma? 
Poco  a  poco...  El  idioma  es  un  fenómeno  es- 
piritual lleno  de  sorpresas.  Como  todo  fenómeno 
espiritual,  se  cumple  la  mayor  libertad.  Lo  que 
suele  cambiar  con  el  tiempo  no  es  la  lengua,  sino 
el  lenguaje  ;  no  es  el  idioma,  sino  su  timbre,  si 
podemos  hablar  así.  Cervantes,  despertando  de 
pronto,  nos  entendería  mu3^  bien,  salvo  en  una 
docena  de  neologismo,  y  no  poco  se  asombraría 
de  la  casi  identidad  del  castellano,  del  Siglo  de 
Oro  acá.  Sobre  todo,  de  cierto  castellano.  Jamás 
leeremos  La  Celestina  sin  maravillarnos  de  lo 
muy  cerca  que  nos  queda  en  lo  verbal,  bien  que 
nos  quede  tan  lejos  en  el  tiempo.  Verifiquemos 

—  41  — 


ARTURO      C  A  P  D  E  V  I L  Á 

un  hecho.   Cambia  en  el  río  del  idioma  el  color 
o  la  temperatura  de  las  aguas  ;  el  agua  misma,  no. 

De  este  modo,  ha  variado  entre  nosotros  el  va- 
lor fonético  de  un  par  de  letras  :  la  zeta  y  la  elle  ; 
¿  y  qué  importa,  si  ya  había  sucedido  en  buena 
parte  de  España?  Se  ha  modificado  la  significa- 
ción de  algunas  palabras  :  ¿  y  qué  valor  tiene  ? 
Hemos  preferido  unas  palabras  a  otras  por  un 
íntimo  proceso  de  selección  :  ¿  y  qué  pone  ni  qui- 
ta en  lo  sustancial,  siendo  todas  castellanas? 
Hemos  incorporado  algunos  vocablos  nuevos  :  ¿  y 
quién  empobrece  ni  gasta  una  lengua,  enrique- 
ciéndola ?  Metáforas,  sinécdoques  o  metonimias 
nos  han  creado  algunas  nuevas  acepciones  de  sen- 
tido traslúcido  :  ¿  y  desde  cuándo  se  comportaron 
de  otro  modo  ni  sirvieron  para  otra  cosa  las  me- 
táforas, las  sinécdoques  y  las  metonimias?  Pues 
con  esto  y  con  mucho  más,  estamos  siempre  en 
el  ámbito  del  castellano. 

Sí.  Ya  sé  que  Cuervo  llegó  a  imaginar  que  el 
destino  inevitable  del  castellano  en  América  se- 
ría transformarse  y  desaparecer,  a  no  muy  largo 
plazo.  Hoy  se  ve  clarísimo  que  no.  Bl  castellano 
se  transformará  o  desaparecerá  en  América  cuan- 
do se  transforme  o  desaparezca  en  España,  v^ 
un  cataclismo  destruiría  esta  cohesión.  Con  el  te- 
légrafo, con  el  periodismo,  con  la  radiotelefonía, 
con  la  aviación,  con  los  rápidos  vapores,  el  ac- 

—  42  — 


BABEL     Y     EL     CASTELLANO 

tual  imperio  hispánico,  nuestro  actual  inmenso 
imperio  espiritual,  es,  de  hecho,  más  pequeño 
que  nunca  lo  fué  Castilla  sola.  La  tierra  se  ha 
apretado  mucho,  mucho,  con  los  inventos  de  la 
mecánica  y  de  la  electricidad.  Si  la  inmensidad 
de  América  llegó  a  turbar  a  Cuervo,  hoy  se  ale- 
gran sus  manes.  El  mundo  hispánico  es  ya  todo 
entero  una  ubicua  vecindad. 


III 


Para  ver  cumplida  alguna  vez  la  utopía  de  la 
lengua  nueva  en  el  Plata,  menester  hubiera  sido 
el  previo  cumplimiento  de  circunstancias  de  todo 
punto  indispensables.  Desde  luego,  que  sobrevi- 
niese el  aislamiento,  y  que,  tal  como  le  aconte- 
ciera al  latín,  se  viera  anegado  el  castellano  por 
impetuosas  avenidas  de  analfabetismo.  También 
se  hubiera  necesitado  abolir  toda  especie  de  lite- 
ratura ;  porque  ésta  es,  de  por  sí,  conservadora  : 
limpia  y  fija,  hasta  cuando  no  da  esplendor.  Ha- 
cerse literaria  una  lengua  tiene  suma  importan- 
cia para  su  duración  y  fijeza. 

Mas  no  digo  solamente  que  hubiera  sido  nece- 
sario abolir  toda  especie  de  literatura  ;  asimismo 
se  habría  llegado  a  necesitar  la  abolición  de  cual- 
quier linaje  de  escritura  porque  el  idioma  se 
reviste  con  la  escritura  como  de  una  coraza.  Algo 
más  se  hubiera  necesitado.  Hubiérase  necesitado 
que  el  castellano,   sin  letras,  cayera  en  el  caos 

—  45  — 


A  H  T  U  no      C  A  ¡'  U  E  V  I  1.  A 

político  y  social  por  efecto  de  grandes  invasiones 
de  sucesivas  razas  distintas  e  irreconciliables, 
que  fueran  creando  un  fondo  dialectal,  movedizo 
y  blando,  propicio  para  toda  suerte  de  metamor- 
fosis :  una  materia  soñadora,  si  pasa  el  término. 
Fuera  preciso  también  que  estas  razas  invasoras 
trajeran,  por  todo  haber  espiritual,  idiomas  en 
puro  estado  oral,  o  sea  lo  que  hemos  de  llamar, 
palabras  sin  conciencia  de  sí.  Después  hubiera 
sido  necesario  un  lento  proceso  de  transformacio- 
nes, tanto  morfológicas  como  semánticas,  en  el 
fondo  de  una  especie  de  semihistoria.  Esto,  du- 
rante unos  largos  tiempos  en  que  sólo  se  hablase 
una  jerga  a  medias  inteligible.  Por  último,  el  es- 
píritu hubiera  debido  rodearse  de  una  como  nie- 
bla intelectual  de  aspectos  engañosos  y  fugaces  ; 
pues  no  de  otra  manera  se  manifiesta  una  lengua 
en  estado  prenatal.  ¡  Todo  esto  !  Y  al  ferrocarril, 
a  la  radiotelefonía,  a  la  imprenta,  a  la  escuela, 
al  verso,  y  al  aeroplano  como  al  cinematógrafo  ; 
a  todo  lo  que  de  algún  modo  comunica  y  vincula, 
hubiérase  debido  renunciar,  diciendo  patriótica- 
mente :  ¡  Abajo  España  !  Por  no  hablar  su  idio- 
ma, acabamos  de  sufragar  por  la  barbarie,  a  i  a 
espera  de  originar  el  nuestro.  Nos  satisfaremos 
aunque  sea  con  una  jerigonza,  siendo  propia.  O 
como  decía  el  que  sabemos  :  «El  castellano  es  una 
lengua  que  nuestra  patria  no  quiere  hablar.»  Y 

—  46  — 


BAÉEL     Y    EL     CASTELLANO 

todavía  :  «Hemos  tenido  el  pensamiento  feliz  de 
la  emancipación  de  nuestra  lengua.»  Por  consi- 
guiente, mientrastanto,  nos  sumergimos  en  el 
caos.  No  sufriremos  ni  un  día  más  la  afrenta  del 
idioma  prestado. 

Por  dicha,  no  sucedió  nada  parecido.  Antes 
bien,  surgió  la  patria  nueva  del  seno  mismo  de 
España,  tal  como  nace  un  hijo.  ¿  Que  no  ?  Lle- 
guemos al  alma  de  las  cosas.  En  1813  nuestra 
canción  nacional  celebraba  el  advenimiento  de  la 
patria  libre.  Pertenecía  la  música  al  maestro  y 
organista  de  coro  don  Blas  Parera,  catalán  ;  y  en 
cuanto  a  la  letra,  don  Vicente  López,  como  lo 
hace  notar  con  justicia  Menéndez  y  Pelayo,  se 
inspiraba  para  su  himno  en  el  canto  de  guerra  a 
los  astures,  de  Jovellanos.  El  léxico  es  el  mismo 
en  el  himno  y  en  el  canto  :  acá  y  allá,  tronos, 
esplendor,  cervices,  tiranos,  fama,  yugo,  incen- 
dio, muerte,  saña  ;  acá  y  allá,  los  mismos  heroi- 
cos imperativos  ;  acá  y  allá,  unas  mismas  vehe- 
mentes interrogaciones. 

En  el  canto  español  : 

Ved  que  ciegos  sus  viles  esclavos 
se  adelantan  del  Sella  al  Nalón 
y  otra  vez  sus  pendones  tremolan 
sobre  Torres,  Haranco  y  Gozón. 


_  47  _ 


A  n  T  U  R  o      CAPDEVlLA 

En  el  himno  argentino  : 

¿  No  los  veis  sobre  México  y  Quito 
ensañarse  con  furia  tenaz, 
y  cual  Lloran    bañados  en  sangre 
Potosí,  Cochabamba  y  La  Paz  ? 

El  ambiente  es  el  mismo.  La  nomenclatura  his- 
tórica se  mezcla  a  la  geográfica,  evocando  hechos 
y  lugares  épicos.  Confronte  cada  argentino  con 
sus  recuerdos  del  himno  las  estrofas  siguientes 
del  canto  de  guerra  : 

Cuando  suevos,  alanos  y  godos 
inundaban  el  suelo  español ; 
cuando  atónita  España  rendía 
la  cerviz  ü  su  yugo  feroz. 

Desde  el  Lele  hasta  el  Piles  Tarique 
con  sus  lunas  triunfando  llegó, 
y  con  robos,  incendios  y  muertes 
las  Españas  lleno  de  terror. 

En  Asturias  Pelayo  alzó  el  trono 
que  Ildefonso  afirmó  vencedor. 
La  victoria  ensanchó  sus  confines  ; 
la  victoria  su  fama  extendió. 


48 


BABEL     Y    EL    CASTELLANO 

Si  en  Bailen  de  sus  águilas  vieron 
humillado  el  mentido  esplendor, 
de  Falencia  escaparon  medrosos; 
Zar\agoza  su  fama  infamó. 

Y  vosotros  y  de  Le^ia  y  Miranda 
¿no  los  visteis  huir  con  terror? 
¿Y  no  visteis  que  en  Grado  y  Doriga 
su  vil  sangre  los  campos  regó? 

Transcribimos  todo  el  canto  y  no  haríamos  sino 
verificar,  verso  por  verso,  la  identicidad  de  ins- 
piración de  ambas  poesías.  No  Hay,  sin  embargo, 
imitación  directa  en  ningún  pasaje,  sino  que  en 
una  y  otra  composición  corre  el  mismo  soplo  líri- 
co, ya  que  el  himno  tuvo  por  modelo  ai  canto.  En 
conclusión  :  si  por  Parera  cruza  en  el  himno  rá- 
faga de  Cataluña,  puede  ser  que  por  Jovellanos 
vibre  el  resucitado  aliento  de  los  astures  de  don 
Pelayo. 

Y  dígase  después  que  no  nació  la  patria  nueva 
del  seno  mismo  de  España,  como  nace  un  hijo. 


///.    ESPAÑA    Y  AMERICA 


Diréos,  no  lo  que  sé  de  cierta  ciencia, 
porque  no  sé  nada  desta  manera,  sino 
lo  que  por  conjetura  alcanzo  y  saco  por 
discreción. 

(Diálogo  de  las  lenguas.) 


Ningún  hijo  nace  para  la  exacta  reproducción 
de  alguno  de  sus  padres  ni  para  ser  tampoco  la 
semisuma  de  los  dos.  El  concepto  de  reproducción 
es  bastante  falso,  a  tomarlo  por  expresión  del 
fiel  trasunto  de  un  determinado  modelo.  Cosa  se- 
semejante  no  se  ve  en  el  mundo  de  las  formas  ani- 
madas. Porque  son  animadas  las  formas  de  que 
se  trata,  no  se  verá  jamás  un  caso  de  perfecta 
reproducción.  Bien  al  contrario,  en  toda  procrea- 
ción hay  un  ensayo  de  posibilidades  nuevas.  Pron- 
to, entre  padre  e  hijo  son  más  las  diferencias  que 
las  similitudes.  Debemos  celebrarlo,  sin  duda.  Lo 
interesante  es  que  Pizarro  sea  hijo  de  unas  po- 
bres gentes.  Lo  venturoso  es  que  Henry  George 
no  necesite  ser  hijo  de  Adam  Smith.  La  grande- 
za del  destino  está  en  que  los  sabios  no  tengan 
por  qué  ser  hijos  de  sabios,  ni  hijos  de  héroes, 
los  héroes.  Es  como  van  medrando  las  generacio- 
nes. Lo  patético  y  más  grandioso  de  la  vida  está 

—  69  — 


ARTURO      CAPDEVILA 

en  que  nunca  se  sabe  lo  que  puede  suceder.  ¿  Co- 
nocemos perfectamente  bien  a  los  padres?  Pues 
no  conocemos  ni  un  cabello  de  lo  que  serán  los 
hijos.  Y  si  esto  es  mucha  verdad  para  casos  indi- 
viduales, ¿cuánto  mayor  no  será  en  lo  tocante  a 
pueblos  proyectados  a  dilatadas  extensiones  y  a 
través  de  inmensas  distancias?  Seguro  es,  por  la 
fuerza  de  las  cosas,  que  muy  luego  se  debieron 
marcar  diferencias  esenciales  entre  España  y 
América  que  finalmente  harían  imposible  la  uni- 
dad política.  Bien  decía  Heredia  : 

Que  no  en  vano  entre  Cuba  y  España 
tiende  inmensas  sus  olas  el  mar. 

Pero  fracasado  el  imperio  material,  ¿debe  dar- 
se por  irrealizable  el  imperio  espiritual  en  un 
libre  consorcio  de  naciones  Ubres?  Los  hombres 
del  mundo  hispánico,  podemos  reemplazar  por 
hechos  las  meras  palabras  con  que  alguna  vez 
quería  definir  un  estadista  inglés  al  imperio  bri- 
tánico como  una  sociedad  de  libres  naciones.  Hay 
un  hecho  extraordinario  y  totalmente  nuevo  en 
la  historia  :  el  de  estos  numerosos  pueblos  his- 
pánicos que  añaden  al  vínculo  cercano  del  común 
origen  el  de  la  identidad  de  lengua.  Tampoco 
se  vio  nunca  una  tal  continuidad  geográfica  como 

^  54  - 


BABEL     Y     EL     CASTELLANO 

al  servicio  de  esta  continuidad  moral.  Son  he- 
chos nuevos. 

Son  hechos  nuevos  ;  pero  se  les  quiere  aplicar 
interpretaciones  viejas.  Son  hechos  nuevos,  pero 
no  se  quiere  reconocer  que  lo  son  ;  pues  se  les 
mira  con  el  escepticismo  y  entre  los  recelos  pro- 
pios de  otros  ambientes.  Son  hechos  nuevos,  pero 
faltan  las  interpretaciones  nuevas.  Cabe  esperar, 
de  todas  maneras,  que  tales  hechos  se  impon- 
drán por  su  sola  virtud. 

Y,  por  de  contado,  ya  hay  una  atmósfera  es- 
pecial de  simpatía  entre  estas  diversas  patrias, 
cualesquiera  que  sean  las  momentáneas  aparien- 
cias. El  ciudadano  de  cualquier  patria  de  Amé- 
rica se  sentirá  siempre  muy  poco  extranjero  en 
España  o  en  otra  nación  de  América.  Fué  ex- 
tranjero, lo  es  y  lo  será  siempre  el  que  no  nos 
entiende  ;  el  que  tiene  que  estudiar  para  enten- 
dernos ;  el  que  si  no  estudia  no  nos  podrá  nunca 
entender.  Unen  o  separan  las  palabras,  según 
sean  unas  mismas  o  diversas.  (Y  hacemos  bien 
de  tomar  las  cosas  de  este  modo,  porque  quere- 
mos llegar  al  fondo  de  la  cuestión.) 

Así,  aunque  podamos  devenir,  con  respecto  de 
España  y  del  resto  de  América,  tan  distintos 
como  nos  haga  la  historia,  si  conservamos  en  co- 
mún el  lenguaje,  no  perderemos,  unos  y  otros, 
el  carácter  de  hermanos. 

^    56    -: 


II 


Ya  es  tiempo  He  que  lo  cuente.  Viajando  por  la 
península,  de  Madrid  al  Escorial,  como  apenas 
había  cosa  en  el  trayecto  que  no  me  interesara, 
hube  de  dirigir  no  pocas  preguntas  a  mi  vecino 
más  próximo,  un  señor  de  noble  presencia,  acaso 
un  castellano  viejo,  que  respondía  a  todo  con  la 
mayor  cortesía  ;  y  tanto,  que  luego  tornaba  yo  a 
mis  preguntas  y  él  a  satisfacer  con  la  misma  de- 
ferencia mi  renovada  curiosidad. 

Por  fin  me  interrogó,  imaginándome  ya  de  estas 
partes  de  América. 

— ¿El  señor  es  tal  vez  extranjero? 

No  supe  contestarle  que  sí.  Comprendí  que  res- 
pondiéndole afirmativamente  incurriría  en  una 
completa  falsedad  del  espíritu.  Tan  cierto  es  que 
en  España  me  sentía  como  en  mi  propia  casa. 
Le  repuse,  pues  : 

— Extranjero...  no.  Más  bien,  forastero.  Soy 
argentino. 

—  57  — 


ARTURO      CAPDEVILA 

Entonces  por  aquel  abierto  semblante  pasó 
algo  que  lo  iluminó.  Una  emoción  sincera  y  ple- 
na se  subió  a  aquellos  ojos,  se  dilató  por  esa 
frente,  se  asomó  a  aquellos  labios  entre  unos  bi- 
gotes entrecanos. 

— Habla  usted — me  dijo — con  un  coronel  de 
España  que  le  Ha  las  gracias  de  todo  corazón. 
Venga  esa  mano.  Yo  tampoco  me  sentiría  extran- 
jero en  su  patria.  No  podría  ser.  Bien  hace  us- 
ted de  no  sentirse  un  extraño  en  la  mía. 

Pero  olvidemos  esta  anécdota  y  que  por  ella  se 
me  perdone.  Tiene  en  contra  que  parece  ideada 
para  una  vana  celebración  del  12  de  octubre.  Es 
tiempo,  si  queremos  ser  y  parecer  serios,  de  ale- 
jarnos de  esas  triviales  actitudes  de  los  días  de  la 
raza,  a  menos  que  sepamos  entender  de  una  vez 
y  para  siempre  qué  cosa  inmensa  quiere  decir  el 
día  de  la  raza.  Entretanto,  el  día  de  la  raza  con 
todos  sus  abalorios  vale  bien  poco.  Debemos  aca- 
bar con  ese  quiosco  de  baratijas  y  con  todas  las 
ferias  del  sentimentalismo  baladí.  Hemos  habla- 
do mucho.  No  hemos  hecho  nada.  Entre  españo- 
les e  hispanoamericanos  se  han  cambiado  innu- 
merables discursos,  como  si  adrede  se  hubiera 
querido  siempre  rehuir  el  instante  de  la  obra. 
Los  cables  interoceánicos  se  doblan  al  peso  de 
tanto  adjetivo  ditirámbico  que  a  España  va,  que 
de  España  viene.  Entretanto,  la  Argentina  quie- 
ra 58  — 


BABEL     Y     EL     CASTELLANO 

re  colocar  sus  carnes  en  los  mercados  españoles, 
que  harto  lo  necesitan,  y  no  se  consigue.  A  tal 
punto  se  ha  llegado  en  materia  de  relaciones  his- 
panoamericanas y  tanto  reposa  todo  en  fofas  pa- 
labras y  tan  poco  en  hechos  serios,  que  ya  no  r^e 
puede  relatar,  con  asomos  siquiera  de  discreción, 
una  anécdota  vivida,  sincera  y  profundamente  ve- 
raz. Y  tanto  negocio  urgente  anda  todavía  en 
manos  de  una  generación  tan  apta  para  pronun- 
ciar bellos  discursos  cuanto  inepta  para  realizar 
cualquier  obra  concreta,  que  de  veras  no  me  aven- 
go a  que  se  me  confunda  ni  por  un  solo  mo- 
mento. Ha  llegado  ya,  para  decoro  de  la  recta 
amistad,  la  hora  del  silencio,  a  menos  que  tnada- 
ren,  por  fin,  los  tiempos  de  la  provechosa  acción. 


m 


¿Los  tiempos  de  cuál  acción?  Voy  a  decirlo. 
América,  nuestra  América,  es  una  gran  soledad. 
Aunque  ya  cuenta  con  crecidas  poblaciones,  como 
éstas  se  desarrollan  en  recíproco  aislamie.nto. 
América  es  en  el  mejor  de  los  casos  una  unidad 
deshecha.  De  haberse  cumplido  las  generosas 
utopías  de  la  primera  época,  A^mérica  sería  hoy, 
cuando  mucho,  una  confederación  de  soledades. 
América  se  ignora  a  sí  misma.  América  no  tiene 
conciencia  sino  muy  vaga  de  sí.  La  guerra  de  la 
Independencia  dio  la  impresión  de  una  unidad  que 
no  existia.  La  historia  de  esa  guerra  la  sigue  dan- 
do, ahora  que  existe  menos.  Debemos  precaver- 
nos de  la  ilusión.  No  era  América  la  unida,  sino 
España.  Contra  la  unidad  española,  nosotros,  que 
atacábamos  su  régimen,  llegamos  a  parecer  uni- 
dos, solidarios,  confederados.  Los  prohombres  de 
cada  patria  hubieron  de  asumir  proporciones  con- 
tinentales. San  Martín  y  Bolívar  parecían  pejear 


61 


ARTURO      CAPDEVILA 

por  encargo  común  de  América.  Los  propios  polí- 
ticos, cuando  proclamaban  altos  ideales,  parecían 
voceros  de  la  América  toda.  Cuando  se  hablaba 
de  una  forma  de  Gobierno  democrática,  creíase 
oir  una  concertada  voz  de  toda  América  :  de  una 
América  unida,  solidaria,  confederada,  Y  no  era 
así.  Aunque  veamos  una  América  democrática  al 
Norte,  al  centro  y  al  Sur,  no  fué  la  democracia 
el  resultado  de  un  plan,  de  una  deliberación,  de 
un  acuerdo.  También  a  este  respecto  fué  una  mera 
ilusión  la  solidaridad  de  América.  La  democra- 
cia de  nuestra  Arñérica  española  surgió,  sobre 
todo,  de  la  forzosamente  idéntica  reacción  ante  un 
régimen  uniforme.  Tomemos  uno  de  sus  aspec- 
tos :  excluidos  los  virreyes,  en  virtud  del  conoci- 
do silogismo  político  de  nuestra  revolución,  que- 
daban los  cabildos  abiertos,  o  sea  la  democracia. 
España  misma  nos  lo  tenía  aparejado.  Por  donde 
se  ve  que  también  a  este  propósito  padecimos  la 
ilusión  de  creernos  unidos  y  solidarios  por  nos- 
otros mismos,  cuando  la  unión  era  sólo  el  resul- 
tado de  la  común  ordenación  colonial. 

Desnuda  verdad  fechada  en  1928  :  no  cuenta 
la  América  española  con  otra  unidad  que  la  del 
común  idioma.  I^a  unidad  religiosa  no  tienen  nin- 
guna eficacia  actual  (ni  existe),  y  en  cuanto  a  la 
unidad  del  régimen  político,  muchos  de  sus  pue- 
blos  han  renegado  del  inmenso  bien  de  la  de- 

—  62  -- 


BABEL     Y     EL     CASTELLANO 

mocracia,  ya  que  la  dejaron  ofendar  y  profanar 
por  menguados  tiranuelos.  No  qugda  más  que  el 
idioma. 

Pero  ya  hemos  visto  que  ello  es  mucho.  Por 
el  idioma  común  puede  volverse  hermosamente 
solidario  el  destino  de  América.  Sólo  que  lo  pri- 
mero es  conocerse.  Y  a  la  verdad  :  de  cada  hora 
de  la  historia  nos  viene  el  mandato  de  conocernos. 
Habrá  como  una  apostasía  en  renunciar  a  esta 
comunidad.  Seremos  desleales  con  nosotros  mis- 
mos, renunciando.  Yo  mismo  ahora,  al  escribir 
esto  que  escribo,  obedezco  a  un  mandato  de  cua- 
tros siglos.  América  obedece  a  un  mandato  de  cua- 
tro siglos  al  querer  conocerse.  México  quiere 
dialogar  con  la  Argentina;  Venezuela  quiere 
dialogar  con  Chil^  ;  Cuba  mira  hacia  el  Uruguay  ; 
Centro  América  quiere  que  escuchemos  su  voz. 
¿Para  qué?  ¿Por  qué?  En  algún  siglo  venidero 
estará  la  respuesta.  Demasiado  nos  hemos  ena- 
morado de  la  palabra  co.nfra,ternidad  para  no  de- 
sear realizarla.  Tendríamos  todos  por  incompleto 
un  destino  en  que  ello  no  se  cumpliese.  ¡  Ay  !,  no 
quisiéramos  tampoco  que  Helena  nos  fuera  rap- 
tada y  quedarnos  con  la  afrenta.  En  todo  caso, 
sin  el  menor  deseo  de  epopeya,  lo  que  quisiéramos 
es  evitar  el  rapto  de  Helena  por  el  respeto  que 
consigamos  inspirar. 

Mas  no  caigamos  de  nuevo  en  la  ilusión.  En 

^  63  — 


ARTURO      CAPDEVILÍ 

las  palabras  suele  habi^r  espejismos  de  hechos  in- 
existentes. L/Os  discursos  no  sirven  para  nada. 
Un  congreso  de  intelectuales  hispanoamericanos, 
tampoco  serviría  de  nada.  Más  bien  perjudicaría. 
Perderíamos,  quizá,  el  vino  por  el  aguachirle.  Co- 
municaciones reales,  no  ficticias,  son  las  que  ne- 
cesitamos. 1^0  urgente  es  que  sea  tejida  por  toda 
América  una  estrecha  red  de  comunicaciones  per- 
manentes, sector  por  sector.  Urge,  por  ejemplo, 
echar  abajo  las  respectivas  aduanas.  Pero  el  tra- 
bajo grande,  el  que  val^  la  pena,  aquel  por  el  cual 
vamos  a  decidir  la  efectiva  solidaridad  de  Améri- 
ca para  mayores  cosas,  no  se  realizará  por  el  sólo 
cambio  de  mercaderías  ;  se  realizará  por  el  mutuo 
conocimiento  del  .espíritu  de  cada  nacionalidad. 
Para  lo  primero,  para  cambiar  y  traficar,  nos  ire- 
mos bastando,  según  vayamos  teniendo  flotas  y 
rieles.  Para  lo  segundo,  para  el  conocimiento  mu- 
tuo; necesitamos  de  España. 

Agente  de  compenetración  no  hay  otro  que  el 
libro.  Ahora  bien ;  ignoramos  recíprocamente 
nuestra  literatura  los  hispanoamericanos  ;  ignora- 
mos nuestro  pensamiento,  nuestros  deseos,  lo  que 
somos,  lo  que  aspiramos  a  ser. 

El  librero  de  la  calle  Florida  pone  a  mi  dispo- 
sición libros  de  Holanda  y  de  Rusia,  si  los  pido. 
Pero  no  halla  manera  de  conseguir  el  libro  de 
Colombia  o  de  Nicaragua  que  me  interesa.  Tam- 

_  64  — 


BABEL     Y    EL     CASTELLANO 

poco  se  da  en  Nicaragua  o  en  Colombia  con  un 
libro  argentino,  como  no  sea  por  singular  rare- 
za. ¿Qué  falta?  Falta  la  empresa  editorial  que 
lo  realice  con  tesón,  sin  inconstancia.  Pero  esta 
empresa  no  se  ha  de  situar  útilmente  en  mejor 
sitio  que  España.  Esta,  por  haber  sido  la  metró- 
poli de  América,  tiene  las  rutas  hachas,  aparte 
de  que  cuenta  para  facilitar  los  cambios  con  una 
moneda  liviana  favorecida  aún  por  la  mano  de 
obra  barata.  Buenos  Aires  no  sirve  para  ensayar 
siquiera  nada  de  esto.  Carecemos  de  rutas  pron- 
tas y  cómodas  ;  tarda  más  de  un  mes  una  carta 
de  Guatemala.  El  obrero  es  caro ;  la  moneda, 
pesada  ;  Nuestro  peso  no  puede  cruzar  la  cordi- 
llera, sin  llegar  recargadísimo  :  un  libro  argen- 
tino sale  demasiado  costoso  en  Cliile.  Santiago 
queda  más  cerca  de  Madrid  que  de  Buenos  Ai- 
res, aunque  muestra  el  mapa  lo  contrario.  Las 
distancias  en  el  comercio  se  miden  por  el  valor 
de  los  giros. 

Entretanto,  Madrid  puede  ser  comparado  con 
una  estación  general  de  teléfonos,  por  cuya  me- 
diación las  naciones  de  habla  española  llegarían  a 
comunicarse  entre  sí.  Todos  los  diálogos  serían 
entonces  posibles.  Todas  las  distancias  queda- 
rían entonces  nuladas.  Lástima  que  los  dueños  de 
esta  oficina  no  la  quieran  hacer  funcionar... 

Pero  cierto.  La  solidaridad  iría  surgiendo  poco 


66 


ARTURO      CAPDEVlLA 

a  poco  de  los  hechos,  Cada  nación  se  miraría  en 
las  otras,  siendo  de  añadir  que  una  tal  afinidad 
comportaría,  de  su  propia  virtud,  una  manera  de 
solidaridad  con  España.  Madrid  sería  de  nuevo 
para  muchas  cosas  superiores  la  ciudad  cen- 
tral (i). 

Una  vasta  empresa  editorial  de  obras  de  habla 
española,  radicada  en  Madrid  o  en  Barcelona,  es 
cosa  de  suma  urgencia.  Agrego  que  tiene  que  ser 
un  buen  negocio.  En  cien  años  de  literatura  con- 
tinental hay  cien  o  más  autores  dignos  de  difu- 
sión por  el  continente  y  la  península.  Es  un 
absurdo  el  acantonamiento  en  que  vivimos.  No 
debe  ser  tolerado  por  más  tiempo  que  un  buen 
escritor  del  Perú  o  de  la  Argentina  se  reduzca  a 
ser  leído  por  sus  compatriotas.  No  conozco  un 
feudalismo  más  necio.  Resultado  :  cifras  humi- 
llantes e  irrisorias.  Mil,  acaso  dos  mil  ejemplares 
por  todo  tirar...  Irrisorio  y  humillante.  ¡  Hay  que 
haber  nacido  con  misión  de  escribir  para  seguir 
escribiendo  ! 

Se  siente  la  urgencia  de  que  tales  condiciones 
varíen.  Ya  parece  justo  que  todo  buen  escritor 


(1)  Un  ilustre  argentino,  que  no  hay  objeto  de 
nombrar,  trató  de  comunicarme  en  esto  su  inmensa 
fe  en  Buenos  Aires.  He  oído,  he  pensado,  he  medita- 
do sus  palabras,  que  eran  las  de  un  gran  patriota. 
I\o  me  he  podido  rectificar. 

—  66  — 


BABEL     Y    EL    CASTELLANO 

de  habla  española  pertenezca  a  todo  el  público  del 
habla  española.  Bs  absurdo  que  prolonguemos 
este  aislamiento  feudal.  Es  absurdo,  y  por  añadi- 
dura hiriente,  que  España  ignore  en  absoluto  la 
literatura  americana ;  quiero  decir  el  pensamien- 
to y  el  sentimiento  de  América. 

Ved  lo  que  pasa  al  escritor  argentino  en  su 
propia  patria.  Su  libro  no  puede  competir  con  el 
libro  extranjero,  El  libro  argentino  es  caro  ;  el 
libro  extranjero  es  barato.  El  libro  argentino 
deja  una  escasa  ganancia  al  librero.  El  libro  im- 
portado le  deja  una  gran  ganancia.  Y  los  nego- 
cios son  los  negocios.  Todo  discurso  está  de  más. 
Por  dos  caminos  se  abaratará  el  libro  argentino  : 
hecho  en  el  extranjero,  y  cotizado  en  plaza  a  pe- 
setas o  a  francos  ;  o  bien,  editado  en  plaza,  pero 
en  tales  tiradas,  que  pueda  venderse  al  precio  del 
libro  extranjero.  No  sé  cómo...  No  sé  cuándo... 

Concluímos.  Madrid  es  como  una  oficina  cen- 
tral de  teléfonos  que  no  se  dispone  a  funcionar. 
La  peseta  es  una  moneda  en  exceso  precavida  y 
timorata.  Ahora  bien  :  como  esto  es  cosa  que 
urge  y  está  ya  en  el  ambiente  de  la  Necesidad, 
si  la  peseta  no  lo  hace,  lo  hará  el  peso.  Si  el  peso 
lo  dilata,  lo  hará  el  dólar.  Madrid  será  utilizado 
por  la  moneda  que  se  enamore  de  esta  empresa  ; 
a  menos  que,  por  incapacidad  de  los  unos  e  in- 
credulidad de  los  otros,  se  anticipe  el  franco,  y 


67 


ARTURO      CAPDEVILA 

el  centro  de  gravedad,  para  las  cosas  latinas,  se 
afiance  definitivamente  en  París. 

Pero  Madrid  es  algo  más  que  una  oficina  cen- 
tral de  teléfonos.  Es  también  como  una  altura 
estratégica  sobre  la  cual  debe  ser  colocado  el  ca- 
ñón que  ha  de  hacer  blanco  en  América.  Esta 
batalla  de  América  se  tiene  que  dar,  y  será  de 
consecuencias  incalculables.  Para  darla,  ese  ca- 
ñón será  colocado  en  la  justa  altura  estratégica 
por  unas  o  por  otras  manos.  Nadie  se  queje  si 
mañana  los  yanquis  se  apoderan  de  esa  formida- 
ble llave  de  las  rutas  del  pensamiento  hispano- 
americano. Nadie  se  queje  si  mañana  España 
pierde  otro  inexpugnable.  Gibraltar,  desde  el  cual 
gobierne  un  extranjero  invasor  todas  las  corrien- 
tes editoriales  del  mundo  hispánico  ;  quiero  de- 
cir nuestros  sentimientos,  nuestras  ideas,  nues- 
tros anhelos,  nuestra  acción,  dueños  y  señores  de 
todo  libro  y  arbitros  de  la  real  eficiencia  de  todo 
autor. 

Mientras  tanto,  españoles  e  hispanoamericanos 
pronunciaremos  hermosos  discursos  en  ocasión 
del  día  de  la  raza,  tremolarán  las  banderas  y  se- 
remos siempre  los  elocuentes  habitantes  de  una 
confederación  de  soledades. 


68  — 


IV.    EN   CASTILLA 


¡Seréis  liberal  principalmente  en  esta 
mercancía  en  que  con  la  liberalidad  no 
se  desmengua  el  caudal. 


(Diálogo  de  las  lenguas.) 


Sin  duda  :  Alá  está  en  todas  partes,  pero  hay 
que  ir  a  la  Meca  ;  Jesús  por  doquier  es  adorado, 
pero  hay  que  ir  a  Belén  ;  nuestro  idioma  está 
vivo  y  ágil,  acá  y  allá,  en  un  -continente  entero 
y  en  los  puertos  del  Oriente  próximo,  y  en  las 
islas  del  remoto  Oriente  ;  pero  conviene  ir  a  Cas- 
tilla. 

Conviene  ir  a  Castilla,  siquiera  sea  para  pre- 
guntarse, contemplando  sus  dilatados  ocres  y  su 
amarillez  infinita,  si  tales  tierras  no  serán  como 
son  por  la  particular  botánica  que  el  destino  les 
tenía  señalada  ;  que  en  ellas,  tan  secas  y  de  apa- 
riencia tan  torva,  se  levantase  y  creciese  gigan- 
tesco el  árbol — mejor  diríamos,  el  bosque — de  un 
gran  idioma  ;  tan  grande,  que  a  su  sombra  vivi- 
rían numerosos  pueblos.  ¡  Y  tantos  !  No  ha  mu- 
cho, se  calculaba  en  ochenta  y  cinco  millones  la 
cifra  de  los  que  hablamos  castellano  por  haberlo 
recibido  en  la  materna  leche.  Ahora,  la  cifra  debe 
rectificarse  y  ser  elevada  a  más  de  los  noventa 

—  71  — 


ARTURO      CAPDEVILA 

millones.  El  castellano  está  triunfante  en  el  mun- 
do, y  es  una  de  las  mayores  fuerzas  del  espíritu 
sobre  la  tierra. 

Castilla  es  la  tierra  santa  de  este  portento.  Por 
esto,  al  menos,  es  muy  buena  cosa  que  todos  va- 
yamos alguna  vez  a  Castilla,  y  aún  que  recorra- 
mos toda  España,  pasando  de  una  a  otra  zona 
semántica,  distinguiendo  y  apreciando  éste  y  este 
otro  matiz.  Es  de  por  sí  una  fiesta  espiritual. 
Por  mi  parte,  en  nada  miento  si  digo  que  lo  más 
placentero  de  todo  mi  viaje  por  España  fué  sen- 
tirme sumergido  eri  esa  atmósfera  plena  del  idio- 
ma. Yendo  a  Castilla,  tuve  de  seguro  mi  Meca  y 
mi  Belén. 

Pueblos  sobre  pueblos  se  agolparon  en  España, 
pensaba  :  fenicios,  celtas,  iberos  ;  turdetanos  y 
cántabros  ;  griegos,  cartagineses  y  romanos  ;  go- 
dos y  árabes,  para  que  se  formase  esta  lengua  de 
Castilla.  Armas  y  carros  de  todos  los  grandes 
pueblos  de  la  antigüedad  araron,  por  así  decirlo, 
las  comarcas  españolas,  3-  sangre,  sudor  y  lágri- 
mas de  todos  ellos  las  regaron.  En  el  si,glo  viii 
todavía  se  hablaba  en  la  Península  griego,  cal- 
deo, hebreo,  cántabro,  celtíbero,  latín,  árabe,  y 
la  naciente  lengua  provenzal.  Castilla,  entretanto, 
recogía  en  su  atmósfera  el  verbo  y  el  eco  de  tan- 
tas y  a  veces  tan  enemigas  gentes,  y  por  sobre 
los  azares  y  las  mudanzas  de  la  fuerza  iba  apa- 

_  72  -^ 


BABEL     Y    EL     CASTELLANO 

Tejando  una  armonía  nueva  y  una  honda  y  pací- 
fica razón  de  solidaridad. 

Ni  tuvo  ni  tiene  ahora  mismo  Castilla  otro  de- 
signio que  el  dicho  :  aparejar  una  armonía  nueva 
y  una  honda  y  pacífica  razón  de  solidaridad.  Aho- 
ra mismo  nos  da,  por  obra  de  la  identidad  de 
lengua,  la  más  perfecta  razón  y  el  más  viviente 
motivo  para  una  solidaridad  hispanoamericana. 

No  veo  manera  de  negarlo,  ni  hallo  para  que 
se  haría  :  españoles  e  hispanoamericanos  forma- 
mos una  sola  familia.  Nada  más  pedantescamen- 
te vano  que  alzarse  contra  los  hechos  de  la  natu- 
raleza ;  alzamiento  que,  por  esta  vez,  se  dirigía 
contra  un  hecho  magnífico.  La  familia  hispano- 
americana existe,  Que  esté  desorganizada,  nada 
arguye.  El  tiempo  se  encargará  de  su  organiza- 
ción, aunque  nadie  sepa  cómo. 

Y  ahora  recuerdo  lo  que  en  1924  me  aconte- 
ciera en  París,  por  la  época  precisamente  en  que 
más  se  embraveció  la  guerra  hispanomarroquí. 
íbamos  mi  mujer  y  yo,  hablando,  naturalmente, 
en  castellano,  cuando  por  la  misma  calle,  y  en  la 
misma  acera,  nos  dimos  de  manos  a  boca  con  un 
moro  de  los  que  a  la  sazón  estaban  en  paz  con 
Francia,  j  Mira  el  moro !  Y  lo  miramos  con  en- 
tusiasta interés.  Vestía  sus  blancas  vestiduras  na- 
cionales. Su  rostro  era  de  un  óvalo  bellísimo. 
Tan  garrida  como  militar,  su  apostura.  Renegrida 


78 


ARTURO      CAPDEVILA 

la  barba ;  feroces  los  ojos.  ¡  De  confundirlo, 
con  el  propio  rey  Schahriar,  de  Las  mil  y  una 
noches!  Era,  con  toda  seguridad,  un  valiente,  y 
merecía,  sin  ninguna  duda,  toda  la  admiración  de 
las  personas  justicieras. 

j  Ah !  ¿  Sí  ?  Pero  no  es  fácil  olvidar  el  brusco 
movimiento  de  aquel  Tiombre  al  oírnos  hablar  cas- 
tellano. No  es  fácil  tampoco  olvidar  la  mirada  de 
odio  que  nos  dirigió.  Nuestro  entusiasta  interés 
hacia  él  hubo  de  parecerle  hostilidad  y  provoca- 
ción. Por  un  momento,  se  hubiera  dicho  que  ya 
se  volvía  a  colmarnos  He  injurias.  Lo  cierto  es 
que  se  paró,  y  que  su  mirada  nos  hundió  en  el 
desprecio.  Bramos  sus  naturales  enemigos,  y  no 
lo  quiso  disimular.  Por  lo  demás,  ¿no  entraba 
la  noche,  tan  propicia  para  los  rencores  de  un 
moro? 

Seguramente,  de  oír  nuestras  explicaciones,  el 
moro  hubiera  depuesto  su  furia  ;  pero  bien  se 
echa  de  ver  que  fué  una  suerte  que  esto  pasase 
como  pasó,  en  pleno  centro  parisiense,  junto  a  la 
plaza  de  la  Concordia.  Nos  habríamos  entendido 
finalmente  con  el  musulmán.  Pero  esto  hubiera 
sido  lo  largo.  Lo  corto,  de  no  haber  vigilancia, 
hubiera  sido  el  incidente  inevitable. 

Con  todo,  y  tope  donde  tope,  no  faltará  quién 
siga  llevándose  por  delante  la  verdad  natural  de 
las  cosas. 

-74- 


II 


De  otro  lado,  una  vez  más  se  podrá  repetir  con 
provecho,  que  atender  al  idioma  es  atenderse  uno 
mismo  ;  y  conservarlo  puro,  cuidar  de  la  propia 
identidad  psicológica  ;  sin  contar  aún  con  que  el 
¡amor  al  idioma  es  una  forma — la  más  bella,  por- 
que da  frutos  de  arte — de  la  fidelidad  con  la  pa- 
tria. ¡O  todavía  habrá  quién  crea  que  nada  nos 
va  en  cuidar  la  salud  y  la  vida  de  la  palabra,  y 
nada  en  velar  por  el  destino  uRerior  de  una  len- 
gua? También  para  entender  cumplidamente  es- 
tas cosas  es  bueno  llegarse  a  Castilla. 

El  mismo  Sarmiento,  que  en  1846,  esto  es,  a 
los  treinta  y  cinco  años  de  su  edad,  visitara  a  Es- 
paña con  el  terrible  designio  de  «andarle  con  los 
dedos  sobre  las  llagas»,  o  sea  «con  el  santo  propó- 
sito de  levantarle  proceso  verbal  para  fundar  una 
acusación»  que,  como  fiscal  reconocido,  «tenía  de 
hacerle  ante  el  Tribunal  de  América»  ;  el  propio 
Sarmiento,  que  así  decía  aprestarse  solamente  a 

--75  — 


ARTURO      C  A  P  D  E  V  J  L  A 

tan  áspera  clínica  y  a  tan  agrio  alegato,  también 
declara  que  se  propone  estudiar  en  el  reino  los 
métodos  de  lectura  y  ortografía  «y  cuanto  a  la 
lengua  dice  relación». 

No  puede  menos  de  interesarle  profundamente 
España.  En  las  calles  de  Burgos,  apenas  apeado 
de  la  diligencia,  no  sabe  sustraerse  al  encanto  de 
la  ciudad,  bien  que  la  llame  después  montón  de 
ruinas.  Es  de  noche.  Burgos  duerme.  Su  catedral 
está  soñando.  Por  las  calles  vacías  va  y  viene 
con  su  linterna  la  sombra  del  sereno.  Sarmiento 
recorre  la  ciudad  que  duerme  y  recorre  la  cate- 
dral que  sueña.  No  sabe  qué  le  pasa...  Los  gen- 
darmes se  dirigen  a  él  por  la  extrañeza  de  su  per- 
sona, y  él  traba  diálogo  con  ellos.  Habla,  oye,  se 
escucha,  pone  el  oído  a  los  ecos  del  aire  y  a  las 
resonancias  del  alma.  El  no  dice  nada  de  esto. 
Enfurruñado  con  España,  se  guarda  bien  de  con- 
fesarlo. Pero  imposible  es  que  tal  escritor  de 
raza  como  él  fué,  no  percibiera  en  Burgos  un  mis- 
terio muy  grande  y  muy  hondo,  el  de  la  fuente 
del  idioma,  en  esa  tierra  del  Cid,  en  esa  tierra  de 
los  primeros  versos  del  romance  : 

E  él  las  niñas  tomólas  a  catar. 

A  Dios  vos  encomiendo,  ^  fijas, 

e  a  la  mugier,  é  al  Padre  spiritual. 

Agora  nos  partimos,  Dios  sabe  el  ajuntar, 

-7§- 


BABEL     Y    EL     CASTELLANO 

No.  Sarmiento  va  a  estudiar  también  acuanto  a 
la  lengua  dice,  relación».  Y  lo  hace  desde  que  en- 
tra en  España.  No  importa  que  en  la  diligencia 
de  los  ocho  pares  de  muías  vaya  mano  a  mano 
con  un  subdito  francés,  denigrando  «al  país  de 
los  buenos  godos».  (¡Y  por  qué  motivos!  Por- 
que las  muías  llevan  moños  encarnados  y  gran- 
des plumeros  rojos,  y  rapacejos,  borlas  y  campa- 
nillas...) Lo  cierto  es,  aunque  él  no  lo  refiera, 
que  apenas  oye  una  expresión  castiza,  corta  la 
charla  con  el  francés,  y  escucha  y  atiende.  Igual 
cosa  le  acontecerá  en  Madrid.  Por  más  que  la  fies- 
ta de  los  toros  lo  fascine — ¡y  lo  fascinó! — anda 
muy  ocupado  en  la  corte  viendo  si  abundan  o  no 
en  los  últimos  libros  los  arcaísmos  apelillados. 

Así  ama  al  idioma.  ¿Y  cómo  sería  de  otro 
modo?  Junto  con  el  relato  de  las  primeras  ba- 
tallas de  la  libertad,  oyó  referir,  de  niño,  los  he- 
roicos hechos  de  las  invasiones  inglesas.  ¿No  lo 
sabía  de  sobra  Sarmiento?  Cuando  en  Montevi- 
deo comenzóse  a  publicar  aquella  hoja  bilingüe 
de  La  Estrella  del  Sur,  se  definió  netamente  en 
el  Plata  la  sensación  de  un  insoportable  oprobio. 
Ni  poco  ni  mucho  les  valiera  a  los  gacetilleros 
británicos  pregonar  en  su  hoja  las  excedencias  del 
liberalismo  económico  inglés  frente  a  las  aberra- 
ciones del  monopolio  mercantil  español.  Monte- 
video y  Buenos  Aires  querían  todas  las  franqui- 

-  77  — 


A  h  T  U  fío      CAPDEVILA 

cias  del  liberalismo  económico,..,  pero  en  caste- 
llano. Aquellos  criollos,  cualesquiera  que  fuesen 
sus  ideales  políticos,  renegaban  de  ellos,  si  ha- 
bían de  hallarlos  en  ese  texto  bilingüe...  Se  ve 
muy  claro,  Cuando  tales  hechos  mueven  a  la  re- 
belión y  cuando  tales  cosas  se  defiende  con  la 
espada  y  el  fusil,  señal  segura  de  que  están  en 
juego  muy  grandes  riquezas  del  alma. 

Y  Sarmiento,  lo  quisiese  o  no,  era,  respecto 
de  muchas  cosas,  en  esa  España  que  recorría  en- 
furruñado, un  español  entre  los  españoles... 


til 


Sarmiento  entró  en  España  yendo  de  Francia, 
y  harto  sabía  cuánto  se  amaba  en  la  tierra  de 
Hugo  la  buena  expresión  de  las  ideas.  París  era 
la  nueva  Roma  del  mundo  latino.  Las  letras  ha- 
bían vuelto  a  ser  augustas.  También  sabía  Sar- 
miento, empapado  de  historia,  que  dondequiera 
que  se  vio  un  gran  monarca,  allí  se  atendió  a  la 
salud  y  lozanía  de  la  palabra  ;  y  que  dondequie- 
ra que  se  alzó  un  pueblo  excepcional,  pronto  para 
un  excepcional  destino,  allí  el  cultivo  del  idio- 
ma se  pareció  demasiado  a  un  culto ;  lo  sabía, 
bien  que  pudiera  momentáneamente  olvidarlo  en 
polémica  con  Bello. 

Y  cierto  es.  Dondequiera  que  hubo  un  gran 
rey  en  la  tarea  de  labrar  la  efectiva  grandeza 
de  su  nación,  viósele  propender  a  la  pureza  del 
idioma.  Pero,  sin  salir  de  la  vecindad  pirenaica, 
bastará  que  hablemos  de  Luis  XIV,  el  rey  aman- 
te de  las  letras  y  de  las  bellas  artes  literarias. 


79 


An  T  U  no      CAPDEVILA 

Luis  Bertrand  nos  le  muestra,  en  el  hermoso  li- 
bro que  le  dedicara,  tan  ocupado  en  salvar  a 
Francia  del  león  y  del  águila  como  de  promover 
el  mayor  brillo  de  su  literatura.  Amaba  el  arte 
del  bien  decir.  Si  se  enamora  de  la  feúcha  María 
Mancini,  es  porque  ésta  habla  como  ninguna.  El 
encanto  de  la  conversación  le  hace  caer  más  tar- 
de en  los  amorosos  lazos  de  madame  Scarron. 
Entretanto,  Luis  XIV  habla  y  escribe  lo  mejor 
que  puede.  Ama  y  cuida  su  prosa,  y  es  en  él  una 
necesidad  espiritual  hacer  versos.  Ama  el  estilo. 
Escribe  excelentes  cartas  en  la  época  de  la  me- 
jor literatura  epistolar  que  se  conozca,  después 
de  la  latina.  Parece  un  emperador  romano  del 
más  esplendoroso  tiempo  de  Roma. 

Bien  ha  dicho  Bertrand  :  aMás  que  el  mismo 
Boileau,  enseñó  a  su  nación  el  poder  de  una  pa- 
labra exacta.»  Y  muy  merecida  celebridad  alcan- 
zó por  toda  Europa  esta  frase  con  que  un  día  se 
pintara  al  gran  rey  en  la  Academia  Francesa  : 
«Dos  cosas  no  puede  sufrir  Su  Majestad  :  un 
soldado  fuera  de  su  fila  ;  una  palabra  fuera  de 
su  lugar.» 

Y  siendo  tan  liberal  en  esa  mercancía  del  buen 
gusto  y  del  amor  a  las  letras,  no  se  desmengua- 
ban sus  caudales... 

i  Ancha  Castilla  ! — exclamación  que  en  el  viejo 
tiempo  incluía  incitación  a  generosidad  y  a  co- 

—  80  — 


BABEL     Y    EL     CASTELLANO 

raje — ¡  Ancha  Castilla !  Tampoco  tu  caudal  se 
desmenguó  porque  te  dieras  al  mundo  y  sembra- 
ras tu  palabra  por  tantos  mares,  por  tantas  is- 
las y  por  tan  extensa  tierra  firme  ;  ni  se  desmen- 
gua el  nuestro  de  buenos  y  fieles  argentinos,  por- 
que amemos  tu  idioma,  nuestro  idioma,  el  que 
las  madres  nos  enseñaron  en  la  cuna. 

Por  eso  decíamos  entonces,  frente  a  aquellos 
ocres  de  los  páramos  castellanos,  fragantes  de  ese 
pan  del  idioma  que  allí  creció,  venturosa  : 

— \  Ancha  Gastillal  Tu  idioma  es,  cada  día 
más,  una  de  las  mayores  fuerzas  del  espíritu  so^- 
bre  la  tierra. 

Por  eso  decimos  ahora : 

— ¡Ancha  Castilla  \  \Anch/i  Argentina  \  \  An- 
cua América ! 


V.    EL    EMBROLLADO   PROBLEMA 
DEL    TU   Y  EL    VOS 


La  buena  fabla,  siempre,  faz  de  bue- 
no,  mejor. 

Arcipreste  de  Hita. 


Ahora  bien  :  De  las  muchísimas  cuestiones  que 
en  Castilla  se  ofrecen  a  la  meditación  de  un  es- 
tudioso, en  cuanto  a  la  lengua  respecta,  son  de 
especial  interés  para  un  hispanoamericano  las 
que  conciernen  a  la  suerte  del  castellano  en  Amé- 
rica ;  y  entre  todas,  por  curiosa,  la  que  atañe  a 
la  introducción  del  voseo  en  buena  parte  del  con- 
tinente. Para  nosotros,  los  argentinos,  enfermos 
de  este  sucio  mal,  que  ojalá  no  resulte  incurable, 
el  interés  se  duplica,   excusado  es  decir. 

Pero,  con  ser  tan  importante  el  fenómeno  y  con 
hallarse  tanto  más  allá  y  tan  por  encima  de  una 
cualquiera  gramatiquería,  ni  es  mucho  lo  que 
sobre  esto  se  ha  escrito,  ni  con  lo  escrito  pueden 
darse  por  resueltos  los  problemas  que  el  caso 
plantea.  No  faltan,  sin  embargo,  en  las  publi- 
caciones destinadas  a  esta  clase  de  asuntos,  va- 
liosos ensayos  sobre  el  voseo.  Son  los  primeros  ; 
tratan  el  asunto  en  general,  y,  por  de  contado, 
no  lo  agotan.  Ya  vendrán  otros  más  frecuentes  y 
más  completos.  Y  como  en  todas  nuestras  cosas, 

--  85  - 


ARTURO      CAPDEVILA 

para  dar  con  la  verdad  será  preciso  que  América 
vaya  a  España  y  que  España  venga  a  América. 

Entretanto,  modelo  de  monografía  es,  sin  duda, 
la  que  don  Pedro  Henríquez  Ureña  publicara  por 
192 1  en  la  Revista  de  Filología  ;  trabajo  meritísi- 
mo,  autorizado  con  tan  numerosas  como  bien  es- 
cogidas citas.  Su  estudio,  rico  en  observaciones, 
computa  hechos  diversos,  a  cual  más  digno  de 
sostenida  atención.  Comienza  por  distinguir  en 
América  cinco  zonas  principales.  La  Argentina, 
el  Uruguay,  el  Paraguay  y  tal  vez  una  parte  del 
Sudeste  de  Bolivia  forman  una  de  estas  zonas. 
En  algunas,  el  idioma  asume  caracteres  dialecta- 
les. Más  aún  :  la  inferioridad  n>iinérica  del  ele- 
mento hispánico  ha  determinado  en  algunos  si- 
tios de  América  la  constitución  de  dialectos  in- 
termedios ;  como,  por  ejemplo,  la  formación  del 
hispanonáhuatl,  de  Nicaragua,  o,  bajo  la  influen- 
cia africana,  la  del  papiamento,  de  Curasao.  Todo 
esto  queda  muy  bíe.n  puntualizado  en  el  estudio 
del  conocido  ensayista. 

También  se  examina  aquí  la  suerte  del  alfabeto 
castellano  en  América,  letra  por  letra,  para  en- 
trar, finalmente,  a  un  rápido  análisis  y  considera- 
ción del  voseo,  estableciendo,  eso  sí,  con  celosa 
minuciosidad  su  distribución  geográfica  desde 
Cuba  a  la  Argentina. 

La  afirmación  categórica  es  ésta  :  sólo  la  ter- 


BABEL     Y    EL     CASTELLANO , 

cera  parte  de  la  América  española  ignora  el  uso 
del  vos  ;  todo  el  resto  de  América,  en  zonas  de 
mayor  o  menor  extensión,  lo  emplea  exclusiva- 
mente. El  voseo  existe  en  la  más  dilatada  por- 
ción de  la  América  del  Sur,  debiendo  incluirse, 
en  el  otro  hemisferio,  la  provincia  mexicana  de 
Chiapas  y  aun  el  Cura9ao,  en  cuyo  papiamento 
se  dice  ho  por  vo's.  Ahora,  en  Cuba  quedan  vesti- 
gios de  voseo  en  la  provincia  de  Camagüey.  Cabe 
afirmar,  por  lo  demás,  su  difusión  por  toda  la 
América  Central,  con  la  salvedad  de  que  en  las 
clases  cultas  prevalece  el  tú. 

En  cuanto  a  Colombia,  la  conjugación  popular 
se  acerca  mucho  a  la  ríopla tense.  Sos,  tomas,  te- 
nes, salís  y  otras  inflexiones  arcaicas  son  las  vo- 
ces habituales  en  el  presente  de  indicativo  ;  tal 
como  en  la  Argentina.  Asimismo,  en  Venezuela 
y  El  Ecuador  la  conjugación  popular  no  anda 
mejor  que  a  orillas  del  Plata. 

Sólo  quedan  idemnes,  aproximadamente  en  su 
totalidad,  México,  las  Antillas  y  casi  todo  el  Perú. 
Y  con  esto,  cuando  más  queríamos  oír  al  señor 
Henríquez  Ureña,  su  monografía  termina.  Lás- 
tima, de  verdad. 


II 


Entretanto,  si  en  un  mapa  de  la  América  es- 
pañola señaláramos  con  rayas  negras — y  es  lo 
menos  que  podríamos  hacer  :  señalar  de  negro  tan 
negra  cosa — ,  las  extensiones  en  que  se  emplea 
el  vos,  y  rayáramos  de  rojo  aquellas  otras  en  que 
domina  el  tú,  luego  nos  maravillaríamos  conside- 
rando la  distribución  de  los  colores  ;  sobre  todo 
si,  en  procura  de  una  clave  étnica,  hubiéramos 
creído  posible  establecer  el  origen  de  la  dispari- 
dad, habida  cuenta  del  arribo  y  arraigo  de  unos 
u  otros  pobladores  españoles  en  el  continente,  y 
puesto  caso  que  pudiera  demostrarse  una  exclu- 
yente  predilección  por  el  voseo  en  determinados 
elementos  peninsulares.  Veríamos  media  Améri- 
ca del  Sur  rayada  de  negro  y  casi  toda  la  espa- 
ñola del  Norte  rayada  de  rojo.  El  Perú  se  nos 
mostraría  rojo  también,  y  entre  el  Perú  y  Mé- 
xico hallaríamos  caprichosas  franjas  de  uno  u  otro 
color. 


ARTURO      CAPDEVILA 

¿  Qué  conjeturar  ?  ¿  Será  que  prevaleció  en  el 
mapa  negro  una  especial  influencia,  por  ejemplo, 
la  casi  dialectal  andaluza  ?  ¿  O  no  se  ha  dicho  y 
repetido  que  hay  un  andalucismo  americano?  ¿Y 
no  sabemos  paralelamente  que  Andalucía,  como 
América,  no  dice  vosotros,  sino  ustedes,  como  úni- 
co plural  de  segunda  persona?  Sin  embargo, 
quedamos  en  las  mismas.  Pasaron  los  tiempos 
del  socorrido  andalucismo  de  América.  El  pro- 
pio Henríquez  Ureña  (ver  Cuadernos  del  Institu- 
to de  Filología,  1925,  Buenos  Aires)  demuestra 
lo  insostenible  de  esa  tesis.  Se  rechaza  ya  funda- 
damente que  hubiera  tal  preponderancia  andaluza 
en  la  conquista  de  América  ;  fuera  de  que — vi- 
niendo a  lo  nuestro — nadie  ha  probado  que  los 
andaluces  de  la  conquista  emplearan  el  vos  y  mu- 
cho menos  a  la  manera  americana,  tan  poco  aná- 
loga a  la  del  teatro  del  Siglo  de  Oro. 

Está  acabada  la  cuestión.  Todos  se  embarca- 
ban en  Sevilla,  mas  no  eran  todos  sevillanos. 
Sobran  los  nombres  que  lo  acreditan.  Incluso  sa- 
bemos que  gran  número  de  conquistadores  y  colo- 
nizadores corresponde  a  Castilla.  Toda  España 
se  volcó  en  América,  con  todos  sus  elementos 
étnicos.  Cuervo  tenía  razón. 

¿Y  otro  influjo  que  no  fuera  andaluz?  ¿Otro 
influjo,  como  ser  el  leonés?  Se  abre  un  camino 
tentador  a  las  fáciles  improvisaciones.  El  Uru- 

—  90  — 


BABEL     Y     EL     CASTELLANO. 

guay,  que  pertenece  a  la  zona  infestada  por  el 
voseo — esa  viruela  del  idioma — ,  comprende  un 
departamento  cuyos  naturales  se  denominan  ma- 
ragatos  en  recuerdo  de  los  primeros  pobladores, 
oriundos  de  la  Maragatería,  aquella  comarca  leo- 
nesa del  Sur  de  Astorga.  Son,  pues,  los  mara- 
gatos  uruguayos  de  reconocido  origen  leonés. 
Ahora  bien  ;  según  fidedignas  referencias,  los  ma- 
ragatos  de  España  usaban  el  tratamiento  de  vos. 
En  España — afirma  el  señor  Pla  Cárceles  (Revis- 
ta de  Filología,  tomo  X,  cuaderno  3) — ,  en  Es- 
paña, entre  los  maragatos,  hasta  mediados  del 
siglo  XIX,  corría  «el  extraño  tratamiento  de  vos». 
Leemos  en  otra  parte  :  «En  Astorga  se  dice 
vos.»   ¿Entonces?... 

Todavía  nada.  Surgen  inmediatamente  legíti- 
mas dudas  sobre  la  exacta  naturaleza  del  voseo 
astorgano,  aparte  de  las  que  se  ofrecen  sobre  su 
persistencia  actual.  ¿  A  qué  pronombre  va  unido 
este  vos,  en  acusativo  o  dativo  ?  ¿  Al  pronombre 
os  o  sl\  te}  ¿Se  dice  :  Os  digo  a  vos,  o  bien  :  A 
vos  te  digo  ?  Esta  diferencia  es  sustancial.  Repe- 
timos que  no  hay  ninguna  relación  entre  una 
comedia  del  Siglo  de  Oro  y  el  ruin  voseo  río- 
platense.  Por  otra  parte,  los  que  vosean  en  As- 
torga,  si  es  que  los  hay  aún,  ¿  no  serán  por  ven- 
tura indianos  que  aquí  lo  aprendieron  y  allí  por 

-.91  — 


ARTURO      CAPDEVILA 

nostalgia  lo  emplean,  cuando  no,  si  me  pasáis  ei 
vocablo,  por  hacer  notar  su  for asteria? 

Mas,  a  pesar  de  tan  discretas  salvedades,  no 
faltarían  motivos  para  cavilar  un  poco,  antes  «le 
rechazar  totalmente  la  hipótesis..  El  señor  José 
Alemany  es  autor  de  un  paciente  análisis  sobre 
las  voces  leonesas  usadas  por  la  insigne  novelista 
Concha  Espina  en  su  obra  costumbrista  La  es- 
finge tnar ágata.  Y.  punto  notable  :  numerosísimas 
voces  de  las  que  registra  Alemany  se  tendrían 
por  argentinismos  o  criollismos  ríoplatenses,  des- 
de el  velay  de  Santiago  del  Estero,  reputado  por 
quichua,  hasta  los  vulgarismos  más  corrientes, 
como  cuando  se  dice  la  calor  por  el  calor,  o  nece- 
sidá,  santidá,  verdá,  navidá...  ¡Todo  sería  ma- 
ragato  ! 

He  aquí  una  buena  lista  de  argentinismos... 
leoneses  :  Velay,  entoavía,  naide,  nenguno,  leju- 
ra,  explotar  (por  estallar),  fruce  (por  fruncimien- 
to), leyer,  mismamente,  norteño,  remesón,  tro- 
nido, volido,  agora,  pitusa,  casona,  agorería  (por 
agüero),  acaloro  (por  acaloramiento),  caldudo, 
conmiserarse,   cuantimás,  denantes... 

Por  el  tentador  camino  de  la  improvisación  ya 
diríamos  que  los  maragatos  influ3^eron  con  sus 
modismos  en  el  habla  general,  y  que  su  particu- 
lar voseo  arraigó  en  ambas  orillas  del  Plata,  con- 
tando para  propagarse  con  el  prestigio  de  Buenos 

—  92  — 


BABEL     Y    EL     CASTELLANO 

Aires  ;  con  lo  que  fué  cundiendo  de  Sur  á  Norte, 
y  después...  ¡No!  Nada  de  esto.  Difícil  es  ima- 
ginar hipótesis  más  absurda.  Basta  mirar  en  el 
mapa  de  América  toda  la  Argentina  y  todo  Chi- 
le y  todo  el  Paraguay  y  toda  BoHvia,  en  una  sola 
mancha  negra  correspondiente  al  voseo,  para 
comprender  que  la  influencia  de  una  colonia  ma- 
ragata  del  Uruguay  no  pudo  nunca  ir  tan  lejos... 


III 


¿  Qué  pensar  ?  Mientras  más  empeñadamente  se 
quiere  ver  claro  en  este  enigma,  cierto  que  más 
aumentan  las  dificultades.  Poco  ganamos  con 
acudir  a  los  textos  del  siglo  xv.  Por  la  época  de 
la  conquista,  el  idioma  se  estaba  formando  aún. 
M.  L.  Wagner  ha  podido  escribir  :  «El  idioma 
español  no  había  alcanzado  aún,  antes  de  la  con- 
quista, el  punto  culminante  de  su  desarrollo 
literario.»  (Tomo  I,  cuaderno  i,  del  Instituto  de 
Filología,  Buenos  Aires).  Lo  que  guarda  perfecta 
conformidad  con  aquellas  palabras  del  Diálogo  de 
las  Lenguas,  en  que  se  ve  cómo  la  lengua  espa- 
ñola era  muy  menos  ilustrada  que  la  toscana. 
La  toscana — declara  Valdés  en  el  Diálogo — está 
ilustrada  y  enriquecida  por  un  Boccacio  y  un 
Petrarca,  los  cuales,  siendo  buenos  letrados,  no 
solamente  se  preciaron  de  escribir  buenas  cosas, 
pero  procuraron  de  escribirlas  con  estilo  muy 
propio  y  muy  elegante  ;  y,  como  sabéis,  la  len- 


ARTURO      CAPDEVILA 

gua  castellana  nunca  ha  tenido  quién  escriba  en 
ella  con  tanto  cuidado  y  miramiento...» 

Sólo  había  lo  que  se  llama  el  español  anteclási- 
co, que  si  parece  vacilante  en  muchas  obras,  mu- 
cho más  lo  sería  en  rf  ordinario  trato.  Esta  fué 
el  habla  que  trajeron  los  conquistadores  a  Amé- 
rica. Hoy  mismo  es  íácil  hallar  (verbigracia,  en 
el  Arcipreste  de  Hita)  expresiones  todavía  fre- 
cuentes en  los  campos  de  la  Argentina.  Así : 
compaña  (por  compañía),  Grabiel  (en  metátesis 
de  Gabriel),  mestureros  (de  mesturar),  cadaque  ; 
por  o  po  (en  lugar  de  pues),  retar  (por  repren- 
der), quintero,  y  tantas  otras.  El  lenguaje  po- 
pular no  ha  sabido  olvidarlas,  como  tampoco  han 
sabido  olvidarlas  los  judíos  expulsos  en  los  puer- 
tos de  Levante. 

El  idioma,  en  dicha  época,  no  está  concluido, 
ni  con  mucho.  El  tratamiento  mismo  es  insegu- 
ro. El  genio  de  la  lengua  vacila  entre  una  y  otra 
dirección.  Eas  inflexiones  yerbales  no  se  han 
dado  aún  su  definitiva  ley.  Comienza  a  prevale- 
cer k  tercera  persona  para  la  segunda  :  Vuestra 
merced,  vuesarced...  Pero,  ¿tenía  España  dos 
zonas  bien  netas  :  la  del  tú  y  la  del  vos  ?  Nada 
sería  tan  arbitrario  como  afirmarlo.  Antes  bij^n  : 
el  castellano  de  España  es  bastante  uniforme  en 
toda  ella. 

Entonces,  y  puesto  que  un  mismo  pueblo  co- 


96 


BABEL     Y    EL    CASTELLANO 

Ionizó  nuestra  América,  y  dado  que  uno  Jolc;  era 
su  idioma  y  unas  mismas  sus  costumbres  y  su 
cultura,  ¿por  qué  tan  luego  esta  diferencia  de 
tratamiento  familiar?  ¿Por  qué  en  esas  regiones 
del  Perú  y  de  México  una  conjugación  correctísi- 
ma— el  pronomBre  tú  con  todos  sus  elementos 
propios — y  en  estas  otras  del  Plata  y  de  Chile, 
ese  horrendo  voseo,  mezclado  a  los  enclíticos  y 
a  los  posesivos  d^l  pronombre  tú?  ¿Por  qué  en 
unos  sitios  la  cohesión  verbal  y  en  otros  la  más 
estropeada  conjugación  que  en  idioma  alguno  se 
haya  observado? 

Trataremos  en  capítulo  aparte  de  desembrollar 
este  problema,  si  es  que  antes  no  se  nos  embro- 
lla más. 


VI.    EL  TU  Y  EL  VOS  EN  LOS 
CLASICOS 


TÚ...  (íNo  se  dice  sino  a  criadoSy  hu- 
mildes y  personas  baxas...  pero  acomo- 
dándonos con  el  uso  de  la  lengua  lati- 
na, decimos  tú  al  mismo  Dios.)) 

Vos...  iiiYo  todas  veces  es  bien  recibi- 
do,  con  ser  en  latín  término  honesto. y> 

{Covarrubiaa.  Tesoro  de  la  Lengua.) 


Quienes  introdujeron  el  voseo  en  América ; 
cómo  y  por  qué  degeneró  en  las  formas  mixtas 
actuales  ;  si  vino  bastardeado  o  si  aquí  se  le  bas- 
tardeó, por  qué  no  se  emplea  en  toda  América,  y 
de  cómo  si  los  españoles  lo  trajeron,  según  pa- 
rece obvio,  ni  ha  sobrevivido  ni  se  ha  transfor- 
mado tampoco  en  la  Península,  sino  que  se  ha 
perdido  totalmente  :  éstos  son  los  enmarañados 
elementos  de  nuestro  lindo  problema  hispano- 
americano. 

Y  nótese  que,  por  referirse  al  tratamiento,  se 
involucran  en  él  agudas  cuestiones  psicológicas  ; 
pues  por  mucho  que  gramaticalmente  una  perso- 
na no  sea  más  que  un  nombre  o  un  pronombre, 
mediata  o  inmediatamente  vinculado  a  la  acción 
del  verbo,  ese  nombre  sustantivo  se  ha  remonta- 
do a  vital  expresión,  y  estas  inflexiones  particu- 
lares que  toma  el  verbo,  dignifican  o  desdoran. 
Apenas  se  inicia  la  historia,  el  tratamiento  es  la 


ARTURO      CAPDEVILA 

corona  y  la  aureola  de  las  palabras.  La  fuerza, 
la  grandeza,  el  poder  quieren  ser  reconocidos  a 
cada  instante  en  las  inflexiones  de  los  verbos.  Si 
las  dice,  la  grandeza  se  confirma  en  la  propia 
opinión.  Si  las  oye,  es  confirmada  en  la  ajena, 
El  verbo,  todos  los  verbos  ;  es  decir,  la  vida  toda, 
se  rinde  a  los  pies  del  poderoso.  Paralelamente, 
un  monosílabo  (que  rara  vez  alcanza  a  ser  más 
una  persona)  es  capaz  de  comunicar  dignidad  o 
de  quitarla.  Así,  el  tratamiento — esto  es,  la  for- 
ma particular  asumida  por  la  segunda  persona — 
contiene  todo  el  archivo  de  los  linajes  y  las  di- 
nastías. Tú...,  vos...,  vuestra  merced...  En  esta 
inaprehensible  nadería  tenemos,  cuando  menos, 
algunos  siglos  de  historia  española,  política  y 
moral. 


II 


Ahora,  por  si  algo  halláremos  de  camino  para 
nuestra  cuestión,  señalaremos  algunas  muestras 
de  las  vicisitudes  del  tratamiento  castellano,  eni- 
pezando,  como  es  de  justicia,  por  el  testimonio  del 
Diálogo  de  las  Lenguas,  ese  remoto  cate.cismo  del 
idioma  :  lo  más  plácidamente  romano  que  se  haya 
escrito  en  español ;  diálogo  tan  claro,  tan  adivi- 
no y  tan  bien  autorizado  por  el  tiempo  que  todo 
él  es  hallazgo,  sin  decir  nada  de  su  llaneza  ni 
de  aquel  su  atildamiento  siempre  incapaz  de  afec- 
tación. Conjetúrase  que  lo  compuso  Juan  Valdés, 
un  allegado  del  emperador  Carlos  V,  y  partida- 
rio de  Lutero  y  el  libre  examen,  que,  a  la  ver- 
dad, debió  ser  hombre  de  incomparable  cortesa- 
nía. Asienta,  pues,  en  su  Diálogo  el  retórico  lute- 
rano que,  hablando  con  uno  muy  inferior,  se  dice 
túj  y  cuando  se  habla  con  un  casi  igual  se 
dice  vo's. 

De  igual  a  igual  no  se  diría  tampoco  de  otro 


103 


ARTURO      CAPDEVILA 

modo,  ya  que  los  propios  interlocutores  de  su  fin- 
gida conversación — ^Marcio,  Coriolano,  Valdés  y 
Torres — de  vos  se  tratan,  y  son  los  cuatro  caballe- 
ros de  la  misma  dignidad. 

En  ^odo  caso,  el  testimonio  es  posiblemente 
válido,  aunque  no  por  manera  absoluta,  para  las 
primeras  décadas  del  siglo  xvi,  y  acaso  no  tanto 
para  la  vida  cotidiana  de  España  cuanto  para  el 
castellano  oficial  de  las  cortes  extranjeras.  No 
olvidemos  que  los  cuatro  amigos  de  la  plática  de- 
parten no  lejos  de  Ñapóles,  en  una  casa  de  cam- 
po de  la  costa,  y  que  dos,  entre  ellos,  son  ita- 
lianos. 

IvO  cierto  es  que  ya  por  ese  mismo  tiempo,  como 
lo  afirma  don  José  Pía  Cárceles  {Revista  de  Filo- 
logía Española,  tomo  X,  cuaderno  3),  en  su  tra- 
bajo ha  evolución  del  tratamiento  de  vuestra 
merced,  el  uso  vino  a  rebajar  «el  valor  galante 
del  vocablo  pronominal  latino  vos  en  nuestro  idio- 
ma», de  tal  suerte  que  «ya  en  el  primer  tercio 
del  siglo  XVI,  vosear  a  una  persona  implicaba, 
cuando  no  un  insulto,  una  íntima  familiaridad  o 
superior  categoría  social  por  parte  del  que  ha- 
blaba» . 

Si  no  fuera  que  el  Diálogo  de  las  Lenguas  se 
refiere  en  este  punto  a  un  español  diplomático 
mucho  más  que  a  un  casero  y  corriente  español, 
harto  habría  que  extrañarse  de  estas  noticias  su- 

^  104 -- 


BABEL     Y    EL     CASTELLANO 

yas  sobre  el  vos  y  el  tú  ;  porque  no  hay  texto 
del  siglo  que  las  corrobore,  sino  bien  al  revés. 
Fácil  es  verificar,  como  quiere  Pía  Cárceles,  que 
el  voseo  suena  ya  entonces,  o  despectivamente  o 
como  expresión  demasiado  familiar. 

Detengámonos,  si  no,  ante  decisivos  ejemplos 
que  nos  concretarán,  así  para  América  como  para 
la  península,  el  sentido  peyorativo  del  pronombre 
vos.  La  transcripción  que  sigue  pertenece  a  Pía 
Cárceles  y  está  sacada  de  Jerónimo  Ximénez  de 
Urrea  (Diálogo  de  la  verdadera  honra  militaír)^ 
donde  se  lee  :  «Jugando  un  día  en  Triana  a  basto 
y  malilla  con  un  escudero  de  don  Pedro  de  Guz- 
mán,  llamado  Belmar,  le  dixe  sin  pesar  enojallo  : 
Belmar,  vos  jugáis  mal.  Alterándose  él  por  el 
vos  que  le  dixe,  respondió  empuñado  y  feroz  : 
Yo  jnego  bien,  y  vos  que  sois  tú  sois  muy  ruin 
hombre.» 

También  se  lee  en  Hurtado  de  Mendoza  (car- 
ta al  cardenal  Espinosa,  año  de  1579,  todo  según 
la  cita  de  Cuervo)  :  «El  secretario  Antonio  de 
Eraso  llamó  de  vos  a  Gutierre  López,  estando  en 
el  Consejo,  y  por  esto  se  acuchillaron.» 

Por  donde  se  ve  que  enseña  lo  justo  el  Galateo 
Español,  de  Lucas  Gracián,  cuando  pone  :  «Quien 
llamase  de  vos  a  otro  no  siendo  muy  más  califi- 
cado, le  menosprecia  y  hace  ultraje  en  nombralle, 

—  105^ 


ARTURO      CAPDEVILA 

pues  se  sabe  que  con  semejantes  palabras  llaman 
a  los  peones  y  trabajadores.» 

Cervantes,  a  su  vez,  en  el  Quijote  se  conforma 
con  este  parecer  :  «Finalmente,  con  una  no  vis- 
ta arrogancia,  llamaba  de  vos  a  sus  iguales  y  a 
los  mismos  que...»  (Capítulo  IvT,  primera  parte). 
Y  en  otro  capítulo  se  quejan  las  dueñas  de  que 
sus  señoras,  como  si  fueran  reinas,  no  Bejan  nun- 
ca de  echarles  un  vos... 

Quevedo,  por  su  lado,  en  El  gran  tacaño,  fija 
el  concepto  de  la  familiaridad  que  implica  el  tra- 
to de  vos  :  «Recibiéronme  ellas  con  mucho  ar- 
dor, y  ellos  llamándome  de  vos  en  señal  de  fami- 
liaridad.» 


III 


Acepción  de  familiaridad,  o  de  desprecio,  o  de 
repentino  enojo  ;  todo'  esto  se  hallará  en  el  tra- 
tamiento del  vos,  menos  aquel  engolado  amanera- 
miento del  teatro  del  Siglo  de  Oro,  en  que  ese 
pronombre  y  sus  hinchadas  formas  verbales  ha- 
cen de  cada  cuarteta  una  como  alechugada  gor- 
gnera en  que  la  más  trivial  idea  parece  siempre 
de  ceremonia. 

Pero...,  ¿no  estamos  equivocándonos?  En  par- 
te, sí ;  en  parte  nos  equivocamos.  Porque,  en 
efecto,  si  prepondera  el  tratamiento  de  vos  en  la 
escena  española,  alterna  siempre  con  el  tú,  hasta 
el  punto  de  emplearse  uno  u  otro  pronombre  in- 
distintamente en  una  misma  escena  y  en  un  mis- 
mo diálogo.  No  se  acomoda,  por  lo  demás,  a  nin- 
guna dada  conveniencia  :  tan  pronto  revela  fa- 
miliaridad— incluso  familiaridad  excesiva — como 
acusa  respetuoso  acatamiento. 

Nada  más  fácil  de  probar.  No  hay  comedia  an- 

—  107  — 


ARTURO      CAPDEVILA 

tigua,  así  se  hable  de  las  mejores,  en  que  no  rei- 
ne esta  libertad  caótica.  En  El  alcalde  de  Zula- 
mea,  el  capitán  llama  de  tú  al  sargento  y,  por 
añadidura,  le  dice  mentecato.  Entretanto,  el  sar- 
gento, que  le  llama  señor,  también  tutea  al  ca- 
pitán. En  la  misma  obra,  el  alcalde  llama  de  vos 
al  capitán  susodicho,  suplicándole  de  rodillas  ;  y 
de  vos  le  contesta  el  mal  hombre,  negándose  y  de- 
nostándole. Y  luego,  en  la  escena  entre  Crespo 
y  el  monarca,  todo  es  vos  del  villano  al  rey  y 
del  rey  al  villano. 

Podríamos  abundar  en  ejemplos  análogos  de  La 
Estrella  de  Sevilla.  No  hace  falta.  Señalemos, 
mejor,  en  La  vida  es  sueño  otro  aspecto  intere- 
sante. En  La  vida  es  sueño,  el  príncipe  Segis- 
mundo y  un  criado  de  palacio  se  tutean  el  uno  al 
otro.  Poco  antes,  sin  embargo,  Segismundo  le  ha 
llamado  vos  : 

...  ¿No  digo 
que  vos  no  os  metáis  conm^igol 

Y  no  fué  el  tono  de  enfado  lo  que  trajo  aquel 
vos,  pues  antes  no  había  llamado  de  otro  modo  a 
la  bellísima  Estrella,  y  no  por  la  mucha  confian- 
za, puesto  que  acababa  de  conocerla,  ni  en  forma 
alguna  por  despectiva  insolencia,  pues  no  otra 
cosa  quería  que  galantearla, 

—  108  — 


BABEL     Y    EL     CASTELLANO 

Asimismo,  en  El  burlador  de  Sevilla,  se  pasa 
del  tú  al  vos  sin  sujeción  a  ley  alguna  ;  y  no  fal- 
ta escena  en  que  sea  empleado  en  muestra  de 
mucho  rendimiento.  El  duque  Octavio  y  el  rey 
se  dicen  entrambos  de  vos. 

Habla  el  duque  : 

— A  esos  pies,  gran  señor,  un  peregrino 
misero  y  desterrado  ofrece  el  labio,, 
juzgando  por  más  fácil  el  camina 
en  vuestra  gran  presencia... 

Habla  el  rey  : 

r—Ya,  duque  Octavio,  sé  vuestra  inocencia. 

Y  Octavio : 

...  Quien  espera 
en  vos,  señor,  saldrá  de  premios  lleno. 

Debe  insistirse,  no  obstante,  en  que  por  los  años 
de  Tirso  el  tratamiento  de  vos  se  tomaba  en  un 
sentido  francamente  peyorativo  ;  y  nada  más  con- 
cluyente  que  probarlo,  en  la  buena  compañía  de 
Cuervo,  con  el  propio  Tirso  de  Molina,  en  cuya 
comedia  Cehs  con  celos  se  curan,  hay  personaje 
que  plantea  la  cuestión  : 


109 


ARTURO      C  A  P  D  E  V 1 L  A 

. . .  Yo'  os  daré 
mercedes.  Andad  con  Dios. 
— ¿  Os   haré  y  andad  ?   ¿Ya  es  vos 
lo  que  tú  hasta  ahora  fué? 
Pues  vive  Dios,  que  hudo  día, 
aunque  des  en  vosearme, 
que  de  puro  tutea/rme 
me  convertí  en  atutía. 
— Gastón,  tu  estancia  es  ahajo  ; 
vete  y  despeja. 

— Eso  sí. 
Tú  por  tú... 

Resultaría  de  cuanto  hemos  dicho  que  muy  es- 
casa conformidad  guardó  el  teatro  del  Siglo  de 
Oro  con  la  realidad  circundante  y  aun  consigo 
mismo.  Es,  en  cambio,  lo  cierto  que  ambos  tra- 
tamientos coexistían  y  que  el  teatro,  no  pudo  me- 
nos de  recogerlos  a  la  par.  Sólo  debe  añadirse 
que,  a  la  sazón,  por  influencia  de  los  latinizan- 
tes, el  tú  empezaba  a  elevarse  de  su  injusta  ba- 
jeza española,  y  que  ya  sufría  el  oído  de  los  se- 
ñores lo  que  antes  apenas  si  para  los  criados  so- 
naba ;  mientras  que  el  vos,  acaso  por  el  desgaste 
de  tantos  siglos,  se  rebajaba  al  más  ordinario 
empleo  y  comenzaba  a  lastimar  los  oídos  delica- 
dos y  las  almas  puntillosas. 

En  fray  Luis  de  Granada  se  ye  también  la 

*-,  110  1- 


BABEL     Y    EL    CASTELLANO 

equivalencia  de  ambos  tratamientos  en  aquella 
plegaria  a  la  Virgen,  donde  se  pasa  «del  tú  al 
vos  y  del  vos  al  íw,  como  se  pasa  en  la  música 
de  un  tono  a  otro»,  según  pa  abra  de  Bello  : 
a¡  Reina  del  Cielo!  Si  la  causa  de  tus  dolores  son 
los  de  tu  hijo  bendito  y  no  los  tuyos...,  cese  la 
muchedumbre  de  tus  gemidos,  pues  cesó  la  causa 
de  tu  dolor...  El  mismo  hijo  tuyo  te  convida  a 
nueva  alegría  en  sus  cantares,  diciendo  :  El  in- 
vierno es  ya  pasado,  las  lluvias  y  los  torbellinos 
han  cesado,  las  flores  han  aparecido  en  nuestra 
tierra;  levántate,  querida  mía,  hermosa  mía... 
deja  ahora  esa  morada,  y  ven  conmigo...»  Y  pa- 
sando al  vos  :  «Bien  veo,  señora,  que  no  basta 
nada  de  esto  para  consolaros,  porque  no  se  ha 
quitado  sino  trocado  vuestro  dolor...»  {Tratado 
de  la  oración  y  meditación,  Cap.  XXV,  párra- 
fo II). 

Otro  tanto  empezaba  a  ocurrir  en  la  propia  ma- 
sa del  pueblo.  He  aquí  un  adagio  de  la  época 
que  autoriza  el  aserto  de  la  cabal  equivalencia  del 
tú  y  el  vos,  en  el  trato  de  la  calle,  si  por  ventura 
hay  cosa  más  popular  que  un  refrán  :  «Dijo  la 
corneja  al  cuervo  :  Quítate  allá,  negro.  Y  el  cuer- 
vo a  la  corneja  :  Quitaos  vos  allá,  negra»  ;  don- 
de muda  el  tratamiento  en  cada  interlocutor,  sin 
que  a  ello  obligue  razón  de  tono,  de  asunto  ni  de 
jerarquía. 


ARTURO      CAPDEVILA 

A  todo  esto,  en  las  obras  teatrales  o  novelescas 
de  reconstrucción  histórica,  ¿  qué  camino  se- 
guir ?  ¿  Cómo  se  hablarán  los  personajes  :  de  tú, 
de  vos  o  indistintamente  como  en  el  promiscuo 
tratamiento  de  Lope,  .^e  Tirso  o  de  Calderón? 
Desde  luego,  en  el  vos  literario  va  ya  implícita 
una  adjudicación  de  respeto,  y  se  logra  además 
(lo  que  no  pasa  con  el  tú)  cierto  color  de  época 
insustituible.  Las  cosas  han  venido  a  ser  así. 
De  consiguiente,  tanto  Bello  como  Cuervo  están 
contestes  en  que  el  evocador  actual  debe  recurrir 
al  vos.  Tal  lo  ha  hecho  entre  nosotros,  con  jui- 
cio certero  y  agudísimo  talento,  un  maestro  de 
maestros — ^Enrique  Larreta — en  La  Gloria  de 
don  Ramiro. 

Recapitulando :  por  los  años  d.e  Lope,  de  Tir- 
so y  de  Calderón,  el  tú  que  se  eleva  y  el  vos  que 
se  rebaja  se  ofrecen  como  en  un  mismo  plano 
al  poeta  dramático.  El  uno  vale  el  otro.  No  ha- 
biendo aún  grave  motivo  para  rechazar  ninguno 
de  los  dos  pronombres,  el  poeta  dramático  se 
queda  con  los  dos,  y  de  ellos  se  sirve  sin  otro 
criterio  que  el  de  la  conveniencia  silábica.  Los  se- 
ñores tutean  a  los  criados  o  los  llaman  de  vos,  a 
su  talante,  y  otro  tanto  hacen  los  criados  con  los 
señores.  La  métrica  no  tiene  por  qué  demostrar 
preferencia.  Es  muy  curioso  este  momento  de  la 
yida  y  de  la  escena  de  España  :  tan  curioso  como 


BABEL     Y    EL     CASTELLANO 

poco  estudiado.  En  tal  época,  el  desplazamiento 
del  vos  por  el  tú  ha  comenzado,  pero  está  lejos 
de  haber  cdncluído.  Antes  será  menester  por 
mucho  tiempo  que  muchos  Belmares  se  pongan 
feroces  al  oírse  llamar  de  vos,  y  que  muchos  Era- 
sos  se  acuchillen  por  el  mismo  achaque  con  mu- 
chos Gutierres.  Hasta  que  la  letra  con  sangre 
entre... 

Muy  bien.  Pero,  ¿por  qué,  mientras  España 
rechazaba  el  voseo,  dos  terceras  partes  de  la 
América  hispánica  se  quedaban  con  él  ?  ¿  Y  por 
qué  este  vosearse,  sobre  estar  venido  a  menos, 
había  de  bastardearse  todavía  más,  y  este  vos, 
plural  de  por  sí,  tomaría  formas  verbales  de  sin- 
gular, conservando,  empero,  para  mayor  capri- 
cho,  las  privativas  formas  arcaicas  ? 

Nos  proponemos  explicarlo,  si  es  que  se  puede 
explicar. 


VIJ.     EL    TU    Y  EL    VOS   EN 
AMERICA 


Pues  ellos  no  lo  hacen  y  a  vos  no  os 
[alta  habilidad  para  hacer,  no  os  de- 
briades  excusar  dello,  pues  cuando  bien 
no  hiciésedes  otra  cosa  que  despertar  a 
otros  a  hacerlo,  haríades  harto. 


(Diálogo  de  las  lenguas. 


Hemos  llegado  hasta  ahora  a  las  siguientes 
comprobaciones  sobre  el  voseo  castellano  : 

i.°  Ya  en  los  primeros  tiempos  de  la  conquis- 
ta de  América  el  vos  sonaba  o  con  demasiada  fa- 
miliaridad o  con  un  aire  despectivo  u  hostil. 

2.°  En  el  teatro  del  Siglo  de  Oro,  y  propable- 
mente  en  la  cotidiana  vida  española,  hubo  un 
tiempo  en  que  el  tú  y  el  vos  coexistieron.  La 
frase  que  todavía  corre,  al  menos  en  la  Argenti- 
na— «tratarse  de  tú  y  vos — ,  se  originó  tal  vez 
en  la  dicha  época.  Lo  mismo,  sin  duda,  que  el 
refrán  recordado  :  «Dijo  la  corneja  al  cuervo  : 
Quítate  allí,  negro.  Y  el  cuervo  a  la  corneja  : 
Quitaos  allá,  negra.»  Donde  con  un  mismo  tono, 
y  diciendo  una  misma  cosa,  la  corneja  tutea  al 
cuervo  y  el  cuervo  da  tratamiento  de  vos  a  la 
corneja. 

3.°  En  todo  el  siglo  xvi  no  cesa  de  acentuar- 
se el  carácter  despectivo  o  en  demasía  familiar 

-117-- 


ARTURO      C  A  P  D  F  V  I  L  A 

del  voseo,  hasta  que  a  fines  del  siglo  xvii  preva- 
lece el  tú  por  toda  España. 

4.°  Cabe  agregar  que  cuando  suena  un  vos  in- 
opinada y  bruscamente,  equivale  a  una  expresión 
de  enojo.  El  Diccionario  de  la  Real  Academia  lo 
recoge,  hasta  en  su  primera  edición  del  siglo  xix, 
como  término  injurioso. 

5.**  Es  del  todo  infundada  la  suposición  de 
que  el  voseo  americano  se  pueda  explicar  por  tal 
o  cual  influencia  étnica.  España  hablaba  de  ma- 
nera muy  uniforme  el  castellano,  y  sabido  está 
que  Castilla  no  faltó  de  América. 

6.°  El  mapa  de  América  se  divide  en  dos  zo- 
nas bien  netas  :  una  en  que  se  tutea  y  otra  en 
que  se  emplea  el  vos.  Es  aquélla  el  tercio  del 
continente,  Comprende  esta  otra  las  dos  terce- 
ras partes. 

y."  La  zona  en  que  se  vosea  abarca  todo  el 
vSur  y  otras  regiones  discontinuas.  La  zona  en 
que  se  tutea  reconoce  dos  núcleos  principales  :  el 
Perú  y  México. 

8.°  El  voseo  en  la  actualidad  se  desconoce  to- 
talmente en  España. 

9."  No  se  ha  propuesto  ninguna  explicación 
satisfactoria  del  fenómeno. 


n 


Ahora  bien  :  con  sólo  destacar  un  determinado 
dato,  el  problema  se  empieza  a  aclarar.  El  dato, 
de  una  suma  importancia,  es  éste  que  hasta  hoy 
ha  pasado  inadvertido. 

La  zona  en  que  se  tutea  reconoce  dos  núcleos 
principales  :  el  Perú  y  México.  Ya  lo  conocía- 
mos todos,  y  bien  puntualizado  quedó  en  la  mo- 
nografía de  Henríquez  Ureña  ;  pero  nadie  le  ha- 
bía concedido  a  tan  característica  noticia  la  im- 
portancia decisiva  que  reviste. 

Y  no  se  crea  que  estamos  por  verificar  aquí  un 
determinado  predominio  étnico.  Lo  que  no  sirvió 
para  explicar  el  vos,  servirá  muy  poco  para  ex- 
plicar el  tú.  Lo  que  no  sirvió  para  los  dos  tercios 
del  continente,  tampoco  sirve  para  su  tercera 
parte.  Al  Perú  y  a  México,  tal  como  pasara  en 
lo  restante  de  América,  acudieron  españoles  de 
todas  las  provincias  de  España.  Ni  a  la  Argen- 
tina vinieron  solamente  andaluces  y  extremeños 

—  119-^ 


ARTURO      CAPDEVILA 

(le  un  habla  casi  dialectal,  ni  al  Perú  y  México 
h  ibieron  de  ir  solamente  puristas  de  Castilla. 

Entonces,  ¿cuál  es  la  deducción  inmediata  que 
ii  ^s  proponemos  sacar  de  la  mera  contemplación 
í'cl  mapa,  de  la  simple  comprobación  de  que  en 
i.ima  y  en  la  capital  azteca  se  tutea,  así  como  en 
t  xlo  el  término  de  su  respectiva  influencia  ?  Ya 
\amos  a  decirlo,  plantando  lo  mejor  que  sepamos 
nuestro  huevo  de  Colón.  Píelo  aquí  :  La  total 
preferencia  peninsular  por  el  tuteo  y  su  parcial 
adopción  americana  constituyen,  sin  disputa,  un 
¡n  smo  fenómeno  de  cultur\a.  Nada  hay  en  él  que 
sea  étnico.  Todo  es  cosa  cultural. 

Nada  más   que  esto.   Nada  menos  que  esto. 

No  es  que  se  deje  de  emplear  el  vos  en  la  pen- 
ínsula, porque  vaya  cayendo  en  desuso  como  tan- 
tas formas,  como  tantos  giros  idiomáticos.  Se  Jc 
deja  de  usar  porque  ofende.  Cierto  :  el  vos  no  se 
retira  del  lenguaje.  Bien  al  revés  :  el  lenguaje  se 
retira  de  él.  Poco  tiene  que  hacer  el  natural  tra- 
bajo del  tiempo  en  esta  obra.  Mucho,  la  delibe- 
rada voluntad.  Muchísimo,  la  simple  imposición 
del  gusto  de  los  mejores.  El  vos  va  quedando  para 
dirigirse  a  los  criados.  Después  se  le  abandona 
por  completo  a  la  plebe.  Es  un  fenómeno  con- 
céntrico de  ese  tan  grande  movimiento  cultural 
de  España  que,  por  inmerecido  mal  nombre,  se 
llama  culteranismo. 

—  120-^ 


BABEL     Y    EL    CASTELLANO 

El  paulatino  abandono  del  vos  no  es,  de  este 
modo,  un  caso  de  prepotencia  plebeya.  La  trans- 
formación se  realiza  en  las  clases  superiores,  la- 
tinizantes, renacentistas,  cultas,  y  se  impone  a 
la  masa,  desde  arriba  y  por  los  de  arriba.  Mal 
avenidos  andan  con  la  verdad  los  que  atribuyen 
a  la  hez  social,  a  esa  que  Bello  solía  llamar,  con 
espontánea  aristocracia  de  esteta,  «ínfima  ple- 
be», formaciones  y  transformaciones  lingüísticas 
que  tan  de  cerca  atañen  a  la  inteligencia.  Mal 
hacía  nue.stro  Gutiérrez  de  mostrarse  tan  seguro 
de  que  «el  uso  del  vulgo  es  la  ley  suprema  del 
lenguaje».  Bello  y  Cuervo  salvaron  al  castellano 
en  América  de  una  ruina  inminente,  solos,  ¡  y 
en  qué  tiempos  !  Hasta  Sarmiento  se  les  puso  en 
contra...  ¿Sarmiento?...  Acabemos  con  ese  chis- 
me. Sarmiento,  cualesquiera  fuesen  sus  desplan- 
tes periodísticos,  escribía  muy  buen  castellano, 
muy  castizo  y  muy  puro.  Ni  llevemos  demasiado 
lejos  nuestras  convicciones  democráticas,  en  este 
linaje  de  asuntos.  Nos  atrevemos  a  decir  que  en 
esto,  como  en  todo,  el  pueblo  gobierna...  por  me- 
dio de  sus  representantes.  Ya  puede  el  bajo  fon- 
do mascullar  lo  que  le  plazca.  No  saldrá  nunca 
de  eso  un  idioma  ;  si  siquiera  una  jerga.  En  co- 
sas del  e.spíritu  mandan  casi  siempre  los  que 
deben  mandar.  ¡  Allá  es  poco  la  desaparición  de 
una  lengua  como  la  lengua  castellana,  formada 

-121  - 


ARTURO      CAPDEVILA 

de  los  mejores  elementos  lingüísticos  de  la  tie- 
rra, en  el  trabajo  de  siglos,  para  que  dependa 
su  destino  de  dos  inmigrantes  trasnochados  de  la 
Boca  !  i  Medrados  estaríamos  !  En  cosas  del  es- 
píritu— repito — mandan  siempre — ^y  ya  no  digo 
casi — los  que  deben  mandar.  El  nacimiento  de 
una  nueva  lengua  es  un  Hecho  de  suma  trascen- 
dencia filosófica,  histórica,  científica,  artística, 
ética,  religiosa,  metafísica.  Por  eso  mismo^  no 
acontece  tal  cosa  enorme  todos  los  días,  ni  aún 
bastan  miles  de  años  para  que  acontezca.  De  igual 
modo,  la  suerte  de  una  lengua  es  una  cosa  graví- 
sima. Millares  de  presuntos  argentinismos  están 
ya  convictos  y  confesos  de  falsedad.  Dimos  en 
otro  lugar  una  buena  lista  de  argentinismos... 
leoneses.  Leyendo  ahora  El  Miajón  de  los  Cas- 
túos,  rapsodias  extremeñas  del  muy  notable  poe- 
ta regional  don  Luis  Chamizo,  doy  con  un  buen 
número  de  argentinismos...  de  Extremadura: 
arrempujar,  asina,  bicharraco,  bochinche  (en  su 
primitiva  acepción) ,  chacho  ( i  nada  menos  que  el 
Chacho!),  dir,  nacencia,  jopo,  pinitos  y  otros 
muchos.  Así  van  saliendo  los  tales  argentinis- 
mos :  todos  de  la  Península.  El  cultísimo  escri- 
tor, doctor  Cantilo,  ministro  que  era  de  la  Ar- 
gentina en  Lisboa,  decíanos  un  día  en  el  Chíado  : 
«Hoy  me  he  despedido  de  todos  estos  argentinis- 
mos :     batuque,    pichincha,     calote,    mujerengo, 


122 


BABEL     Y     EL     CASTELLANO 

petizo,  casal...  No  son  más  que  lusitanismos  co- 
rrientes de  seguro  en  Galicia...»  Y  siempre  His- 
pania,  como  diría  Unamuno  ;  siempre  Hispania. 
Ya  sabemos,  pues,  a  qué  atenernos.  El  pueblo 
argentino  ha  creado  poquísimas  palabras.  Pero, 
¿  por  qué  ?  ¿  Porque  sea  tan  difícil  crear  pala- 
bras nuevas  ?  ¿  Porque  la  Argentina  carezca  de 
cierto  genio  especial  para  crearlas?  No  por  eso, 
sino  por  estotro  :  porque  las  palabras  se  crean 
cuando  hacen  falta,  y  en  el  Ínterin,  un  pueblo 
serio  como  el  nuestro,  un  pueblo  llamado  a  muy 
grandes  quehaceres,  no  se  ocupa  de  cosas  su- 
períluas.  La  historia  misma  lo  impide.  El  pro- 
pio idioma,  el  poder  del  propio  idioma,  lo  hace 
imposible.  Porque,  de  veras  ;  aunque  tan  acos- 
tumbrados estemos  a  considerar  cualquier  idio- 
ma como  un  instrumento  del  hombre,  puede  ser 
que  sea  todo  lo  contrario...  ¿  Y  si  fuera,  en  efec- 
to, todo  lo  contrario  :  el  idioma  es  superior  or- 
ganismo y  el  hombre  un  instrumento  suyo  ?  Lo 
dicho.  Y  conste  que  no  queremos  decir  nada  fan- 
tástico. Queremos  decir  solamente  que  el  reino 
del  Espíritu  no  está  siquiera  comenzado  a  ex- 
plorar. 

En  cosas  del  idioma  mandan  casi  siempre  los 
mejores,  y  nunca  se  desvía  tanto  el  pueblo  como 
parece.  En  poco  tiempo  dominó  la  Real  Acade- 
mia Española  una  anarquía  destructora.  Neolo^ 


123 


BABEL     Y    EL     CASTELLANO 

gismos  sin  cuento,  corrientes  en  el  trato  popular, 
nacieron  y  nacen  todos  los  días  del  latín  y  del 
griego,  hijos  todos  de  la  voluntad  inteligente  sin 
la  menor  participación  de  la  plebe.  El  mundo  ha 
asistido  en  estos  tiempos  a  la  aparición  de  cen- 
tenares de  máquinas  y  cosas  nuevas.  Puede  re- 
correrse los  nombres  de  los  inventos  :  el  pueblo 
no  bautizó  ni  uno  solo.  Cerrando  nuestra  cues- 
tión en  su  primer  aspecto  :  en  España  se  tutea- 
ron los  más  cultos.  El  vos  quedó  para  los  inferio- 
res. Finalmente,  ni  los  inferiores  lo  quisieron 
para  sí.  La  voluntad  inteligeiite  había  triunfado. 


111 


He  aquí  ahora,  en  América,  la  contraprueba 
inmediata  ante  la  mera  contemplación  del  mapa, 
ante  la<  simple  comprobación  de  que  Lima  y  Mé- 
xico fueron  los  centros  de  mayor  cultura  colonial 
y  fueron  y  son  los  mayores  núcleos  de  predominio 
y  expansión  del  tú. 

En  obra  tal  como  la  Antología  de  poetas  hispa- 
noamericanos— ^antología  anotada  que,  por  encar- 
go de  la  Real  Academia  Española,  ordenara  y 
escoliara  Menéndez  y  Pelayo — cuadro  por  exce- 
lencia de  la  cultura  general  de  la  colonia,  es  donde 
mejor  se  ve  cuánta  fué  la  distancia  que  medió  en- 
tre aquellos  nobles  emporios  y  lo  restante  de 
América. 

El  virreinato  de  Nueva  España  fué — para  de- 
cirlo con  palabras  del  ilustre  escoliasta  del  florile- 
gio— «como  la  parte  predilecta  y  más  cuidada  de 
nuestro  imperio  colonial  y  aquella  donde  la  cul- 
tura española  echó  más  hondas  raíces».  Allí,  en 


Á  n  T  U  fío      CAPDEVILA 

México,  el  primer  instituto  de  enseñanza  ;  allí,  la 
primera  imprenta  ;  allí,  la  primera  Universidad. 
Allí,  Bernardo  de  Valbuena,  ciertamente  grande. 
Allí,  al  favor  de  una  iglesia  fastuosa  y  amante 
de  la  retórica,  autos  sacramentales  en  toda  con- 
memoración. Corría  el  siglo  xvi  y  ya  hubo  virrey 
en  México.  El  virrey  y  la  Audiencia  inauguraban, 
en  1553,  los  estudios  universitarios  en  pomposa 
ceremonia.  Allí,  desde  entonces,  los  humanistas 
que  escriben  versos  en  latín  y  no  se  desdeñan  de 
hacerlos  en  castellano,  al  ritmo  y  gusto  de  la 
corte,  lejana,  pero  nunca  ausente,  ni  en  las  cos- 
tumbres ni  en  las  predilecciones.  Tanto  verso  se 
escribe  que  hasta  trescientos  poetas — j  cómo  se- 
rían ! — se  llegaron  a  presentar  a  un  certamen  de 
1585...  No  importa.  Eso  no  es  poesía,  pero  es 
cultura.  México  es  siempre  un  eco  vivo  de  Es- 
paña. De  esta  suerte,  apenas  cunden  por  España 
el  culteranismo  y  el  conceptismo,  ambos  se  acli- 
matan en  México.  Es  justamente  la  época  en  que 
el  vos  se  destierra  de  la  conversación  y  prima 
el  tú,  pues  ¿cómo  en  un  medio  como  ese  había 
de  soportarse  una  expresión  mal  sonante?  Gón- 
gora  será  comentado  desde  la  cátedra,  y  en  el  cole- 
gio de  la  Compañía  de  Jesús,  ya  por  aclarar  «los 
oscuros  lugares»,  ya  por  desatar  alas  más  intrin- 
cadas dudas»,  s.e  recitarán  las  Soledades  y  el  Po- 
li femó. 


ÉABÉL     Y    EL     CASTELLANO 

f       r 

Rico,  próspero,  alegre,  culto,  México  vive  de 
fiesta  : 

Fiestas  y  ^comedias  nuevas  cada  dia... 

Y  por  esto  y  por  todo,  Valbuena  lleva  razón 
cuando  dice  : 

Es  ciudad  de  notable  policía 

y  donde  se  habla  el  español  lenguMije 

más  puro  y  con  mayor  cortesanía. 


Tampoco  había  de  persistir  el  hiriente  voseo, 
ya  desterrado  de  la  corte,  en  la  Lima  virreinal. 
Aquí  también  se  vio,  desde  temprano,  virrey  y 
fastuosa  Audiencia.  Aquí  también  lucieron  inge- 
nios hispánicos  de  muy  limpias  letras.  Aquí,  si  no 
las  justas  literarias,  al  menos  las  tertulias  amenas 
fueron  el  ámbito  natural  de  la  gracia  poética.  Muy 
culta  era  la  mujer  en  Lima,  y  muchas  de  ellas 
poetisas  : 

Y  aun  yo  conozco  en  el  Perú  tres  damas 
que  han  dado  en  poesía  heroicas  muestras. 

La  propia  institución  del  Santo  Oficio  limeño 
está  acabándonos  de  probar  cuánto  ,^ra  el  entu- 
siasmo que  en  la  ciudad  peruana  despertaban  las 

-  127  ^' 


ARTURO      C  A  P  U  E  V I L  A 

ideas  nuevas  ;  esto  es,  la  cultura  activa  del  mun- 
do. Porque,  a  decir  verdad,  nadie  .llegó  nunca  a 
hereje  «convicto  y  formal»  ni  aa  miembro  podrido 
de  la  religión»  sin  leer  antes  muciio  texto  de  ñlo- 
sofía  en  las  primeras  fuentes  y  al  primer  albor 
de  la  naciente  enciclopedia... 

Colombia,  en  cambio,  a  mitad  de  distancia  entre 
México  y  el  Perú,  ha  sido  y  es  todavía  hoy  un 
campo  de  batalla  donde  la  victoria  está  indecisa. 
Allí  mucha  gente  culta  dice  de  vos,  y  no  falta  en 
el  bajo  pueblo  quien  diga  de  tú.  Contaba  precisa- 
mente Sanín  Cano,  con  incomparable,  gracia,  una 
sabrosísima  anécdota  que  ilustra  el  caso  :  aquella 
del  mozo  de  cordel  de  Barranquiila  y  del  viejo  bo- 
gotano. Contaba,  pues,  que  había  en  Barranquilla 
un  negro,  mozo  de  cuerda,  el  cual,  en  habiendo 
redondeado  su  jornal,  se  daba  más  aires  que  un 
príncipe  y  se  creía  más  blanco  que  el  lucero  del 
alba.  Y  sucedió  que  con  este  propio  negro  le  tocó 
habérselas  a  un  pasajero  bogotano  de  los  que  dicen 
de  vos  exactamente  como  en  Buenos  Aires. 

Y  el  bogotano,  que  acababa  de  desembarcar,  le 
dijo  al  negro : 

— ^A  ver,  vos,  llévame  estas  valijas. 

A  lo  que  el  negro  contestó,  herido  en  su  digni- 
dad, no  tanto  por  la  brusca  orden  cuanto  por  el 
voseo  del  otro  : 

— Y  ¿  por  qué  no  te  las  llevas  tú  ? 


BABEL     Y    EL     CASTELLANO 

Pero  si  el  negro  de  esta  anécdota  se  ofendía 
con  el  vos,  no  falta  en  Colombia  quien  se  ofenda 
con  el  tá.  Y  así  trae  Cuervo,  en  sus  Apuntaciones, 
esta  frase  de  enojo  de  uno  que  no  lo  sufría  : 

—  ¡  Más  ti  serás  ti ! 


En  suma  :  México  y  Lima  fuerou  y  son  las 
grandes  metrópolis  del  tú  y  los  mayores  centros 
de  su  expansión.  La  causa  queda  averiguada.  En 
Lima  y  en  México,  tal  como  ocurriera  en  Es- 
paña, la  adopción  del  tú  fué  un  fenómeno  de  cul- 
tura y  buena  crianza,  al  paso  que  en  lo  restante 
de  América  el  triunfo  del  voseo  en  las  masas  po- 
pularas no  fué  sino  una  imposición  del  general 
atraso.  Y  tanto  fué  cosa  de  cultura  el  tutearse 
y  tanto  lo  sigue  siendo,  que  aun  allí  donde  pre- 
pondera el  voseo,  como  en  la  Argentina,  la  gente 
de  mayor  alcurnia  intelectual  dice  de  tú  cuando 
los  otros  emplearían  el  vos^  y  lo  propio  acontece 
en  todas  las  otras  zonas  infectas  por  el  voseo  en 
América, 

¿  Un  ejemplo  ?  Monner  Sans  nos  le  ofrece  :  «En 
casa  de  Mitre  no  entró  nunca  el  vosn...^  pues 
i  cómo  había  de  entrar  cosa  tan  sucia  en  tan  lim- 
pia casa ! 


VIII.    EL   IDIOMA    EN  LA 
ARGENTINA 


La  herencia  que  aconsejo  a  los  argen- 
tinos conservar  con  respeto  religioso  es 
ta  de  la  lengua,  que.  es  la  tradición  viva 
de  la  raza... 

I\o  existe  tal  (íidioma  argentino))  en 
formación... 

Si  tienej  al  contrario,  un  rasgo  evi- 
dente y  plausible  nuestra  presente  pro- 
ducción a  reproducción  literaria,  es  el 
de  un  esfuerzo  hacia  la  propiedad  del 
lenguaje,  es  decir,  hacia  el  español  cas- 
tizo. 

Paul  Groussac.   (Anales,  año  de 
1900,  I.  412.) 


¡Andad  con  cuidado!  Y  portaos  bien.  Y  sed 
buenos  y  aplicados.  Y  que  el  maestro  no  os  re- 
prenda. Y  que  no  os  retardéis  en  el  camino... 

Nada  de  esto  se  oirá  en  América.  No  hay  en 
toda  la  extensión  de  América  hispánica  una  sola 
abuela  criolla  que  despida  a  sus  nietecitos  como 
lo  hacísC  esa  de  Castilla  que  oí  yo  en  Toledo  des- 
pidiendo a  los  suyos  con  aquellas  palabras. 

Pues  en  estos  países*"  del  vos  y  del  voseo  hay 
todavía  una  rareza  que  apuntar.  Aunque  se  usa 
y  abusa  del  vos,  no  se  conoce  su  plural  manifies- 
to :  vosotros.  Este  se  queda  exclusivo  para  los 
discursos  de  alguna  solemnidad.  Mas  suele  aún  a 
veces  darse  el  ^grotesco  caso  (a  lo  menos,  en  la 
Argentina)  de  que  en  ellos  se  emplee  revuelto  con 
el  pronombre  vocativo  ustedes,  en  el  más  desven- 
turado batiburrillo.  Figurones  literarios  hay  en 
la  Argentina  que  ignoran  este  elemental  principio 
de  coherencia  verbal,  según  el  cual  lo  que  empezó 

—  133  — 


ARTURO      C  A  P  D  E  V 1 L  A 

en  tratamiento  de  vosotros  debe  seguir  en  vosotros 
y  en  ustedes  lo  que  empezó  en  el  de  ustedes. 

I Y  eso  que  no  falta  policía  en  la  ciudad  de 
nuestras  letras  !  Un  ingeniosísimo  y  muy  sagaz  y 
muy  culto  espíritu — hablo  de  D.  Francisco  Ortiga 
Anckermann — ejerce  desde  una  difundida  revista 
un  poder  discrecional,  y  no  faltan  todavía,  según 
he  de  juzgar  por  las  denuncias,  instancias  y  ape- 
laciones que  suelen  llegar  hasta  mi  propia  mesa, 
inquisidores  voluntarios  ardiendo  en  ansias  de  un 
buen  auto  de  fe  con  tanto  hereje... 

El  plural  de  vos,  en  la  Argentina  que  vosea, 
como  el  tú,  en  la  que  tutea,  es  igualmente  uste- 
des. El  vosotros  se  perdió  en  el  océano  o  se  disipó 
en  las  pampas,  y  ello  fué  precisamente  porque 
viniendo  las  barcas  de  Barcelona  o  de  Cádiz  no 
lo  cargaron  en  mucha  abundancia,  como  que  An- 
dalucía y  Cataluña  son  regiones  reacias  a  todo  otro 
plural  que  no  sea  el  de  ustedes. 

No  es  otro,  por  lo  demás,  el  tratamiento  que 
por  aquí  se  da  a  los  canes  apenas  son  muchos, 
según  ya  ha  sido  notado  risueñamente  por  el  pen- 
insular : 

—  \  Salgan  de  aquil  ¡  Vayanse  \  \  Salgan,  pues, 
perros  del  diablo  ! 

Con  lo  que  en  toda  la  redondez  planetaria  no 
habrá  perros  mejor  considerados  que  los  nuestros. 
Se  les  reprende,  es  cierto,  y  se  les  bota  por  algu- 

—  184  — 


BABEL     Y     EL     CASTELLANO     , 

na  ocasión  ;  pero  ¡  con  cuánta  cortesía  !  Ustedes... 
Esto  es,  vuestras  mercedes... 

Pero  ¿  nunca  corrió  el  tratamiento  de  vosotros 
en  la  Argentina? 

Ha  quedado  recuerdo  de  que  cuando  Ventura 
de  la  Vega,  muy  niño,  fué  conducido  a  España, 
daba  estas  voces  por  las  calles  portenas  : 

— \  Favor  \  \  Favor  \  ¡Salvad  a  un  ciudadano 
indefenso  ! 

Mas  siendo  como  es  constancia  hispánica  la  que 
digo  (Conde  de  Cheste,  Memorias  de  la  Real  Aca- 
demia)^ ponemos  en  duda  que  aquel  Ventura  sin 
ventura,  como  lo  llamaba  su  tía,  dijera  salvad 
y  no  salven. 

Sin  embargo,  en  'Amalia,  José  Mármol  hace 
hablar  de  este  modo  a  su  héroe  : 

«Bárbaros — dice  Eduardo — ,  no  conseguiréis 
llevarle  mi  cabeza  a  vuestro  amo  sin  antes  haber 
hecho  pedazos  mi  cuerpo.» 

De  igual  modo,  en  El  Matadero,  esa  tan  vivien- 
te página  de  Esteban  íícheverría,  el  salvaje  uni- 
tario a  quien  van  a  degollar  los  sayones  de  Rosas, 
dialoga  de  este  modo  con  el  juez  y  los  sicarios  : 

— ¿  Por  qué  no  traes  divisa  ? 

— Porque  no  quiero. 

— ¿  No  sabes  que  lo  manda  el  Restaurador7 

— La  librea  es  para  vosotros^  esclavos,  no  para 
hombres  libres. 


135 


ARTURO      CAPDEVILA 

— A  los  libres  se  les  hace  llevar  a  la  fuerza. 

— Sí.  La  fuerza  y  la  violencia  bestial.  Esas  son 
vuestras  armas  infames... 

Y  después  : 

— ¿Por  qué  no  llevas  luto  en  el  sombrero  por 
la  heroína? 

— Porque  lo  llevo  en  el  corazón  por  la  Patria, 
por  la  Patria  que  vosotros  habéis  asesinado... 

Pero,  con  esto  y  más,  siempre  nos  quedará  la 
duda  y  la  malicia  de  si  en  ambos  ejemplos  y  en 
otros  que  se  podrían  citar  no  hay  solamente  lite- 
ratura... 

De  esta  suerte,  este  lindísimo  vosotros  familiar, 
gracioso  y  noble,  que  tanto  suena  y  tan  bien  por 
casi  toda  España,  ha  venido  a  ser  en  la  Argen- 
tina y  lo  restante  de  América  mero  tratamiento  de 
oratoria,  y  apenas  si  empieza  a  ocupar  algún  sitio 
en  el  buen  lenguaje  epistolar.  Dolámonos  de  esta 
ausencia.  La  intimidad  del  hogar  y  el  corro  de 
la  genuina  amistad  han  perdido  sus  más  propios 
y  fervorosos  elementos  de  expresión.  Ustedes  :  he 
ahí  un  vocativo  frío,  todo  convencional,  todo  ter- 
cera persona...  Vosotros  :  he  ahí  la  vida  misma 
de  la  pasión  y  la  sinceridad. 


II 


Pero  la  verdadera  mancha  deí  lenguaje  argenti- 
no es  el  voseo.  La  frase  ríoplatense  está  como 
salpicada  de  viruelas  con  esa  ignominiosa  fealdad. 
Es  de  veras  extraño  que  un  pueblo  tan  hermosa- 
mente orgulloso  de  su  personalidad  como  el  nues- 
tro haya  venido  a  singularizarse  con  tan  calami- 
toso rasgo.  Porque,  ¡ay!,  es  demasiado  pintores- 
co el  voseo  argentino  para  fundar  en  él  una  satis- 
facción patriótica...  Ese  mazacote  del  pronom- 
bre vos  entreverado  con  los  enclíticos  y  posesivos 
del  tú  {Cállate  vos...  Venite  aquí  con  tu  libro.., 
A  vos  te  hablo...  Ite,  que  me  incomodas...)  cons- 
tituye de  por  sí  un  atentado  contra  la  lógica.  Ni 
habla  bien  el  que  piensa  mal  ni  piensa  bien  el 
que  mal  habla.  Hablar  así  es  verdaderamente  una 
caída  en  el  caos.  El  pensamiento  no  puede  salir 
incólume,  a  la  postre.  Dejar  de  hablar  así  es,  al 
contrarío,  una  adquisición  luminosa.  Bien  lo  sé 
yo.  Cuando  por  el  cariño  de  una  venerada  me- 

—  137  — 


ARTURO      CAPDEVILA 

moría  yo  adopté  el  tú,  siendo  todavía  muchacho, 
sentí  como  que  se  aclaraba  mi  espíritu.  Las  ideas 
cobraban  con  esto  solo  una  mayor  cohesión.  El 
pensamiento  se  fortalecía  y  se  limpiaba.  Calíate 
vos...  Venite  aquí  con  tu  libro...  A  vos  te  hablo... 
Ite,  que  me  incomodas...,  vinieron  a  ser  fór- 
mulas insensatas,  ya  que  para  siempre  inaguan- 
tables. Me  aveilgonzaba  de  haber  podido  hablar 
así  alguna  vez,  como  hoy  me  avergüenza  oír  ha- 
blar de  ese  modo  a  mis  compatriotas. 

Cosa  rara.  Si  por  no  caer  en  plebeya  ruindad  la 
gente  culta  de  España  hubo  de  rechazar  el  vo- 
seo, aquel  voseo  tan  sonoro  de  los  clásicos,  ¿  cómo 
es  que  hubimos  de  conservarlo  en  nuestra  Ar- 
gentina, mezclado  a  la  más  desatinada  conjuga- 
ción que  se  conozca?  El  nuestro  fué  pueblo  po- 
bre ;  pueblo  de  pastores  en  que  hasta  los  amos 
tenían  algo  de  pastor.  Viejos  nombres  que  ahora 
mismo  damos  a  prendas  nuevas  del  indumento 
denotan  que  las  modas  se  demoraban  mucho  en 
llegar  por  aquí.  Por  eso  llamamos  media  al  cal- 
cetín, pollera  a  la  falda,  saco  a  la  americana.  El 
voseo — ese  arcaísmo —  es  una  antigualla  parecida, 
que  de  puro  pobres  no  supimos  sustituir  a  tiempo. 

Fuera  de  esto,  ¿  cómo  hablaba  en  nuestra  Amé- 
rica Fernández  de  Oviedo,  por  ejemplo?  Pues  ve- 
réis :  «Martín  de  Muza,  dicho  me  han  que  os 
quejáis  de  mí  e  no  tenes  razón.  Por  vuestra  vida, 

—  1S8  — 


BABEL     Y     EL     CASTELLANO 

que  no  murmures  de  mí.»  Donde  vemos  un  tenes 
y  un  murmures  de  todo  punto  ríoplatenses.  Y 
peor  que  él  hablaría  de  seguro  la  masa  de  los  con- 
quistadores. Por  otra  parte,  podemos  convencer- 
nos de  que  hay  una  época  en  que  las  formas  sin- 
gulales  del  tú  y  los  plurales  del  vos  se  compe- 
netran a  causa  de  la  coexistencia  de  ambos  tra- 
tamientos. Hemos  hallado,  nada  menos  que  en 
Covarrubias,  este  gazapo  de  conjugación  :  «Aco- 
modándonos con  el  uso  de  la  lengua  latina,  deci- 
mos tú  al  mismo  Dios  y  Señor  nuestro,  dizen- 
do :  Tú,  Señor,  aved  piedad  de  mí...»  Esto 
por  1610. 

Tuvimos  todos  los  riesgos  de  la  incultura  y 
muy  escasas  defensas  de  la  inteligencia.  Añáda- 
se esta  afirmación  de  Bello,  cuyo  leal  españolis- 
mo no  ha  de  ponerse  en  problema  :  «Y  aunque 
sea  ruboroso  decirlo,  es  necesario  confesar  que  en 
la  generalidad  de  los  habitantes  de  América  no 
se  encontraban  cinco  personas  en  el  ciento  que 
poseyesen  gramaticalmente  su  propia  lengua,  y 
apenas  una  que  la  escribiese  correctamente.» 
Cierto,  cierto.  Era  América,  para  el  pensamien- 
to, como  una  inmensa  zona  negra,  desde  el  es- 
trecho de  Magallanes  hasta  el  último  límite  Nor- 
te. Y  bien  que  pronto  resplandecieran  dos  pode- 
rosos faros  de  civilización,  honor  de  la  Colonia 
(México  y  el  Perú),  era  el  resto  un  solo  tenebro- 

—  1S9  -- 


ARTURO      CAPDEVILA 

so  desierto  donde  muy  débilmente  clareaba  al- 
gún eml)rión  de  ciudad,  y  en  el  caserío,  alguna 
primera  escuela  de  frailes.  De  consiguiente,  en 
todo  lo  negro  del  mapa  se  decía  de  vos,  salvo  en 
el  Perú  y  México,  donde,  por  la  obra  de  una  ma- 
yor cultura,  se  hablaba  de  tú  por  tú.  ¡Y  bien 
que  era  negra  la  extensión  argentina,  sin  otras 
luces  que  aquellas,  muy  pocas,  de  la  naciente  Uni- 
versidad de  Córdoba !  Casi  en  las  vísperas  de  la 
revolución  hubo,  por  fin,  un  Vértiz  progresista 
en  Buenos  Aires.  Y  todavía  quiso  nuestro  desti- 
no que  recién  iniciada  la  ímproba  labor  cultural 
de  los  prohombres  de  Mayo,  obras  y  proyectos 
fuesen  desbaratados  por  Rosas.  Todo  el  Buenos 
Aires  culto  de  1810  decía  de  tú;  todo  Córdoba 
también.  Mas,  venido  que  fué  el  tirano,  se  retor- 
nó al  voseo.  Que  también  hubo  de  parecer  el  vo- 
seo una  adecuada  forma  de  adulación  y  bajeza 
federal.  ¡  Victoria  oscura  de  la  barbarie  sobre  la 
cobardía  ! 

Después,  ¿cómo  ignorarlo?  Aluviones  huma- 
nos de  Italia,  de  Rusia,  o  de  regiones  dialectales 
de  la  propia  España,  y  gentes  de  todas  las  par- 
tes del  mundo,  engrosaron  de  pronto  la  pobla- 
ción del  país.  En  poco  tiempo,  muchas  familias 
de  esas  pasaron  de  los  rudos  ajetreos  de  la  po- 
breza y  el  trabajo  a  los  tranquilos  afanes  de  la 
prosperidad  y  el  lujo.  Mas  si  la  bolsa  creció  tan 

--  140  -- 


BABEL     Y    EL    CASTELLANO 

de  súbito,  no  lograron  tan  rápidamente  enrique- 
cer el  espíritu.  Bien  se  echa  de  ver  en  su  len- 
guaje, no  siempre  de  irreprochable  dicción  ni  de 
muy  refinado  léxico.  El  voseo  tuvo  así  los  pres- 
tigios de  la  gente  acomodada  ;  abuelos  que  lo 
aprendieron  en  la  calle,  dejáronlo  en  herencia  a 
sus  nietos,  y  de  este  modo,  a  los  falaces  res- 
plandores del  oro,  vino  a  parecer  de  buen  tono 
esa  viruela  del  idioma  como  de  nuevo  la  quere- 
mos llamar. 

Pero  si  el  tal  voseo  puede  llegar  a  pacecer  una 
graciosa  extravagancia  ni  comporta  una  honra 
para  el  país,  ni  en  modo  alguno  ha  de  tomársele 
como  una  enfermedad  incurable.  Y  aquí  diré 
con  Bello  que  «la  Gramática  de  una  lengua  es 
el  arte  de  hablarla  correctamente,  esto  es,  con- 
forme al  buen  uso  que  es  el  de  la  gente  edu- 
cada». Y  pondré  en  apoyo  sus  propias  razones  : 
a  saber  :  que  «se  prefiere  este  uso  porque  es  el 
más  uniforme  en  las  varias  provincias  y  pueblos 
que  hablan  una  misma  lengua,  y  por  lo  tanto,  el 
que  hace  que  más  fácil  y  generalmente  se  en- 
tienda lo  que  se  dice  :  al  paso  que  las  palabras  y 
frases  propias  de  la  gente  ignorante  varían  mu- 
cho de  unos  pueblos  y  provincias  a  otros,  y  no 
son  fácilmente  entendidas  fuera  de  aquel  ¡estre- 
cho recinto  en  que  las  usa  el  vulgo». 

De  esta  suerte,  no  es  ni  ha  sido  nunca  en  la 


A  n  T  U  RO      CAPDEVJLA 

Argentina,  que  el  amo  diga  de  vo's  porque  se  lo 
oiga  al  criado  y  al  mozo  de  cuerda.  A  este  res- 
pecto es  falsísima  la  doctrina  del  pueblo  sobe- 
rano. Pasa  todo  lo  contrario  de  lo  que  se  cree. 
Podemos  ser  muy  buenos  republicanos  y  recono- 
cerlo. Tengo  el  coraje  de  ir  contra  el  más  fre- 
cuente y  respetado  de  los  lugares  comunes.  Es 
una  gran  mentira  la  soberanía  del  pueblo  en  las 
cosas  del  espíritu.  Otra  soberanía  no  hay  que  la 
muy  incontrarrestable  de  la  inteligencia  avizora. 
Hay  que  acabar  con  esa  patraña  de  que  el  pue- 
blo legisla  en  materia  tan  metafísica  y  abstracta 
como  es  la  vida  de  un  idioma.  En  nuestra  Ar- 
gentina, la  chusma  no  ha  querido  otra  cosa  que 
formar  una  lengua  :  no  ha  podido.  El  espíritu 
está  mucho  más  alerta  y  es  mucho  más  poderoso 
de  lo  que  nadie  se  imagina.  ¿O  es  mera  casua- 
lidad que  Lebrija  publique  su  Arte  de  la  lengua 
castellana  el  mismo  año  del  descubrimiento  de 
América?  Yo  digo  que  no.  Yo  digo  que  el  ge- 
nio de  un  gran  idioma  vive  positivamente  des- 
pierto. Por  lo  demás  la  victoria  del  castellano  es 
un  triunfo  visible  del  espíritu,  desde  el  Poema 
del  Cid  a  nuestros  días,  Allí  nace,  en  el  Poema, 
y  Alfonso  el  Sabio,  por  sí  y  ante  sí,  le  da  pre- 
eminencia sobre  todas  las  otras  lenguas  rivales. 
Bien  se  ha  dicho  de  este  rey  :  «E  cuanto  al  len- 
guaje enderezóle  él  por  sí.»  ¿Y  no  hizo  esto  mis- 

—  Í48  — 


BABEL     Y    EL     CASTELLANO 

mo  con  la  reforma  ortográfica — enderezarla  ella 
por  sí — la  Real  Academia  Española?  ¿Y  acaso 
vemos  disminuir  su  autoridad?  Yo  no  conozco 
sanción  ninguna  del  ilustre  Cuerpo  que  no  aca- 
be por  ser  consentida  dentro  y  fuera  de  España. 
Obra  todo  de  la  inteligencia.  Como  fué  obra  de 
la  inteligencia  curar  a  Chile  del  horrible  voseo. 
Y  siempre  así  :  siempre  la  inteligencia  triunfa- 
dora sobre  y  contra  el  populacho. 

El  criado  dice  de  vos  porque  se  lo  oye  al  amo, 
y  dirá  de  íw  cuando  al  amo  se  lo  oiga.  La  cultu- 
ra comienza  por  los  de  arriba,  se  quiera  o  no. 
El  día  en  que  la  mayoría  de  los  hombres  cultos 
se  traten  de  tú  en  la  Argentina  (y  ese  día  ven- 
drá), el  horrible  voseo  ríoplatense  no  será  sino 
una  curiosidad  del  pasado  y  una  ignominia  más 
de  los  tiempos  de  Rosas. 

Y  tanto  más  breve  será  la  evolución  cuanto 
más  decididamente  quieran  servirla  los  españo- 
les de  la  Argentina,  los  cuales  nos  prestarían  in- 
apreciable favor,  realizando  de  paso  un  acto  de 
amor  a  España,  con  sólo  hablar  su  idioma  de  la 
mejor  manera.  Pero  escatiman  el  amor  y  rega- 
tean el  servicio.  Pues  no  han  acabado  de  des- 
embarcar en  Buenos  Aires,  cuando  ya  se  aplican 
al  voseo,  como  si  éste  fuera  su  salvoconducto  y 
pasaporte. 

No.  Que  ni  propios  ni  extraños,  y  m^nos  aún 


143 


A  li  r  i'  n  o    c  A  p  D  k  v  1 1  A 

los  hijos  de  España,  rebajen  o  comprometan  en 
la  Argentina  la  inmensa  riqueza  espiritual  del 
magnífico  idioma.  Probablemente  ni  todo  el  trigo, 
ni  todo  el  maíz,  ni  toda  la  cebada,  ni  todo  el  al- 
godón, ni  todo  el  ganado,  ni  todos  los  minerales 
juntos  de  la  Argentina,  valgan  para  ella  ni  la 
décima  parte  de  lo  que  vale  su  idioma  :  riqueza 
grande,  riqueza  espiritual,  histórica  y  moral, 
como  las  mayores  que  en  los  siglos  hayan  apa- 
rejado las  almas  sobre  la  tierra. 


III 


De  otra  particularidad  tengo  que  hacerme  car- 
go, y  es  de  ésta  :  la  locución  afirmativa  haber 
de...  se  toma  en  un  sentido  dubitativo.  El  senti- 
do de  esta  expresión  verbal  clarísima  ha  sido, 
pues,  trastocado. 

En  efecto,  cuando  un  argentino  dice  que  hubo 
de  viajar  sl  Europa,  quiere  significar  que  habien- 
do estado  a  punto  de  hacerlo,  no  lo  hizo,  Tal  el 
lenguaje  corriente.  H^aber  de...  esto  o  aquello  ma- 
nifiesta, pues,  en  el  cotidiano  uso,  un  conato  de 
acción  ;  por  eso  siempre  se  añade  la  conjunción 
adversativa  pero  con  que  se  expresa  en  qué  con- 
sistió el  impedimento.  Nada  más  fuera  de  razón. 

Mientras  tanto,  los  mejores  hablistas  hispanos 
y  nuestros  más  notables  escritores,  emplean  di- 
cha forma  auxiliar  del  verbo  haber,  en  un  sen- 
tido completamente  opuesto.  Hube  de  viajar  a 
Europa  significa  para  ellos  que  el  viaje  se  reali- 
zó ;  con  esto  de  particular  :  que  fué  necesario  ha- 

—  14Í — 

10 


ARTURO      C  A  P  Ú  E  V  1  L  Á 

cerlo.  Haber  de  hacer  algo  es  entonces  como  te- 
ner que  hacer  ;  denota  siempre  un  hecho  con- 
cluido. 

He  de  ilustrarlo  con  algunas  citas.  Paúl  Grous- 
sac,  en  su  semblanza  de  Goyena  (capítulo  I)  es- 
cribe :  «...  donde  le  mostré...  el  principio  de  un 
estudio  sobre  Espronceda,  violenta  erupción  de 
romanticismo  que  hubo  de  agradar  a  mi  poco  se- 
vero Aristarco,  pues  traducido  y  terminado  a  ins- 
tancias suyas...  apareció  en  la  Revista  Argenti- 
na. Se  ve  allí  que  al  poco  severo  Aristarco  le 
agradó  de  veras — como  era  lo  justo — la  página  de 
tan  admirable  escritor.  '(La  Nación,  2  de  diciem- 
bre de  1916.) 

Véanse  ahora  estos  dos  lugares  de  Lugones 
que  tomo  de  la  Lluvia  de  fuego,  el  patético  cuen- 
to de  Las  fuerzas  extrañas  : 

«Mis  pájaros  comenzaban  a  morir  de  sed,  y 
hube  de  bajar  hasta  el  aljibe...  Bastóme  levantar 
las  trampillas  de  mosaico...»  Por  donde  se  ad- 
vierte que  la  acción  se  concluyó.  «De  repente  no- 
tamos una  polvareda  hacia  el  lado  del  desierto... 
Alguna  partida  que  enviaban  quizá  en  socorro  los 
compatriotas  de  Adama  o  de  Seboim,  Pronto  hu- 
bimos  de  substituir  esta  esperanza  por  un  espec- 
táculo tan  desolador  como  peligroso.  Era  un  tro- 
pel de  leones...»  Acción  acabada,  como  está  claro. 

Citaré   todavía     dos     renglones     de     Valle-In- 


146 


BABEL     Y    EL     CASTELLANO 

clan,  traduciendo  a  E^a  de  Queiroz  :  aEn,la  pri- 
mera semana  de  noviembre  comenzó  a  llover.  El 
abad  hubo  Be  suspender  sus  visitas  a  la  Ricosa». 
(El  crimen  del  padre  Amaro.) 

He  dicho  arriba  que  los  escritores  más  clási- 
cos están  de  acuerdo  en  este  empleo.  Me  basta- 
rá citar  para  probarlo  a  Quevedo,  el  más  puris- 
ta de  todos,  y  al  Romancero  del  Cid. 

«Déme  los  asadores,  que  no  los  quiero  sino  para 
esgrimir...  En  fin,  los  asadores  estaban  ocupa- 
dos, y  hubimos  de  tomar  dos  cucharones.  No  se 
ha  visto  cosa  tan  digna  de  risa  en  el  mundo...» 
{Vida  del  Buscón,  capítulo  VIII.)  . 

«Y  movido  de  compasión  me  apeé  :  y  como  él 
no  podía  sacar  las  calzas,  húbele  yo  de  subir,  y 
espantóme  lo  que  descubrí  en  el  tocamiento.» 
(ídem,  capítulo  XII.) 

El  Romancero  del  Cid  nos  da  un  excelente 
ejemplo.  Se  notará  cómo  la  expresión  que  se  es- 
tudia, no  sólo  se  refiere  a  acción  concluida,  sino 
que  envuelve  una  idea  de  necesidad. 


Otro  día  de  mañana 
cabalgan  Sancho  y  Bellido, 
juntos  van  a  ver  la  cerca, 
solos  a  ver  el  postigo. 


—  147  — 


ARTURO      C  A  P  iJ  E  V  1  L  Á 

Desque  el  rey  lo  ha  rodeado 

saliérase  cabe  el  río, 

do  se  hubo  de  apear 

por  necesidaS  que   ha  habido... 

Igual  empleo  hace,  invariablemente,  el  general 
Mitre,  y  ello  a  mi  ver  cobra  una  importancia 
grande  por  cuanto  se  trata  ya  de  la  palabra  de  un 
historiador.  Si  toda  palabra  debe  ser  justa  y  pre- 
cisa, con  mayor  causa  ha  de  serlo  la  que  cons- 
truye la  historia,  que  quiere  ser  la  exactitud 
misma. 

Tomaré  dos  ejemplos  del  capítulo  XIV  de  la 
Historia  de  San  Martin.  Allí  dice  :  «...  tomaron 
la  vanguardia  y  picaron  la  retirada  de  los  realis- 
tas, sosteniendo  un  fuerte  tiroteo  ;  pero  lo  esca- 
broso del  terreno  no  permitía  a  la  caballería  ma- 
niobrar con  ventaja,  y  su  avance  hubo  de  ser 
lento,  de  manera  que  sólo  pudo  lleigar  a  la  boca 
de  la  quebrada  a  eso  de  las  diez  de  la  mañana...» 
Y  en  otro  sitio  :  «A  pesar  de  esto  hicieron  tena- 
ces esfuerzos...,  pero  no  pudiendo  salvar  el  per- 
fil de  la  barranca...  hubieron  de  retroceder  en 
desorden.  (Pa^gs.  221  y  224,  biblioteca  de  La  Na- 
ción.) Huelga  añadir — tan  claro  es  el  texto — que 
en  ninguno  de  esos  casos  se  trató  de  un  conato 
de  acción,  ni  hubiera  habido  para  qué  mencionar- 
lo, sino  de  acciones  concluidas. 

—  148  — 


ly. 


Bien.  A  poco  que  se  analice  dicha  forma  ver- 
bal resulta  evidente  su  carácter  de  afirmación. 
El  verbo  haber,  aunque  los  gramáticos  no  lo  di- 
gan, es  sustantivo  por  excelencia  ;  nada  niega  en 
él  ;  constituye  una  plenitud  de  ser  ;  comprende, 
en  su  infinita  substancia,  la  totalidad  de  la  vida. 
Haber  refiérese  a  todo  lo  que  el  hombre  es  capaz 
de  tener  en  su  alma. 

Por  eso  en  francés  avoir  significa  al  propio 
tiempo  haber  y  tener.  Nuestro  idioma,  más  rico 
en  esto,  le  da  a  tener  una  envoltura  material,  un 
dominio  de  lo  tangible.  Haber  preséntase  más 
espiritual,  más  vago,  casi  inasible,  con  una  ín- 
tima tendencia  a  la  abstracción.  Haber  es  más  del 
alma  que  tener.  Por  esto  mismo  es  más  afirma- 
tivo, si  cabe,  que  el  otro  ;  pues  las  supremas  rea- 
lidades están  corazón  adentro,  en  nue^stra  más 
metafísica  intimidad.  ¿  Cómo,  entonces,  sería  el 
verbo  haber  un  elemento  de  negación,  o  siquiera 

—  149  — 


ARTURO      C  A  P  D  R  V  I  L  A 

de  duda?  Haber,  repito,  comprende  la  totalidad 
de  la  vida. 

El  otro  verbo,  complementario  de  la  locución, 
es  siempre  un  infinitivo,  como  se  ha  visto  :  hubo 
de  agradar f  hubo  de  bajar,  hubimos  de  substituir, 
hube  de  suspender,  húbele  de  subir.  Y  un  infi- 
nitivo muestra  también  plenitud  de  acción,  no 
circunscripta  ni  a  persona,  ni  a  espacio,  ni  a 
tiempo,  l  Podrá  ser  el  infinitivo,  entonces,  el  ele- 
mento de  negación  en  la  fórmula  analizada?... 
Imposible,  porque  un  verbo  en  infinitivo  es  como 
su  propia  designación  lo  enseña,  una  forma  libre 
de  vida,  una  pura  idea,  o  sea  una  absoluta  rea- 
lidad. 

La  preposición  de,  mera  partícula  expletiva, 
no  puede,  a  su  vez,  variar  la  esencia  verbal  de 
la  expresión.  Casi  diré  que  si  allí  figura,  está 
sólo  por  una  razón  de  eufonía.  No  indica,  como 
sucede  con  por,  un  camino,  un  medio  para  lle- 
gar... Huhe  de  ir  o  hube  de  hablar  son  locucio- 
nes que  en  nada  se  parecen  a  estuve  por  ir  o  a 
estuve  por  hablar.  La  preposición  de  apareja  idea 
de  pertenencia,  y  nada  más. 

Con  todo,  sabemos  que  no  es  lo  mismo  decir  : 
Fulano  debe  saber  la  noticia,  que  Fulano  debe 
de  saberla.  Bn  el  primer  caso  se  manifiesta  segu- 
ridad, en  el  segundo  dubitación  ;  pero,  bien  vis- 
to, no  se  llega  nunca  a  negar. 

--  150  — 


BABEL     Y    EL     CASTELLANO 

De  apareja  idea  de  pertenencia,  he  dicho,  y  así 
acontece  con  la  propia  expresión  de  que  me  ocu- 
po. Haber  de  estudiar,  por  ejemplo,  vale  lo  mis- 
mo que  tener  de  estudiar.  El  estudiar  se  incor- 
pora así,  mediante  la  preposición,  al  verbo  haber. 
Este  verbo  abstracto  y  metafísico,  según  dije,  se 
colma  así  de  la  vida  particular  representada  por 
los  otros. 

Finalmente,  basta  ensayar  esta  forma  en  cual- 
quier otro  tiempo  para  convencerse  de  su  fun- 
ción verdadera.  Habré  de  morir,  aun  en  el  uso 
corriente,  no  indica,  por  cierto,  un  conato  sino 
un  acontecimiento  fatal.  Aquel  que  recibe  una 
mala  nueva  exclama  :  ¡  Así  había  de  ser  mi  suer- 
te !  Y  no  niega  ni  duda,  sino  que  afirma  la  evi- 
dencia de  su  desdicha.  El  que  nos  dice  :  He  de 
escribir  un  libro,  nos  comunica  a  su  vez  determi- 
nación segura.  No  hay  razón,  por  lo  tanto,  para 
que  sólo  en  aquel  pretérito  examinado,  el  verbo 
haber  pierda  su  natural  eficacia. 


Y  ahora  un  poco  de  trascendentalismo.  Nues- 
tro pueblo  recibió  de  los  conquistadores  una  lo- 
cución afirmativa.  Hubimos  de  cruzar  el  mar,  de- 
cían ellos,  y  era  que  lo  habían  cruzado.  Hubimos 
de  pelear  y  vencer,  y  era  que  habían  peleado  y 
vencido.  El  verbo  haber  cobraba  en  su  lenguaje 
una  fuerza  de  certidumbre  heroica.  Mal  ha  He- 
cho el  argentino,  contagiado  por  el  andaluz,  de 
aminorar  esta  herencia,  de  atenuar  este  verbo  ex- 
celente, de  dudar  o  negar  con  aquello  mismo  que 
su  antecesor  afirmaba.  Tal  evolución  me  halaga 
poco,  pues  denuncia  en  cierto  modo  un  correlati- 
vo proceso  espiritual  quq  a  buen  seguro  acusa 
decadencia.  Una  expresión  que  afirma  vale  mu- 
cho, puesto  que  puede  volverse  hecho  completo, 
realización  consumada.  Nótese  que  nuestra  alma 
está  primero  en  las  palabras  que  en  las  cosas. 

Sustantivo,  adjetivo  y  verbo  :  he  ahí  todo  el 
idioma  y  también  toda  la  vida.  Lo  demás  es  me- 

—  153  — 


ARTURO      CAPDEVILA 

ramente  expletivo.  Nada  hay  en  consecuencia, 
ya  en  el  mundo  real,  ya  en  el  lenguaje,  fuera  de 
las  cosas,  sus  cualidades  y  su  manera  de  obrar  ; 
siendo  de  notar  que  el  mundo  y  el  lenguaje  for- 
man una  sola  entidad.  El  mundo  en  lo  exterior 
de  nosotros  consiste  en  cosas  ;  en  lo  interior,  en 
palabras.  El  verbo,  decían  los  gnósticos  con  har- 
ta razón,  es  la  realidad  suprema. 

Hombres  y  pueblos  serios  cuidaron  siempre  sus 
palabras,  las  hicieron  firmes,  claras  y  pulcras, 
como  quien  se  da  cuenta  de  que  el  alma  se  ma- 
nifiesta por  medio  del  idioma.  Cuidando  las  pala- 
bras, cuidaban  el  espíritu.  Hay  en  esto  una  ínti- 
ma verdad,  No  es  posible  decir  palabras  bellas 
sin  tener  un  alma  bella,  ni  palabras  santas  sin 
tener  un  alma  santa.  Que  haya,  sin  embargo, 
quienes  lo  hagan  por  obra  artificiosa,  significa 
bien  poco  ;  luego  no  más  se  ve  que  la  palabra  de 
éstos  no  es  duradera,  ni  tiene  resonancia,  ni 
prende  en  otro  corazón,  ni  crea  nada. 

Atender  al  idioma  es  asimismo  el  modo  más 
directo  de  atender  a  cada  pensamiento.  Una  pa- 
labra clara  revela  un  pensamiento  claro.  Me  ex- 
plico por  qué  Demóstenes,  ceceoso  como  es  fama, 
corrigió  su  mal.  Fué  trabajo  exclusivo  de  su 
mente  ;  cada  idea  es  un  alma  y  la  palabra  su 
envoltura  ;  y  como  cada  ser  concluye  por  dar  con 
el  organismo  que  mejor  le  conviene,  la  idea  de- 

^  154  — 


BABEL     Y     EL     CASTELLANO 

mosteniana  obtuvo  un  día,  por  su  limpidez  y 
justeza,  palabra  límpida  y  justa,^  arrebatadora  y 
deleitosa. 

Ahora  bien,  ¿  dónde  sino  en  el  verbo  radica  lo 
más  esencial  de  la  vida?  Pues  sustantivos  y  ad- 
jetivos, bien  mirado,  no  son  sino  aspectos  del 
verbo.  Quitándolo  se  borra  el  universo.  Las  co- 
sas y  su  apariencia  presuponen  creación,  que  es 
ya  verbo.  El  universo  entero  es  un  absoluto  ver- 
bo Ser. 

De  ahí  que  en  los  idiomas  lo  capital  esté  en 
el  verbo.  De  él  depende  el  tiempo,  todos  los 
tiempos,  hasta  las  más  lejanas  abstracciones.  La 
onomatopeya  primitivamente  fué  la  imitación  del 
verbo  de  los  elementos.  Un  río  al  correr  conjuga 
su  propio  verbo.  Lo  mismo  digo  del  viento,  del 
trueno,  de  las  resacas  del  mar.  Y  he  citado  ex 
profeso  la  onomatopeya,  porque  ésta,  siendo  ar- 
monía imitativa,  constituye  el  verdadero  lengua- 
je universal.  El  canto  de  los  pájaros  es  también 
onomatopéyico.  Estos  divinos  cantores  pertene- 
cen, según  su  clase,  a  una  o  a  otra  escuela.  Y 
en  el  bosque  hay  muchas... 

Dimámoslo  siempre.  En  las  palabras,  más 
que  en  las  mismas  armas,  radica  la  fuerza  ver- 
dadera del  hombre. 


IX.  LOS  sefardíes 


Aun  trasoigo  el  peregrino  eco  de  aque- 
llas dulces  melodías. 

(Palabras  de  un  sefardí  en  Españoles    • 
sin  Patria.) 


¿  Cómo  no  ha  de  ser  deseado,  entre  lo  que  más 
se  anhela,  la  pureza  del  habla  general  y  la  co- 
municación de  unas  y  otras  naciones  hispánicas 
mediante  la  difusión  del  libro  de  lengua  española, 
si  grandes  son  por  muchas  y  variadísimas  tie- 
rras, nuestros  intereses  espirituales,  y  todavía 
anda  dispersa  o  se  acabará  de  dispersar,  si  nada 
se  hiciere,  buena  parte  de  la  común  familia? 

Pues  también  por  el  Oriente,  en  ciudades  y 
aldeas  de  la  Turquía  y  del  Asia  Menor,  pueblos 
numerosos  hablan  en  castellano  :  un  castellano 
viejo,  algo  marchito,  hecho  todo  de  recuerdos  y 
de  nostalgias  ;  castellano  un  poco  taciturno  que 
es  solamente  un  melancólico  eco.  Hablo  de  los 
sefardim  o  sefardíes  :  judíos  descendientes  de 
aquellos  leales  creyentes  que  arrojara  de  España 
el  terrible  edicto  de  los  Reyes  Católicos.  Son  los 
hijos  de  Sephard  o  Sefarüd,  como  se  llama  en 
España  en  lengua  hebrea.  Abundan  por  todo  ese 


AkfURO      CAPDEVILA 

Oriente  del  viejo  Mediterráneo  los  israelitas  es- 
pañoles. Pero  los  hay  por  todas  parte.  Los  hay 
en  Hungría,  particularmente  en  Zimony.  Los 
hay  en  Belgrado,  en  cuyas  tiendas  se  comercia 
en  castellano.  Los  hay  en  Turquía,  por  la  Ru- 
melia,  por  la  Macedonia  ;  no  menos  de  sesenta  mil 
son  los  que  cuenta  Salónica.  Los  hay  en  Bulga- 
ria, en  Grecia,  en  la  costa  asiática.  Pasan  de 
cuarenta  mil  los  sefardíes  de  Esmirna,  Los  hay 
en  Serbia,  en  Rumania,  en  Bosnia  ;  en  Saraje- 
vo, en  Viena  ;  en  barriadas  enteras  en  Bucarest. 
Los  hay  en  Italia  ;  los  hay  en  Francia  :  algunos 
en  París,  muchos  en  Bayona  y  Biarritz.  Los  hay 
en  Bélgica,  en  Holanda,  en  Gibraltar.  Los  hay 
en  África,  desde  Marruecos  hasta  El  Cairo  y 
y  Alejandría.  No  son  pocos.  En  veinticuatro  mil  se 
ha  calculado  moderadamente  el  número  de  fami- 
lias hebreas  que  fueron  expulsadas  de  su  patria 
española. 

Hemos  hablado  de  los  sefardíes  de  Europa  y 
del  Oriente.  Nos  faltaría  referirnos  a  los  de  am- 
bas Américas,  que  se  cuentan  por  millares,  des- 
de nuestra  Buenos  Aires  hasta  Nueva  York... 
Pero  ya  urge  decir  que  fué  el  doctor  don  Ángel 
Pulido  Fernández,  senador  español  de  claros 
ideales,  el  que  se  enamoró,  a  principios  del  si- 
glo, de  la  venturosa  idea  de  una  reconciliación  en- 
tre españoles  y  sefardíes,  o  si  mejor  se  quiere, 

—  160  — 


BABEL     Y    EL    CASTELLANO 

entre  españoles  de  la  iglesia  y  de  la  sinagoga. 
Tan  sinceramente  lo  quería,  que  no  temió  sar- 
casmos ni  calumnias  ;  ni  aun  siquiera  la  mise- 
randa especie,  fatal  en  su  caso,  de  que  el  oro 
judío  pagaba  su  pluma.  Fruto  de  su  extraordi- 
naria labor  han  quedado  innumerables  artículos 
y  un  libro  principal  :  Españoles  sin  Patria,  que 
señalará  siempre  una  época  en  la  materia.  A  este 
respecto,  cuenta  España  además  con  un  libro  fer- 
voroso :  Las  lunvinarias  de  Hanukah.  Lo  compu- 
so, entre  reminiscencias  recónditas  de  la  raza, 
el  muy  notable  escritor  madrileño  R.  Cansinos 
Assens.  Son  páginas  de  una  delicada  pureza.  No- 
vela llama  Cansinos  a  su  libro,  pero  más  que 
novela  es  poema  ;  dilatado  poema  en  que  se  re- 
fiere un  vago  dolor  de  acaso  arrepentidos  conver- 
sos. He  aquí  los  títulos  de  sus  cuatro  partes  : 
«La  voz  de  los  abuelos»...  «Un  caudillo  de  Is- 
rael»... «La  casa  de  Jehová...»  «La  pascua  de  las 
razas»...  Total,  un  poema,  y  en  sus  cuatro  partes 
una  tristeza  de  salmos  que  por  momentos  quiere 
ser  canción. 

Bien  nos  muestra  el  religioso  libro  de  Can- 
sinos Assens  el  alma  de  los  sefardíes  y  luego  com- 
prendemos en  toda  su  nostalgia  este  suspiro  del 
desterrado  que  piensa  en  sus  abuelos  :  Aun  tras- 
oigo el  peregrino  eco  de  aquellas  dulces  melodías. 
El  castellano   ha  quedado  prendido  a  sus  almas 

—  161  — 

u 


ARTURO      CAPDEVILA 

como  una  inolvidable  música.  Trasoyen  viejas 
voces  castellanas  y  trasueñan  entre  casi  desva- 
necidas memorias.  «El  español  era  la  única  he- 
rencia de  nuestros  padres»,  ha  escrito  una  joven 
sefardita  de  Constantinopla,  cuyo  testimonio  re- 
coge el  doctor  Pulido.  «Era  la  única  herencia  ;  la 
conservamos  porque  era  magnífica.»  El  castella- 
no es  para  ellos  una  reliquia  salvada  entre  queri- 
das ruinas.  No  fué  más  piadoso  Eneas  condu- 
ciendo a  sus  dioses  troyanos,  que  lo  fueron  los 
sefardíes  a  través  de  los  siglos,  guardando  el 
idioma  de  sus  mayores.  ¡  Qué  mucho,  si  cuando 
hablaban  de  España  no  la  llamaban  de  otro  modo 
que  la  segunda  Sión  !  La  llaman  ahora  mismo 
así.  No  hay  cosa  de  España  que  no  les  quede 
cerca  del  alma.  El  sefardí  de  Buenos  Aires  res- 
pira castellano  en  las  calles  ;  no  le  basta.  Nece- 
sita el  acento  rancio  de  España.  El  es  aquej  que 
nunca  falta  a  los  teatros  españoles  ;  va  buscan- 
do coplas  del  pueblo  o  versos  del  Siglo  de  Oro. 
Bejarano,  un  ilustre  sefardí  de  Bucarest,  escribe  : 
«Yo  sería  el  más  infeliz  hombre  si  muriese  sin 
ver  el  suelo  de  mis  antepasados.»  Parecería  que 
los  únicos  antepasados  de  un  sefardí  fueran  los 
que  vivieron  en  Córdoba  o  en  Toledo.  Los  de  la 
Palestina  no  existen  para  ellos  ;  los  otros  fue- 
ron como  nómadas  sin  nombre.  Su  memoria  da 
en  la  oscuridad  y  en  el  vacío...  Si  no  la  génesis, 

—  162  — 


BABEL     Y    BL    CASTELLANO 

la  historia  comienza  en  España,  para  este  hijo 
de  Israel.  ¿  La  historia  ?  La  historia  tampoco.  L/a 
historia  comienza  en  la  Tierra  Prometida  ;  viene 
de  los  desiertos  ;  sigue  por  las  Persias  y  las  Ba- 
bilonias de  los  cautiverios  y  las  persecuciones  ;  se 
hace  clamor  en  Josefo  bajo  el  romano  brutal ;  se 
disemina  luego  por  los  caminos  de  un  éxodo  sin 
rumbo.  No.  La  historia  no  comienza  en  España. 
Allí  comienza  algo  mucho  más  dulce  de  contar  ; 
mucho  más  grato  de  saber  :  la  crónica,  entre 
nombres  familiares  y  fechas  conocidas  ;  la  cró- 
nica, que  bien  aderezada,  por  un  agudo  rabí,  a 
la  luz  de  los  velones,  por  fiesta  de  Purim,  es  todo 
el  aroma,  todo  el  aroma  y  toda  la  intimidad  de 
la  vida. 

Nos  explicamos  pronto  así  que  un  profesor  dv 
Esmirna  llame  a  España  «dulce  y  tierna  como 
una  mañanada  de  primavera»  y  entendemos  al 
punto  esa  fidelidad  con  que  declara  :  « Ansi  1<  ^ 
topí  (lo  topé,  lo  hallé)  hasta  aora  ;  ansí  espero 
toparlo  hasta  el  fin  de  mis  días.» 

No  es  mucho  tampoco  que  numerosos  sefardíe;; 
propongan  para  el  día  de  la  Palestina  autónomíi 
el  idioma  castellano  por  lengua  oficial...  En  to- 
das estas  manifestaciones  habla  siempre  la  mis 
ma  añoranza  :  la  añoranza  de  la  España  perdida. 
Será  que  el  alma  judía  es  soledosa  como  ningu 

.  —  168  ^ 


ARTURO      CAPDEVILA 

na...  Ello  es  que  el  pueblo  de  las  muchas  ruinas 
y  de  las  muchas  tinieblas  y  de  los  muchos  éxo- 
dos, llora  hoy  todavía,  después  de  cuatro  centu- 
rias, sobre  las  siete  apagadas  luminarias  de  la 
palabra  Sefarad... 


II 


Para  comprender  esta  tragedia  judía  y  esa  su 
devoción  por  las  viejas  cosas  españolas,  hay  que 
recordar  cómo  es  cierto  que  España  hubo  de  ser 
para  el  hebreo  una  verdadera  Sión.  No  fué  de- 
masía que  los  hebreos  de  España  llegaran  a 
creerse  descendientes  directos  del  rey  David,  ni 
que  los  israelitas  del  mundo  entero  acabasen  por 
rendirse  a  la  fama.  Sábese  que  ya  en  tiempos  del 
imperio  romano  eran  numerosos  los  hebreos  i^n 
Granada,  en  Córdoba,  Tarragona,  Zaragoza,  y 
que  no  lo  pasaban  mal.  En  la  primera  época  del 
cristianismo  véseles  cumplir  funciones  sacerdota- 
les entre  la  grey  de  Cristo.  Bendecían  los  -^am- 
pos, consagraban  las  cosechas.  Con  la  era  góti- 
ca, alcanzan,  aunque  no  duraderamente,  el  pleno 
goce  de  la  libertad  civil  y  política.  Aun  en  perío- 
dos de  persecución,  los  señores  se  les  muestran 
adictos,  siquiera  sea  por  interés.   Horrible  es  el 

—  165  — 


ARTURO      C  A  P  D  E  V  I  L  A 

celo  de  algunos  obispos  fanáticos,  pero  son  in- 
numerables los  recursos  del  judío. 

Fué  muy  luego,  con  los  árabes,  cuando  empezó 
la  perfecta  dicha  del  israelita  español.  Vieron  flo- 
recer, mezclados  a  los  musulmanes,  el  comercio 
y  las  industrias,  la  agricultura  y  las  artes,  la 
ciencia  y  las  letras.  No  hubo,  ni  en  tiempos  de 
Salomón,  más  ricos,  o  más  prósperos,  o  más  lu- 
josos, o  más  elegantes,  o  más  refinados  judíos 
que  los  de  Córdoba.  No  hubo  tampoco  nunca  quie- 
nes los  sobrepasasen,  ni  en  artes  ni  en  ciencias. 
Se  (ganaban  la  confianza  de  los  magnates  y  la 
admiración  de  los  pueblos.  Eran  médicos,  mate- 
máticos, literatos,  filósofos,  diplomáticos,  poetas, 
músicos,  doctores.  Son  tan  felices  los  tiempos, 
que  el  oído  del  hebreo  se  regala  con  mil  lisonjas. 
Para  que  nada  le  falte,  la  historia  de  sus  triun- 
fos se  embellece  de  leyendas. 

Desde  todas  las  juderías  míraseles  como  a  los 
escogidos  de  Jehová.  Debe  ser  cierto  que  descien- 
den en  línea  directa  del  rey  David.  Al  menos, 
Jehová  los  conduce  por  campos  de  perpetuo 
maná. 

Pronto  los  rabinos  de  España  dan  gloria  a  la 
raza.  Del  exceso  de  la  felicidad  nace  la  ciencia 
talmúdica.  Bien  se  le  llamaría  la  hija  de  la  abun- 
dancia. De  este  propio  exceso  nace  igualmente  la 
gramática.  La    exégesis    resplandece.  Cultívanse 

—  166  — 


BABEL     Y    EL     CASTELLANO 

todas  las  formas  exegéticas  :  desde  la  alegórica 
hasta  la  cabalística,  pasando  por  la  gramatical  y 
la  ética.  Se  versifica.  Se  canta.  Se  viaja.  Italia, 
el  África,  el  Levante,  son  los  rumbos  preferidos. 
Hay  quienes  llegan,  fastuosos  siempre,  al  medio- 
día de  Francia  o  a  Londres,  Muchos  peregrinan 
a  Tierra  Santa.  Se  forma  entonces,  como  enseña 
Teodoro  Reinach,  la  literatura  de  los  viajes. 

¿Qué  más?  El  fraccionamiento  del  califato  de 
Córdoba  sólo  trajo  la  multiplicación  de  estos  bie- 
nes para  los  hijos  de  Israel.  El  favor  oficial  los 
acompañaba  en  unos  .y  otros  reinos.  Y  nótese  que 
otro  tanto  acaecía  con  ellos  en  los  reinos  cris- 
tianos, pues  a  la  dureza  del  código  visigótico  su- 
cedieron tiempos  de  tolerancia  y  de  perfecta 
igualdad.  En  todo  caso,  el  rayo  de  la  persecu- 
ción, aunque  siempre  mortífero,  caía  muy  de  tar- 
de en  tarde.  España  era  la  nueva  Palestina. 

Sólo  al  tiempo  de  los  Almohades  el  islamis- 
mos se  vuelve  feroz.  Judíos  y  cristianos  sufren 
una  misma  persecución  implacable.  Comienza 
entonces  la  emigración  de  unos  y  otros  a  los  rei- 
nos donde  impera  la  Cruz.  Una  alianza  perfecta, 
sagrada,  se  estipula  de  hecho  entre  ambas  reli- 
giones bíblicas.  Si  Alfonso  VI  es  generoso  y  hos- 
pitalario, larga  es  la  liberalidad  de  los  judíos 
que  acuden  con  hombres  y  con  caudales  a  la  gue- 
rra contra  ^l  moro.  Toledo  y  ale  ahora  lo  que  C6r- 

—  167  — 


ARTURO      CAPDEVILA 

doba.  En  todas  las  juderías,  donde  se  sufre  y  se 
llora,  por  esas  juderías  de  Alemania,  de  Francia, 
de  los  Países  Bajos,  sigúese  viendo  en  el  israe- 
lita de  España  el  preferido  de  Jehová,  el  descen- 
diente directo  del  rey  David. 

Los  tiempos  van  a  cambiar.  Ya  se  les  acusa, 
ya  se  les  amenaza.  Sin  embargo,  se  les  teme,  y 
todavía  hay  reyes  qu  Castilla  que  los  toman  por 
tesoreros. 

Sortearán  los  obstáculos.  Es  posible  que  se  em- 
bravezca el  fanatismo  en  España  ;  pero  será 
como  en  una  racha  que  pasa.  Matanzas  de  Sevi- 
lla o  de  Palma  de  Mallorca  deben  de  ser  pasa- 
jeras... Jehová  no  dejará  de  velar  por  los  esco- 
gidos. De  este  modo,  si  la  caída  de  Granada  y  el 
contemporáneo  anhelo  de  una  perfecta  unidad  re- 
ligiosa amagan  traer  la  ruina  de  los  hebreos  de 
España,  ni  se  olvida  que  ellos  cooperaron  a  la 
derrota  del  moro,  ni  se  ignora  que  todavía  son 
muchos  los  hijos  de  Israel  que  disfrutan  el  favor 
y  la  amistad  de  príncipes  y  de  nobles. 

Cuando  en  las  juderías  se  supo  que  la  catás- 
trofe se  había  consumado  y  que  los  ricos  es- 
pañoles de  ayer  vagaban  ya  sin  patria,  en  mise- 
rables caravanas,  de  ancianos  y  jóvenes,  de  niños 
y  de  grandes,  de  puérperas  y  mujeres  encinta, 
de  sanos  y  enfermos,  arrojados  todos  sin  dilación, 
lo  mismo  el  viejo  que  el  niño  de  pecho,  al  ham- 


BABEL     Y    EL     CASTELLANO 

bre,  a  la  nada,  a  la  muerte,  no  se  quiso  creer... 
Sin  embargo,  era  cierto.  Debieron  malbaratar  su 
hacienda  y  partir.  Hay  testigo  que  dice  haber 
visto  dar  un  casa  por  un  asno  y  una  viña  por 
un  poco  de  lienzo.  El  día  se  les  iba  en  malven- 
der sus  bienes  o  en  llorar  y  clamar  en  los  cemen- 
terios besando  la  tierra  de  las  paternas  sepultu- 
ras. Hasta  que  hubieron  de  partir,  irremisible- 
mente sin  patria  y  sin  tumbas. 

Cuatro  siglos  han  pasado  y  va  corriendo  el 
quinto.  Pero  hoy  todavía  los  sefardíes  no  lo  pue- 
den creer  :   lo  saben  y  no  lo  creen. 

Así,  como  si  nada  hubiera  acontecido,  no  dan- 
do a  la  historia  de  su  dolor  más  crédito  que  a 
las  sombras  de  un  sueño,  tienen  puesto  aún  el 
corazón  en  España.  El  edicto  espantoso  no  ha  po- 
dido nada  contra  el  fosilizado  recuerdo  de  su  fe- 
licidad. 


X.    EL  ROMANCERO  SEFARDi 


¡Estos  cantos   tan  dulces  de  la  patria 
de  otros  tiempos! 


(Palabras  de  un  escritor  sefardí.) 


El  estupor  cae  fuera  del  tiempo.  Si  el  éxtasis 
comporta  la  unión  interior  del  alma  con  Dios  en 
la  contemplación  y  en  el  amor,  el  estupor  es  la 
unión  del  alma  con  el  Hado,  en  el  enajenamiento 
del  dolor  y  del  miedo.  Son  dos  estados  preter- 
naturales del  alma  atónita.  En  el  estupor,  la  con- 
ciencia estupefacta  queda  atada  a  su  signo  fatal. 
El  tiempo  y  el  espacio  se  reducen  a  dos  sombras. 
Se  anda,  se  va,  se  vuelve,  pasan  muchas  y  nue- 
vas cosas  ;  pero  todo  como  en  sueños,  como  si  lo 
hiciera  otro.  El  pasado  se  torna  presente  ;  un 
presente  diuturno,  imperecedero.  Toda  otra  vida 
que  no  sea  la  del  pasado  parecerá  una  historia 
ajena,  En  el  estupor,  la  única  verdad,  toda  la 
verdad  del  mundo,  quedó  atrás,  no  perdida,  sino 
fija  para  siempre.  Eo  demás,  el  verdadero  presen- 
te, es  un  puro  trasoír,  un  vano  trasoñar.  Se  di- 
ría que  en  ese  enajenamiento  vive  el  sefardita, 
desde  la  hora  del  edicto  espantoso,  y  se  explica- 


178 


ARTURO      CAPDEVrLA 

ría  así  que  a  lo  largo  de  cuatro  siglos  de  una  in- 
comunicación total  no  haya  podido  olvidar  las 
melodías  del  castellano  ;  esa  que  él  llama  lengua 
ladina  en  un  arcaísmo  que  se  creyera  doblado  de 
maliciosa  ironía. 

No  saben  olvidar  el  castellano,  los  sefardíes, 
bien  que  ya  no  les  importe,  como  en  el  tiempo 
de  oro,  la  elegancia  de  las  formas,  la  gracia  del 
buen  decir,  el  arte  de  las  palabras  exquisitas.  Si 
hasta  hay  entre  ellos  quienes  ignoran  qué  len- 
gua hablan... 

El  doctor  Pulido,  en  su  libro  Españoles  sin 
patria,  recoge  este  diálogo  entre  Max  Nordau  y 
unos  hebreos  españoles  de  cualquier  judería  del 
Oriente  : 

— ¿Dónde  están  los  sellos? — ^pregunta  la  ten- 
dera a  su  marido. 

Max  Nordau,  asombrado  de  oír  castellano,  ex- 
clama : 

—  i  Qué  !  ¿  Habla  usted  español  ? 

— No,  señor — responde  ella —  ;  hablo  chudeo. 

Pero  en  este  punto  interviene  el  marido  : 

— Esta  mujer  no  está  culta,  y  no  sabe  lo  que 
habla  ;  si  lo  supiese  diría  que  habla  español. 

A  tales  extremos  de  ya  inconsciente  jerga  ha 
llegado  en  el  Oriente  el  gran  idioma  de  Castilla. 

Mas  no  se  debe  inferir,  como  lo  hizo  Max  Nor- 
dau, ante  esa  u  otra  parecida  muestra  de  aban- 

~-  174  -- 


BABEL     Y    EL     CASTELLANO 

dono  y  letargo,  que  el  patrimonio  de  la  lengua 
española  se  limite  ahora  a  un  escaso  repertorio 
de,  cuando  mucho,  cuatrocientos  vocablos  desfi- 
gurados, vacilantes  y  torpes. 

De  averiguaciones  recientes  resulta  que  la  base 
lingüística  española  es  todavía  muy  grande  en  el 
judeo  español ;  al  punto  que  los  actuales  dicciona- 
rios sefardíes  registran  hasta  diez  mil  voces  cas- 
tellanas. 

Por  ejemplo,  el  judeo-español  o  lengua  ladina 
de  Constantinopla,  ha  sido  recientemente  estu- 
diado por  el  profesor  h.  M.  Wagner  ;  sólo  que 
su  libro  está  en  alemán  y  fué  publicado  en  Viena. 

Catorce  cuentos  y  una  conversación  de  la  calle 
constituyen  su  notable  material.  Tan  notable, 
que  muchos  han  debido  ser  los  comentarios  pen- 
insulares del  libro  vienes  ;  merced  a  los  cuales  y 
particularmente  al  detenido  análisis  crítico  del 
doctor  Yahuda  {Revista  de  Filología^  tomo  II) 
podemos  ahora  ampliar  el  acervo  de  nuestros  co- 
nocimientos, nada  largos  hasta  el  presente,  so- 
bre las  cosas  sefarditas. 

Pero  hablan,  en  general,  los  judíos  españoles 
del  Oriente  un  castellano  no  muy  distinto  del  que 
escriben  :  un  castellano  infantil,  como  de  niños 
extranjeros,  de  vocales  inciertas  en  que  la  e  sue- 
le ser  i,  o  en  que  la  w  se  trueca  en  ait ;  a  causa — 
ya  se  comprenderá — de  la  escritura  rabínica  en 


175 


ARTURO      CAPDEViLA 

que  tan  pocas  grafías  se  concede  a  las  vocales. 
Y  todo  esto  sobre  un  fondo  de  fonética  oriental, 
a  cuyo  influjo  se  bastardea  el  acento  de  muchas 
consonantes.  Acaso  con  más  frecuencia  de  lo  que 
imaginamos,  Hemos  oído  hablar  a  los  sefardíes, 
sin  adivinar  quiénes  eran.  Si  nos  sorprendió  la 
fluidez  y  a  las  veces  el  dejo  arcaico  de  la  frase, 
rechazamos  cualquier  sospecha  de  fraternidad  ro- 
mance, por  la  dureza  turca  o  la  aspereza  búlgara 
de  la  pronunciación,  acabando  de  desorientarnos 
este  o  aquel  galicismo,  este  o  aquel  italianismo 
flagrante.  Eran,  sin  embargo,  españoles  sin 
patria... 

En  otras  ocasiones  hubieron  de  parecemos 
árabes  hablando  castellano.  En  la  aspiración  de 
las  jotas  y  de  las  haches,  sentíamos  el  viento  del 
desierto  :  tan  oriental  se  ha  vuelto  allí  nuestro 
idioma,  bañado  de  continuo  en  las  corrientes  de 
los  viejos  idiomas  de  la  Biblia  y  del  Corán.  En 
todo  caso,  durante  cuatro  siglos  de  aislamiento, 
de  confinamiento  verbal,  entre  ulemas  de  Tur- 
quía o  drusos  del  páramo,  hay  tiempo  suficiente 
para  que  una  lengua  se  empantane  y  corrompa. 

A  Dios  gracias  no  ha  sido  así  en  excesiva  pro- 
porción. 

Asombroso  es,  en  realidad,  que  cienes  de  anos 
después,  para  decirlo  en  ladino,  se  conserve  rela- 
tivamente tan  pura  la  lengua  de  España,  el  ha- 

—  176  — 


BABEL     Y     EL     CASTELLANO 

hla  dolci  española,  como  a  la  espera  de  un  resur- 
igimiento.  No  le  mintió  a  Pulido  el  que  dijo  : 
«Nosotros  israelitas  espanolis  nos  gustamos  mu- 
cho quando  topamos  occasión  di  poder  hablar 
nuestra  lingua.» 

Así  la  escriben,  así  la  hablan,  con  no  sabemos 
qué  inocencia  de  niños.  Un  alma  dulce,  tibia,  se 
revela  en  expresiones  de  un  raro  pergeño,  de  un 
español  tan  infantil  como  arcaico,  en  que  al  en- 
canto de  la  vieja  construcción  se  añade  el  de  la 
pureza  de  los  sentimientos  expuestos  ;  como,  por 
ejemplo,  en  esta  frase  de  recién  casado,  endere- 
zada a  disculpar  con  la  luna  de  miel  la  tardanza 
en  responder  a  la  carta  de  un  amigo  :  aDel  día 
de  mi  boda  estoy  aholando  coii  mi  palomhcL...í> 

Pero  la  nota  típica  es  el  arcaísmo.  Hay  pala- 
bras de  este  judeo-español,  que,  a  manera  de  ca- 
racoles marinos,  apenas  puestas  al  oído  rebosan 
de  una  música  de  lejanos,  de  lejanísimos,  de  casi 
perdidos  murmullos.  Hasta  los  neologismos  son 
derivaciones  arcaicas.  Se  ha  observado  así  que 
dicen,  verbigracia,  escuchamiento  por  juzgamien- 
to o  juicio.  No  es  sino  un  caso  entre  millares. 
Siempre  y  por  todo  miran  al  pasado  los  sefar- 
díes. En  su  propia  escritura  se  ve.  Si  salieron  de 
España  empleando  caracteres  latinos  y  escribien- 
do el  castellano,  como  es  justo,  de  izquierda  a 
derecha,  pronto  en  el  Oriente  lo  empezaron  a  es- 

—  m  — 

it 


ARTURO      CAPDEVILA 

cribir  de  derecha  a  izquierda  y  en  caracteres  ra- 
bí nicos  ;  tal  como  quien  desanda  camino.  Imposi- 
ble no  pensar  en  aquellos  tan  hermosos  versos  de 
Longfellow  al  cementerio  judío  de  Newport,  tra- 
ducidos de  mano  maestra  por  nuestro  poeta  Héc- 
tor Pedro  Blomberg  : 

Y  leían  asi,  siglo  tras  siglo, 
— como  si  fuera  un  manuscrito  hebraico, 
siempre  a  la  inversa — el  Libro  de  la  Vida 
hasta  que  fué  Leyenda  de  los  Muertos. 


II 


Sin  embargo,  de  un  tiempo  a  esta  parte,  el  se- 
fardí no  consigue  sustraerse  a  las  seducciones  de 
Italia  y  de  Francia,  El  peligro  no  reside  ya  en 
las  viejas  lenguas  de  Levante  sino  en  las  nuevas 
de  Europa.  Debe  saberse  que  en  muchas  zonas  la 
lengua  que  hoy  todavía  llamamos  judeo-española 
pudiera  ir  llamándose  judeo-francesa.  Nula  es  la 
acción  hispánica  en  aquellas  tierras  casi  españo- 
las, como  no  se.  cuente  esa  inteligentísima  (sí, 
pero  aislada),  esa  inteligentísima  y  nobilísima  y 
muy  tesonera  campaña  de  La  Revista  de  la  Raza,  -' 
más  ibero-africana,  por  desgracia,  que  ibero- 
seTardí.  Con  todo,  es  admirable  la  obra  de  su  di-, 
rector  D.  Manuel  L.  Ortega,  y  lo  rodean  infa- 
tigables colaboradores.  Verbigracia :  Don  José 
M.  Estrugo,  destacado  hispanófilo  de  Constanti- 
nopla. 

Incesante   y    perfectamente    coordinada    es,  en 
cambio,  la  acción  francesa,  gracias  sobre  todo  a 


179 


A  R  T  V  B  o      CÁPDEVILA 

la  sistemática  penetración  de  la  Alliance  Tsrae- 
lite  Universelle,  que  tan  luego  abre  bibliotecas 
y  funda  asilos  como  instala  escuelas  y  colegios  en 
que  el  francés  va  desplazando  al  ladino. 

Sólo  quedan,  en  puridad,  para  defender  el  pa- 
trimonio castizo,  unos  pocos  sefardíes  a  quienes 
suele  llamarse  arcaizantes,  bien  que  esta  vez  ar- 
caizar sea  precisamente  mirar  por  el  futuro  ;  pues 
para  el  sefardita  salvar  el  castellano  es  vincular- 
se, por  mediación  de  España,  con  nuestra  gran- 
de América  del  porvenir.  Lo  cual  tarde  o  tem- 
prano tendrá  que  convenirles,  y  mucho.  Estos 
pocos  sefardíes  arcaizantes  son  los  que  defienden 
la  vieja  lengua  ;  y  con  eílos  la  defienden  también, 
las  madres,  las  hermanas,  las  novias.  Si  la  calle 
va  siendo  de  Francia,  la  casa  pertenece  todavía 
a  España.  La  casa  y  el  corazón. 

A  España  pertenece  todavía  hoy  el  corazón  se- 
fardí. En  las  familias  se  conserva  la  fiel  tradición 
de  los  linajes,  entre  apellidos  que  no  son  otros 
que  Miranda,  Benavente,  Calderón,  Albuquer- 
que,  Saavedra.  Templos  hubo  y  hay  que  se  lla- 
man de  Zaragoza,  de  Toledo,  de  Castilla  ;  cuyos 
rabinos  predican  castellano  antiguo.  Ninguna 
familia  olvida  su  prosapia  española  ;  en  ello  po- 
nen la  poesía  y  la  honra  del  hogar.  Cada  uno 
sabe  bien  de  dónde  vinieron  sus  abuelos,  si  de 
Granada,   si   de  Sevilla,   Hasta   parece   que   pro- 

-.  180  — 


BABEL     Y     EL     CASTELLANO       - 

nuncian  el  castellano  de  una  u  otra  manera,  se- 
gún de  donde  vinieron.  ¡  Más  no  se  puede  amar ! 
También  los  niños  sefardíes  pertenecen  a  Es- 
paña. En  las  calles  de  Constantinopla,  cogidos  de 
la  mano,  cantan  versos  de  los  romances.  Estos, 
que  traslado  abajo,  son  los  que,  según  JaEuda, 
cantaban  unos  rapaces  de  Stambul,  remedando  la 
manera  zaragozana  de  ciertos  vecinos,  a  quienes 
querían  burlar: 

A  un  saragosano 

le  dio  la  jane, 

y  subió  a  la  mesjite 

y  ührió  la  hujite 

para  cantar  una  oantique  ; 

le  modrió  una  musjite, 

s'arrahió  el  mragosano 

y  abasó  de  la  mesjite. 

¿Y  ese  son  de  pandero?  ¿Y  ese  aire  de  mala- 
/gueña?  Es  alguna  moza  hebrea  que  canta.  Que 
canta  un  romance  viejo. 


Una  vieja  de  Madrid 
combate  que  combatía... 


De  esta  suerte,  cuando  en  Constantinopla  o  Sa- 
lónica desembarca  de  excursión  gente  de  habla 

-^  181  -« 


ARTURO      CAPDEVILA 

castellana  —  españoles,  hispanoamericanos,  filipi- 
nos— acaso  tienen  ojos  y  no  ven,  tienen  oídos  y 
no  oyen.  En  las  tiendas  de  libros  y  en  los  pues- 
tos de  periódicos  abundan  las  páginas  en  lengua 
de  Castilla.  Nadie  juzgue  por  Tas  grafías  rabí  ni- 
cas ni  porque  venga  la  escritura  de  derecha  a  iz- 
quierda. Castellano  es.  Y  bien  fácil  hallar  en  ta- 
les boticas  estudios  talmúdicos  en  cuya  portada  se 
lea  la  recomendación  de  la  obra,  por  ejemplo  en 
estos  términos  :  Estampada  en  letra  hermosa  y 
laSinada  muy  bien,  según  el  uso  de  nuestra  sih- 
dad,.  y  cumplida  en  todo. 

En  cuanto  al  librero,  ¿para  que  pararse  a  es- 
cucharlo? ¿Cómo  figurarse  que  ese  hombre  del 
Talmud  hable  con  las  palabras  mismas  del  si- 
glo XV  español  ?  I^os  viajeros  continúan  su  cami- 
no, y  es  lo  cierto,  empero,  que  esos  hombres  de 
la  Biblia,  esos  de  los  ojos  siempre  nostálgicos, 
los  llamarían  hermanos... 


III 


Con  absorta  memoria  repiten  hoy,  repetirán 
de  aquí  a  cien  años,  romances  de  la  Edad  Media, 
en  que  bajo  apariencia  singular  lloran  la  desdi- 
cha de  todos  los  perseguidos,  de  toda  la  triste 
recua...  De  veras,  por  el  yermo  de  estos  pálidos 
versos,  pasa  solitaria,  patética,  la  sombra  sin  fin 
de  los  desterrados  : 

Irme  quiero  por  estos  campos, 

por  estos  campos  me  iré  , 

y  Jas  yerbas  de  los  campos 

por  pan  las  comiré  ; 

lágrimas  de  los  mis  ojos 

por  agua  las  beveré  ; 

con  uñas  de  los  mis  dedos 

los  campos  los  cavaré; 

con  sangre  de  las  mis  venas 

los  campos  los  ar regaré... 


—  183  — 


ARTURO      CAPDEVILA 

Pasó  el  sollozo... 

Pensemos  ahora  en  esos  niños  de  ojos  maravi- 
llados, de  alma  ilusa  y  viajera,  escuchando  de 
pie,  con  el  espíritu  en  lo  remoto  de  los  siglos,  la 
canción  española  de  la  madre  que  día  a  día  canta  : 

Lloran  condes,  lloran  duques, 
lloraba  la  frailecía  ; 
ya  lloraba  el  Padre  Santo 
por  el  conde  de  Sevilla  ; 
siete  días  co^i  sus  noches, 
y  el  conde  no  parecía. 

Y  la  madre  y  el  hijo,  y  la  abuela  y  el  nieto 
no  tienen  otro  horizonte,  en  la  larga  hora  de  la 
evocación,  que  una  Sevilla  fantástica,  una  Cór- 
doba imposible,  una  Granada  que  nunca  más 
será. 

— Gian  Lorenzo,  Gian  Lorenza, 
¿quién  te  hiso  tanto  mal} 
— Por  tener  mujer  hermosa 
el  rey  me  quere  matar. 

Revive  así  cotidianamente  la  historia... 

Mas  pensemos  también  en  esos  mozos  que  en 
las  noches  de  primavera,  bajo  unos  cielos  ruti- 
lantes de  estrellería,  cantan  y  aman  en  español  : 


—  184  — 


BABEL     Y    EL     CASTELLANO 

Noche  buena,  noche  buena... 
noches  son  de  enamorar. 

Enamoran  y  se  enamoran  cantando  versos  de 
España.  ¡  Son  tantos  y  tan  dulces !  Los  hay  para 
cada  ocasión  del  año  o  del  alma.  ¿  Cómo  recibir  a 
la  primavera  sino  con  este  romance? 

Salir  quiere  el  mes  de  marzo, 
entrar  quiere  el  mes  de  abril... 

Entretanto,  la  niña,  que  ya  se  embriaga  ante 
el  reclamo,  puede  levantarse  cantando  : 

Yo  me  levantara  un  lunes, 
un  lunes  antes  de  albor. 
Hallé  mi  puerta  ramada 
de  rosas  y  nuevo  amor. 

Puede  también  cantar,  si  lo  quiere,  como  la  Es- 
posa del  Cántico  de  los  cánticos,  cuando  el  ami- 
go tocaba  a  su  puerta,  húmedos  los  cabellos  del 
rocío  de  la  nochi^  : 

Abrir  ya  vos  abro, 
rm  linda  amor  ; 
que  la  noche  no  durmo 
de  pensar  en  vos. 

-^  t85-. 


ARTURO      C  A  P  D  E  V  I L  A 

Mañana,  cuando  se  case,  todos  le  dirán  en  ese 
mismo  castellano  que  no  se  olvida  : 

— Dicha  y  buena  suerte  tengas... 

Quie^n  no  lo  diga  en  ladino,  haga  de  cuenta 
que  no  dio  parabienes. 


IV 


Si  ya,  por  la  gracia  y  virtud  del  comúu  idioma, 
llegamos  a  sentirnos  de  algún  modo  parientes  de 
estos  lejanos  sefardíes^  seguro  es  que  por  el  po- 
der de  unas  mismas  canciones  de  infancia  senti- 
remos que  una  sola  es  la  gran  familia.  Niños  hay 
del  Oriente  que  en  los  jardines  primaverales,  al 
caer  la  tarde,  cantan  las  mismas  canciones  que 
nosotros  cantábamos  en  la  niñez,  pues  los  niños 
de  España  y  de  la  América  española  no  han  de- 
jado de  cantar  : 

— Aquí  me  manda  el  hiien  rey, 
de  las  hijas  que  tenéis 
la  más  bella  que  me  deis. 

A  lo  que  responden  los  niños  sefardíes  como 
nosotros  respondíamos,  o  aproximadamente  : 

Ni  las  tengo  ni  las  doy, 
ni  vos  me  las  mantenéis ; 
con  el  pan  que  yo  confiere 
comieran  ellas  también. 

—  187  — 


ARTURO      CAPDEYILA 

Palabras  sin  duda  enigmáticas,  de  las  que  sólo 
a  la  infancia  pueden  dejar  satisfecha,  que  el  ca- 
ballero contesta  como  si  las  hubiera  entendido  : 

Tan  alegre  que  ya  iha 
tan  afligido  me  iré. 
A  la  hija  del  rey  moro 
no  me  la  dan  por  mujer. 

Pero  ya  lo  llaman  : 

Tornad,   tornad,  caballero, 
escoged  cuala  queréis... 

En  los  veranos,  por  callejas  de  Constantinopla, 
al  volver  una  esquina,  podemos  oír  de  pronto 
canción  de  cuna.  Es  madre  sefardí  que  arrulla  : 

Duérmete,    mi   blanca  niña. 
Duérmete,  mi  blanca  flor. 

.  Si  por  ventura  la  que  canta  es  la  abuela  oire- 
mos quizás  estos  otros  versos,  en  que  de  paso  ob- 
servamos un  interesante  ejemplo  oriental  del  vo- 
seo popular  argentino  : 

— ¿  Ke  buskas,  mi  madri,  i  vos  por  aki  ? 
— Busku  yo  al  mi  fizu,  mi  fizu  Avraam. 

—  188  — 


BABEL     Y     EL     CASTELLANO 

Y  si  acaso  nos  anochece  en  la  judería,  oiremos 
aún  esta  cantinela  de  mendigo  : 

Ojos  tienen  y  no  ven, 
orejas  tiene^i  y  no'  oyen, 
enanos    tienen   y   no   dan... 

Extraño  mendigo  que  pordiosea  bajo  sus  hara- 
pos, entre  profeta  del  Viejo  Testamento  y  limos- 
nero de  novela  picaresca. 

Ahora  sepámoslo  todo  ;  conozcamos  el  hogar 
del  sefardí. 

He  ahí  una  anciana  que  está  contando  cuentos, 
homsezas  como  los  llama  queriendo  decir  conse- 
jas. Son  cuentos  orientales  ;  su  asunto  es  orien- 
tal ;  su  atmósfera,  oriental  ;  su  psicologfa,  orien- 
tal ;  pero  su  idioma,  el  castellano  viejo. 

I  Erase  que  se  era?  No  ;  no  comienza  así.  Co- 
rriienza  de  este  otro  modo  sabrosísimo  : 

— Había  de  ser...  Y  en  estas  montañas  tenia 
qu'aver  una  nmchacha  que  es  la  hermosura  del 
mundo... 

— ¿  Y  qué  más  ? 

— y*  una  ¡liza  está  casada,  la  otra  es  aínda  man- 
seva  e  da  espasio  verla. 

Ha  pasado  una   hora  :    ¡  se  acabó  la   konseza  ! 

Fin  : 

— Y  ellos  tengan  bien  y  mosotros  también. 

—  189  — 


ARTURO      CAPDEVILA 

Pero  llega  el  invierno,  y  en  las  veladas  de  in- 
vierno abre  la  Biblia  el  anciano  patriarcal,  la  vie- 
ja Biblia,  impresa  hace  siglos  en  Holanda.  Es 
una  Biblia  española  de  un  castellano  solemne. 
Ya  la  abre  al  azar  el  anciano.  ¿  Qué  va  a  leer  ? 
No  se  dude.  Serán  fúnebres  palabras  de  un  eco 
elegiaco. 

Ya  lee  el  buen  anciano  la  palabra  santa  : 

— Dijo  Jeremías  a  Israel  :  Tajar  los  tajaré,  no 
como  las  uvas  de  la  vid  que  se  cogen  pocas  a 
pocas,  ni  como  los  higos  de  la  higuera  que  se 
cogen  uno  a  uno,  sino  todos  juntos.  Fruta  y  hoja 
será  arrastrada,  rehollada  y  perdida. 

Así  dice  la  palabra  santa,  la  palabra  terrible. 
Todos  inclinan  la  cabeza.  Ellos  son  las  uvas  de 
la  vid  y  los  higos  de  la  higuera  y  las  hojas  re- 
holladas. 

Largo  es  el  invierno.  Ha  caído  mucha  nieve. 
Ahora  silba  el  viento.  Se  filtra  por  las  rendijas 
el  viento  que  silba.  Se  cuela  helado  el  espectro 
de  la  nieve.  Pero  más  lúgubre  que  ese  viento  del 
invierno  en  la  noche  es  el  clamor  de  Israel  a  Je- 
hová.  Ya  lee  el  anciano  en  la  vieja  Biblia,  im- 
presa hace  siglos  en  Holanda,  en  un  castellano 
solemne  y  trágico  : 

— Alexástete  de  nos  por  nuestros  delitos... 
erramos  como  ovejas...  y  desperdímonos... 


BABEL     }     EL     CASTELLANO 

El  castellano  está  siempre  con  ellos,  hasta  en 
la  más  judaica  de  las  festividades,  hasta  cuan- 
do suspiran  por  Jerusalén  ;  como  en  la  canción 
llamada  del  peregrino  : 

A  Yerusalain,  ciudad  estimada, 
serratos  y  mulkes  (i)  y  vicios  dejaba, 

sueño  de  mis  ojos  de  mí  se  tiraba. 
A    Yerusalain,  la  ida  sin  vuelta, 
parece  a  la  gente  que  es  a  la  vuelta. 
Sabedlo,  que  es  una  gran  revuelta. 

¿Y  España?  ¿No  es  también  una  gran  revuel- 
ta? Clamor  grande,  clamor  de  cuatro  siglos  hay 
en  la  canción  que  dice  : 

Perdimos  la  bella  Sión, 
perdimos   también  a  España, 
nido  de  consolación. 

A  lo  que  respondemos  con  el  alma  : 

— Pero  América  es  vuestra  ¡  oh  sefardíes  !  Los 


(1)  Inmuebles,  Así  lo  ponen  Menénd'ez  y  Pelayo, 
en  el  tomo  X  de  los  Poetas  líricos,  y  Rodolfo  Gil  en 
su  Romancero  jadeo  español.  Tales  aulores,  La  Re- 
vista de  la  Raza  y  el  doctor  Pulido  han  sido  mis 
fuentes  principales. 


ARTURO      CAPDEVILA 

mismos  reyes  que  os  arrojaban  de  sus  dominios 
os  aparejaban  la  tierra  de  la  libertad.  Mirad  tam- 
bién hacia  España.  Cansinos  Assens  os  ha  mos- 
trado en  las  antiguas  sinagogas  de  Bspaña  las 
nuevamente  encendidas  luminarias  de  Hanu- 
kah... 


kl.    EN  MANILA  SE  HA  PUESTO 
EL   SOL 


jUti,  tispaña  valerosa! 

Mira  en  las  orientales  escuadrones 

de  la  India,  el  Malabar,  Japón  y  China 

tremolar  victoriosos  los  pendones, 

y  que  el  agua  espumosa  y  cristalina 

del  Indo  y  Ganges  tus  caballos  beben... 

Bernardo  de  Valbuena. 


is 


Confieso  haber  leído  con  simpatía  grande,  el 
tomo  cuadragésimo  séptimo  de  la  colección  Espa- 
ña que  en  el  año  de  1887  publicara  en  Barcelona 
el  establecimiento  tipográfico  de  Daniel  Cortezo 
y  Compañía,  destinado  a  la  historia,  ge.ografía  y 
monumentos  de  las  últimas  posesiones  ultrama- 
rinas de  la  madre  patria  :  Cuba,  Puerto  Rico  y 
las  islas  Filipinas. 

Con  un  mapamundi  a  la  vista  la  cosa  es  for- 
midable. ¡  Qué  águila  aquélla  cuyas  alas  se  ex- 
tendían así,  tocando  con  la  una  en  las  Antillas  ; 
con  la  otra  en  el  mar  de  la  Cbina !  Siendo  ar- 
gentino, imposible  no  leer  con  entusiasmo  em- 
prendedor el  relato  de  tanta  generosa  epopeya. 
Comprendemos  que  esas  mismas  cosas  no  se  vol- 
verán a  realizar,  pero  asimismo  comprendemos 
que  otras  equivalentes  piden  por'Tbdo  el  planeta 
almas  resueltas  y  listas.  Nosotros,  por  lo  menos, 
queremos  ser  un  pueblo  de  voluntad  muy  recia. 

^  1(»  — 


ARTURO      CAPDEVILA 

De  este  modo,  aceptamos  sin  el  menor  esfuerzo 
que  en  aquellas  naves  españolas  se  paseaba  ya 
nuestro  espíritu,  según  iba  resonando  nuestro 
idioma  por  nuevos  y  nunca  surcados  mares.  Com- 
prendemos que  se  paseaba  ya  nuestro  espíritu, 
y  hasta  decimos,  sin  el  menor  alarde  literario, 
que  cuando  en  lo  alto  del  palo  mayor  de  unaHe 
aquellas  naos  flameaba  la  bandera  española,  on- 
deaba ya  la  nuestra.  Pueblo  que  siente  transfun- 
dido en  su  ser  el  enérgico  espíritu  de  aquellos 
hombres,  puede  hablar  así.  Al  considerar  la  pa- 
sada grandeza  de  España,  presentimos  al  punto 
la  que  hemos  decidido  alcanzar. 

Pero  yo  quería  decir  antes,  que  esa  conquista 
de  las  Filipinas  fue  maravillosa  y  sobre  todo  be- 
llísima hazaña ;  tanto,  que  echamos  de  menos 
los  Lusiadas  españoles  de  la  proeza.  Siquiera  la 
geografía,  si  no  ya  la  historia  que  allí  se  consu- 
maba, pedía  versos.  ¡  Qué  nombres !  Sumatra, 
Borneo,  Mirabeles,  Ceylán...  7 Qué  horizontes! 
El  Celeste  Imperio,  el  Japón...  ¡Qué  atmósfera! 
La  leyenda,  el  prodigio...  ¡Qué  límite  cósmico! 
Un  despedazado  archipiélago  en  que  había  de 
verse,  o  un  mundo  en  formación,  o  bien  un  con- 
tinente que  desaparece.  Mañana,  en  un  futuro 
que  ya  entrevén  de  consuno  la  ciencia  y  la  fábu- 
la, aquellas  islas  serán  o  todo  tierra  o  todo  mar. 
Por  de  pronto,   el   espontáneo  arte   de  nombrar 

—  19%  — 


BABEL     Y    EL     CASTELLANO 

de  los  navegantes  ha  dado  a  la  región,  en  ima- 
gen creadora,  un  nombre  incomparable,  en  que 
se  mece  su  destino  :  Oceanía... 

Entretanto,  las  islas  del  Poniente,  como  se  les 
llamaba,  se  debieron  mostrar  como  envueltas  en 
un  tul  de  encanto.  Testigos  de  un  formidable 
origen,  se  alzaban  cien  volcanes.  No  era  menor 
el  prestigio  de  los  mares,  entre  arrecifes  de  co- 
rales y  bancos  de  madréporas.  Sobre  el  vaivén 
de  las  olas  y  en  las  faldas  de  tales  volcanes  bu- 
llía un  pueblo  numeroso.  Componíanlo  malayos, 
chinos  y  mestizos.  Sus  costumbres  parecían  sur- 
gidas para  pintadas  en  esmalte.  Veíaseles  flotar 
días  y  noches,  de  isla  en  isla,  en  canoas  y  pira- 
guas, o  se  entregaban  todos  a  la  vida  apacible  de 
los  arrozales,  así  los  cobrizos  hombres  como  las 
ágiles  muchachas,  tan  bonitas — nadie  lo  calla — 
en  sus  delantales  de  hojas  de  palmera.  Todo  esto 
en  un  clima  de  horrible  ardor,  que  otro  descan- 
so no  concede  que  el  de  unas  pocas  noches  en  lo 
que  va  de  noviembre  a  febrero.  Pero  cuidado 
entonces  con  la  luna.  La  luna  es  bruja.  La  luna 
comunica  sutiles  enfermedades.  El  aborigen,  que 
de  antiguo  lo  sabe,  no  se  aventura  nunca  sin 
sombrilla  por  los  campos  bañados  de  luna. 

El  agua  abunda  ;  el  árbol  impera  ;  el  calor 
sofoca  ;  el  bosque  anonada.  Hoy  se  abre  una  bre- 
cha en  un  bosque  ;   pronto  se  cierra    sola.     La 

—  107  — 


ARTURO      CAPDEVILA 

selva  se  encierra  en  diabólicas  espirales  de  labe- 
rinto. El  árbol  desaparece  en  el  bosque  ;  el  bos- 
que se  enmaraña  en  la  selva.  Es  la  selva  cálida, 
hirsuta,  tropical.  El  botánico  de  Europa  se  es- 
panta de  los  nuevos  seres  vegetales  que  le  estor- 
ban el  paso.  Hay  árboles  que  sólo  son  hierbas 
gigantescas,  por  ejemplo,  heléchos  arbóreos  de 
doce  metros.  Verbenáceas  que  apenas  serían  ma- 
tas en  Europa,  suben  aquí  más  altas  que  el  ro- 
ble. Hay  espesuras  adonde  nunca  llega  el  sol.  Es 
la  selva  virgen,  la  selva  siempre  virgen.  En  tor- 
no suyo  la  imaginación  del  indígena  es  una  en- 
redadera más.  Una  imaginación  supersticiosa  teje, 
incesante,  leyendas  visionarias  que  se  echan  pa- 
rásitas entre  los  follajes  del  ébano,  del  sándalo, 
del  plátano,   del  cocotero. 

Chinos  y  malayos  sueñan  con  alma  candida. 
Saben  de  lagunas  en  que  viene  a  bañarse  la 
sombra  de  una  princesa.  Ven  por  los  campos  a 
ras  del  suelo  sábanas  ilusorias  que  los  persiguen. 
Grandes  fosforescencias  de  los  mares  los  aterro- 
rizan o  inquietan.  El  fuego  de  San  Telmo  es  un 
terror  habitual.  Menos  mal  que  los  gallos  cantan 
a  todas  horas  y  que  el  indio  oye  en  su  canto  algo 
que  el  occidental  no  comprende.  Si  el  gallo  no 
cantara,  lo  mejor  sería  morir... 

Pero  hay  un  misterio  mayor  :  el  mono  de  los 
cocales.   Monos  blancos  u  orangutanes   de  harta 

—  198  — 


BABEL     Y    EL     CASTELLANO 

semejanza  con  el  hombre  son  los  señoras  de  la 
sombra.  El  indígena  no  pone  siquiera  en  duda 
que  sean  hombres.  Son  para  ellos  una  gente  que 
no  habla.  Nada  más  que  esto.  Conoce,  por  lo  d.q- 
más,  el  secreto  de  su  mudez.  Es  un  mutismo 
deliberado  el  suyo.  Esa  gente  no  habla  para  que 
no  le  cobren  tributo... 

Tribus  indígenas  hay  que  viven  como  en  el 
límite  de  análoga  animalidad.  No  bajan  nunca 
de  la  montaña.  No  les  interesa  la  civilización. 
Épicos  fueron  los  sucesos  de  la  primera  arreme- 
tida española.  Magallanes  mismo  cayó  a  los  gol- 
pes del  indio.  Reyezuelo  hubo — el  famoso  Ha- 
mabar — que  pudo  considerarse  el  más  glorioso  ca- 
pitán de  su  raza  :  el  español,  vencido,  hubo  de 
retirarse  deshecho.  Hamabar  en  Europa  hubiera 
sido  un  héroe  nacional  y  se  le  hubiera  erigido  es- 
tatua. En  Cebú  no  fué  así...  Cuando  a  los  cua- 
renta años  de  aquellos  tan  memorables  aconteci- 
mientos, los  españoles  retornaron,  nadie  recor- 
daba nada,  ni  mozos,  ni  ancianos,  ni  sabía  nadie 
cosa  alguna  de  Hamabar. 

Esto,  en  los  bosques  y  en  las  montañas.  Mien- 
tras tanto,  entre  los  arrozales,  un  hombre  manso 
y  servicial  era,  a  decir  verdad,  como  una  beste- 
zuela  más,  servicial  y  mansa,  en  medio  de  una 
fauna  dócil  y  amable  ;  como  si  todos  los  seres  se 
hubieran   propuesto   la  imitación   del   búfalo,   el 

—  199  — 


ARTURO      CAPDEVILA 

más  dulce  rumiante  ;  el  búfalo  a  quien  basta  a 
guiarle  la  mano  de  un  niño. 

Hombres  y  bestias  por  tales  sitios  son  la  man- 
sedumbre misma.  Pero  la  tierra  es  terrible.  No 
es  fácil  que  la  égloga  dé  flores  duraderas  en  el 
suelo  del  Apocalipsis.  La  tierra  es  terrible  :  tierra 
de  volcanes,  mundo  de  cataclismos.  Bn  amenaza- 
dores conos  se  alzan  los  monstruos  telúricos  en 
el  horizonte.  Verdad  es  que  por  las  laderas  volcá- 
nicas se  esparcen  los  pueblecitos  ;  pero  basaltos 
y  lavas  señalan  allí  también  el  conocido  camino 
de  la  catástrofe.  Y  un  día  el  terremoto  conmueve 
toda  la  montaña.  No  amenazaron  en  vano  los  vol- 
canes, esos  volcanes  de  nombres  extraños,  como 
de  demonios  :  el  Arayat,  el  Bulusán.  el  Isarog... 

Un  día  el  terremoto  truena  Hajo  la  tierra  y  la 
agrieta  y  despedaza.  Los  volcanes  se  empenachan 
de  humo,  las  montañas  se  vuelven  como  de  fuego, 
las  llamas  suben  al  cielo.  Ríos  ígneos  coruscan 
por  las  laderas  abajo  entre  encendidos  meandros. 
Nubes  de  ceniza  originan  súbita  la  noche.  En  esta 
noche  fulguran  los  rayos  brotando  de  los  volca- 
nes. Se  apesta  el  aire  de  olor  a  azufre.  La  oscuri- 
dad está  cruzada  de  piedras  candentes  como  en 
Sodoma  y  Gomorra... 

Pero  el  mundo  se  salva  una  vez  más  todavía. 
Tras  la  lluvia  de  piedra  cae  la  lluvia  de  arena  ; 
tras  la  lluvia  de  arena  se  desmenuza  una  nube  de 

—  200  — 


BABEL     I     EL     CASTELLANO 

cenizas.  La  aterrorizada  gente  sale  de  nuevo  de 
sus  refugios.  Reina  aún  la  noche.  La  gente  se 
vuelve  misteriosísima  en  los  caminos.  Cada  uno 
lleva  un  farol  encendido.  Acá  y  allá  semejan  cons- 
telaciones movedizas.  Así  fué  en  1616.  Así  fué 
en  1 8 14.  ¿  Querías  aventuras,  aventurero  español  ? 
j  Las  tuviste  cumplidas  ! 


11 


Leyendo,  leyendo,  nos  vamos  sintiendo  como  en 
casa  propia  en  las  Filipinas.  Pasó  el  terremoto,  el 
viento  barrió  las  cenizas,  tragóselas  el  mar,  y  las 
palomas  se  posaron  de  nuevo  como  en  los  días 
azules  en  los  cráteres  ayer  espantosos.  Leyendo 
leyendo,  nos  sentimos  muy  dueños  de  casa  y  nos 
seducen  las  historias  de  los  piratas  chinos  ;  las 
historias,  sobre  todo,  de  aquel  feroz  Lin-a-hong, 
que,  heredero  de  seis  navios,  llegó  a  contar  cerca 
de  cien,  tan  bien  abastecidos,  tan  numerosamente 
poblados  (tantos  los  artesanos,  tantas  las  mujeres, 
tantos  los  niños)  y  tan  sabiamente  distribuidos  los 
bienes  y  los  afanes,  que  su  flota  no  parecía  sino 
una  nación  flotante,  y  Lin-a-hong,  no  un  pirata, 
sino  un  rey. 

Ya  no  estamos,  sin  embargo,  como  bien  se  com- 
prende, para   historias   de  corsarios  chinos.     Si, 

—  203  — 


ARTURO      CAPDEVILA 

pues,  tanto  nos  interesan  las  incursiones  de  Lin- 
a-hong  y  su  lugarteniente  Sioco,  y  aun  las  de  aquel 
otro  pirata  Kog-sing  o  Cho-seng,  no  es  difícil  dar 
con  la  clave.  Kilos,  al  atacar  las  posesiones  de 
España,  pudieron  cambiar  la  faz  de  las  Filipinas. 
Por  eso  nos  interesan  de  ese  modo.  Cuando,  a  la 
vuelta  de  una  página,  los  vemos  huir  desbarata- 
dos, nos  alegramos  como  de  triunfos  propios.  Y  es 
que,  en  cierta  manera,  lo  fueron...  ¿A  qué  ocul- 
tar, por  otra  parte,  que  igual  cosa  nos  pasa  cuan- 
do escuadras  de  Inglaterra  o  de  Holanda  son  pues- 
tas en  dispersión  por  los  cañones  hispánicos  de 
Manila  ?  Es  la  pura  verdad  que  nos  alegramos 
muchísimo.  Nos  alegramos,  siquiera  como  quien 
no  puede  menos  de  reconocer  la  existencia  del 
imperio  espiritual  del  castellano,  cuya  inviolabi- 
lidad debería  ser  un  dogma  de  la  raza. 

Grande  cosa  es  este  imperio  espiritual,  y  acaso 
salga  valiendo  más  con  el  tiempo  que  un  real 
imperio  político.  En  todo  caso,  el  idioma  castella- 
no nació  como  adivinando  un  portentoso  destino. 
Nació  al  son  de  las  canciones  de  gesta,  y  es  por 
momentos  el  mismo  Cid  Campeador.  En  ningún 
instante  se  pone  en  duda  la  grandeza  de  la  len- 
gua. Lebrija,  en  1492,  publica  su  célebre  gramá- 
tica de  la  lengua  castellana.  La  fué  preparando  a 
medida  que  se  preparaban  los  tiempos.  Cuando 
se  de.scubría   América,   ya   estaba  hecha   la  gra- 


204 


BABEL     Y    EL     CASTELLANO 

mática.  El  genio  de  la  raza  y  el  genio  de  la  his- 
toria habían  trabajado  juntos.  Son  definitivas  las 
palabras  de  su  prólogo  :  Paiia  que  lo  que  agora 
y  de  aquí  adelante  se  es'criviere  pueda  quedar  en 
un  tenor  y  extenderse  en  toda  la  duración  de  los 
tiempos  que  están  por  venir.  La  obra  no  se  rea- 
liza solamente  para  que  lo  que  agora  y  de  aquí 
adelante  se  escnviere  pueda  quedar  de  un  tenor. 
Se  realiza  para  que  se  extienda  la  lengua  en  to- 
da la  duración  de  los  tiempos.  Se  afirma  que  unos 
extensos  tiempos  están  por  venir...  ¡Qué  mucho 
así  que  la  obra  se  escriba  también  para  los  pue- 
blos bárbaros  y  naciones  de  peregrinas  lenguas!... 
Lo  cierto  es  que,  descubierta  América  y  verifica- 
dos en  ella  más  de  cuatrocientos  idiomas,  no  se 
duda  en  España  de  la  perfecta  unidad  de  lengua 
del  continente.  ¡  Tanta  es  la  fe  que  en  el  caste- 
llano se  pone ! 

Fué  por  entonces  cuando  la  gloria  del  idioma 
se  puso  de  manifiesto  ante  la  Europa  toda.  Car- 
los V  adoptaría  oficialmente  el  castellano  en  Par- 
lamento famoso,  y  el  embajador  francés,  obispo 
de  Macón,  y  los  cardenales,  y  los  embajadores  to- 
dos, y  el  propio  Paulo  III,  oirían  de  él  aquellas 
fieras  palabras  con  que  atajó  al  francés  :  Señor 
obispo,  entiéndame  si  quiere  y  no  espere  de  mí 
otras  palabras  que  de  mi  lengua  española,  la  cual 


ARTURO      CAPDEVILA 

es  tan  noble  que  merece  ser  sabida  y  entendida  de 
toda  la  gente  cristiana.,,  (i), 

Y  cuenta  que  Carlos  V  fué  el  que  dijo  también  : 
Un  hombre  que  sabe  cuatro  lenguas  vale  por 
cuatro. 

Eso  era  ya  el  castellano  hacia  el  siglo  xvi.  No 
hay  que  aguzar  mucho  el  ingenio  para  entender 
que  en  Manila  el  cañón  defendía  el  espíritu. 

Inmenso  fué  paralelamente  el  imperio  político 
español,  a  punto  que  en  él  no  se  ponía  el  sol. 
Pero  había  de  ponerse  el  astro  en  Portugal,  en 
Flandes,  en  Italia,  en  toda  la  América.  Estas 
son,  por  lo  menos,  las  cuentas  de  la  política.  Pero 
si  estas  son  las  cuentas  de  la  política,  muy  dife- 
rentes son  las  del  espíritu.  Así,  con  haberse  pro- 
clamado independiente  la  América  española,  no 
se  puso  el  sol  que  decimos  en  América,  pues  más 
bien  ascendía  en  su  cielo ;  ni  se  dirá  en  rigor 
que  este  sol  se  pusiera  en  Portugal,  en  Flandes 
o  en  Italia,  porque  en  tales  comarcas  no  lució 
nunca  como  no  fuera  en  las  armas  de  los  solda- 
dos. En  Manila,  en  cambio,  y  en  Puerto  Rico 
se  puso  el  sol  o  empezó  a  ponerse,  y  no  para 


(1)  (íRodomontades  et  gentilles  rencontres  espag- 
nollesy>  par  Branthóme  {Fierre  de  Bourdeilles^  ahbé 
et  seigneus  de);  tomo  IX,  pág.  80.  E.  Plon  Nourrit, 
editor.  MDCGGXGIII. 


—  206 


BABEL     Y    EL    CASTELLANO  , 

España  solamente,  sino  para  todos  los  que  habla- 
mos su  lengua.  Costaron  las  Filipinas  la  primera 
vuelta  al  mundo  de  que  haya  noticia  y  se  perdían 
por  una  sorpresa...,  por  una  emboscada,  de  la 
diplomacia.  Se  perdían  para  todos,  porque  se  per- 
dían para  el  castellano.  Por  el  tratado  de  París 
de  1898,  las  islas  Filipinas  pasarían  a  llamarse 
Philippine  Islands. 


III 


Con  todo,  pasan  los  años  y  el  castellano  más 
parece  ganar  que  perder  en  las  antiguas  pose- 
siones de  España.  El  inglés  no  puede  tanto  como 
se  prometiera  contra  esta  lengua  de  vocales  fir- 
mes y  consonantes  recias.  Ya  se  vio  frente  al  ára- 
be su  maravillosa  fuerza,  Recogió  sustantivos, 
prohijó  sueltas  designaciones  ;  pero  sus  formas 
permanecieron  incólumes.  En  América,  cuatro- 
cientos idiomas  vernaculares  apenas  si  le  comu- 
nicaron un  perfume  levísimo.  En  el  Oriente,  cua- 
tro siglos  de  aislamiento  no  han  sabido  secarlo 
en  el  alma  del  sefardí.  Ni  se  olvidan  las  vicisi- 
tudes históricas  que  en  Santo  Domingo  lo  pusie- 
ran a  prueba,  como  lo  cuenta  la  quintilla  con 
triunfadora  gracia  : 

Ayer,  español  nací; 
a  la  t^arde,  fui  francés; 
a  la  noche,  etiope  fui. 

14 


ARTURO      CAPDEVILA 

Hoy   dicen   que  soy   inglés... 
No  sé  qué  será  de  mí. 

En  Filipinas  se  cuenta  con  esa  fuerza  natural 
del  castellano.  Todos  los  que  lo  hablamos  nos 
parecemos  un  poco  a  Carlos  V.  Nuestra  lengua 
española  nos  parece  tan  noble  que  merece  ser 
sabida  y  entendida  de  toda  la  gente  cristiana... 
Fuera  de  esto,  hay  allí  un  pueblo  que  ama  la 
libertad  y  aspira  a  la  independencia  nacional, 
y  lo  dice  y  lo  escribe,  todos  los  días,  en  la  lengua 
castellana.  Ni  en  otra  lengua  se  canto  el  himno 
de  esa  patria  de  un  día  : 

Tierra  adorada, 

hija  del  sol  de   Oriente. 

Su  fuego  ardiente 

en  tí  latiendo  está. 

Tierra  de  dichas,  de  sol  y  de  amores, 

en  tu  regazo  dulce  es  vivir. 

Es  una  gloria  para  tus  hijos 

cuando  te  ofenden  por  ti  morir. 

El  supuesto  aliado  de  la  víspera,  trocado  en 
dominador,  heló  el  canto  en  los  labios  del  filipi- 
no. Ya  sólo  se  podía  pelear.  Se  peleó  cuanto  se 
pudo. 

A  todo  esto,  los  años  pasan  y  el  espíritu  de 

—  210  — 


BABEL     Y    EL     CASTELLANO 

independencia  se  robustece  día  a  día  en  el  archi- 
piélago. No  hace  mucho,  una  delegación  de  fili- 
pinos pedía  por  la  tercera  vez  su  independencia 
en  Washington.  Obtenerla,  siquiera  fuese  rudi- 
mental, sería  algo.  Acaso  los  tiempos  madurarán. 
Acaso  el  sol  no  se  pondrá  en  Manila,  o  ascen- 
derá de  nuevo,  si  es  que  se  puso.  La  causa  filipi- 
na merece  así  la  simpatía  y  el  apoyo  de  los  pue- 
blos que  hablan  castellano.  Hasta  por  razones 
comerciales  lo  merece.  No  puede  sernos  indife- 
rente que  las  actuales  Philippine  Islands  vuelvan 
a  llamarse  Islas  Filipinas. 

Una  de  las  mayores  fortunas  del  pueblo  argen- 
tino es  hablar  un  idioma  de  extensión  universal. 
Queremos  que  esta  forma  no  se  amengüe.  Todo 
gran  pueblo  nace  a  su  destino  con  un  patrimo- 
nio de  posibilidades  gigantescas.  Si  es  de  veras 
Un  gran  pueblo,  este  patrimonio  con  que  nace 
debe  acrecentarse  en  sus  manos.  Si  no  es  de  ve- 
ras un  gran  pueblo,  en  sus  manos  perece. 


211 


XII,    LA  PRODIGIOSA    Y  DÍSCOLA 
CIUDAD  DEL  IDIOMA  COMÚN 


Cada  provincia  tiene  sus  vocablos  pro- 
pios y  sus  maneras  de  decir. 


(Diálogo  de  las  lenguas.) 


Como  una  ciudad,  no  en  oíra  forma  que  al 
modo  de  una  ciudad  de  muchos  y  diferentes  ba- 
rrios, puede  ser  considerado  el  vasto  idioma  cas- 
tellano, ya  por  su  variedad  riquísima,  ya  por 
su  indestructible  unidad.  Como  una  ciudad  se 
nos  aparece  el  idioma,  y  las  diversas  tierras  y 
países  donde  tantas  y  tantas  naciones  lo  hablan 
se  nos  muestran  así  como  barrios  y  barriadas 
de  la  ciudad  que  decimos.  Y  apenas  tomamos  dis- 
tancia, la  vemos  en  toda  su  soberbia  belleza  : 
ciudad  alta,  empinada  sobre  montes  que  miran  al 
mar,  muy  esbelta,  muy  guarnecida,  brillante  al 
sol  como  si  toda  fuese  de  oro.  Está  abierta  a 
los  cuatro  vientos  de  la  Historia,  y  las  más  ele- 
vadas nubes  de  la  poesía  y  del  arte  corren  libres 
por  su  esplendoroso  cielo. 

En  esta  gran  ciudad  de  almas  vivimos  todos  : 
nosotros,  los  de  América,  y  ellos,  los  de  España, 
y  esos  otros,  los  hermanos  de  las  Filipinas,  y 


215 


ARTURO      CAPDEVJLA 

aquéllos,  finalmente,  los  de  las  juderías  sefardi- 
tas del  Mediterráneo.  Vivimos  en  barrios  apar- 
tados— que  es  inmensa  la  urbe — ,  y  de  ello  nos 
suele  venir  la  sensación  del  desvinculamiento  re- 
cíproco. Cada  caserío  se  reputa  entonces  por  ciu- 
dad aparte  y  separada.  Nadie  oye  otra  campana 
que  la  de  su  campanario.  Un  poco  de  bruma,  de 
esa  que  a  menudo  se  levanta  del  caliginoso  seno 
del  pasado,  comunica  además  por  momentos  la 
impresión  de  que  el  horizonte  se  acaba  en  nues- 
tro cerco. 

Nadie  tiene  la  culpa.  Todo  camino  de  hombre 
se  asemeja  demasiado  a  un  lendel.  Kl  rincón  de 
nuestro  ordinario  ajetreo  se  parece  demasiado  a 
una  noria,  y  el  pobre  jornalero  que  hay  en  todo 
hombre  se  parece  demasiado  a  una  muía  norial. 
Cada  uno  toma  su  calle  y  su  acera  por  la  ciudad 
inmensa,  cuyo  tamaño  se  reduce  al  de  su  mísero 
trajín.  Poco  o  nada  sabemos  de  otras  rutas. 

Asimismo  acontece  en  la  ciudad  de  nuestra 
lengua  común.  Hasta  hay  quienes  no  creen  mu- 
cho en  tal  comunrdad.  Confunden  lengua  con  len- 
g^^j^í  y>  confinándose  en  sus  peculiares  mane- 
ras de  nombrar  un  par  de  cosas  peculiares,  se 
atribuyen  una  privativa  lengua  :  ¡  que  tan  esca- 
samente tiende  el  hombre  a  la  universalidad  ! 

Sin  embargo,  no  se  da  caso  en  el  mundo  de 
una  tal  unidad  espiritual  como  la  de  nuestra  in- 

.-216.- 


BABEL     Y    EL     CASTELLANO 

mensa  familia  hispánica.  Hemos  sido  llamados 
a  un  espectáculo  maravilloso.  Constituímos  por 
nosotros  mismos  ese  maravilloso  espectáculo.  ¿Y 
no  lo  celebraremos?  Y  sobre  no  celebrarlo,  ¿ni 
siquiera  nos  percataremos  de  él  ? 


II 


Con  todo,  está  llena  la  ciudad  de  gente  díscola. 
Y  eso  que  los  peores  majaderos  pasaron  ya,  sin 
dejar  descendencia :  aquellos  que,  apóstoles  de 
una  vil  jerigonza,  dolíanse  de  hablar  la  lengua 
de  España,  imaginando  que  implicaba  como  un 
coloniaje  moral.  Eran  los  tiempos  de  M.  Abeille 
y  de  su  famoso  libro  sobre  el  idioma  de  los  argen- 
tinos, Pero  Paul  Groussac  y  Ernesto  Quesada 
impusieron  silencio  a  M.  Abeille  y  su  comparsa. 
No,  ya  no  hay  quien  dude  entre  la  piltrafa  de 
una  lengua  ríoplatense,  nacida  de  una  jerga  de 
ladrones,  y  esta  hermosa  solidaridad  que  nos 
vincula  a  millones  y  millones  de  hombres  por 
toda  la  extensión  del  planeta. 

Ahora,  si  los  abeillistas  dejaron  herederos,  no 
han  de  ser  otros  que  esos  que  por  ahí  convierten 
el  castellano  en  una  verdadera  galiparla,  tan  ale- 
jada del  recto  francés  como  del  genuino  buen 
gusto.  Es  el  suyo  un  gabacho  ocasional  de  ten- 


ARTURO      CAPDEVILA 

deros,  en  que  se  dice  heige,  hleu,  fané  y  otros 
muchos  vocablos  de  hortera  ;  pero  en  que  no  se 
podría  construir  tan  siquiera  una  frase.  Y  nadie 
dice  que  esté  mal,  sino  muy  bien,  y  que  es  de 
toda  excelencia  hablar  el  mejor  francés  posible  ; 
se  dice  solamente  que  hablarlo  a  lo  tendero  ni  es 
saberlo  ni  es  hablarlo. 

Abeillistas  son  también  aquellos  otros  que  se 
desvelan  velando  por  la  gloria  literaria  de  Fran- 
cia y  que,  en  mira  de  acrecerla,  escriben  versos 
franceses  (verso,  que  es  lo  fácil  de  hacer  ;  no 
prosa,  prosa  de  personal  estilo,  que  es  lo  difícil)  ; 
abeillistas  son  y  galeotes  del  castellano  que  nun- 
ca hallaron  ni  música,  ni  emoción,  ni  realizable 
poesía  en  la  malhadada  lengua  de  Rubén  Darío... 
Por  eso  cantan  en  francés  y  pasan  por  el  colosal 
ridículo  de  llevar  su  similor  y  su  oropel  a  to^a 
la  áurea  catedral  de  las  letras  de  Francia.  Pero 
los  tiempos  cambian,  y  lo  que  ayer  parecía  dis- 
tinción y  hazaña  hoy  se  ye  reducido  a  su  cabal 
insignificancia  intelectual  y  social.  Nada  más 
fácil — repitámoslo — que  hacer  mediocres  versos 
en  lengua  extranjera.  Yo  también  los  hice  alguna 
vez,  y  fué  en  alemán,  para  mayor  alarde  jocoso, 
sin  otro  patrimonio  de  este  formidable  idioma 
que  veinte  palabras  del  momento...  Y  la  cosa 
salía,   y  yo  me    hombreaba   con   Goethe  y   con 

—  220  — 


BABEL     Y    EL     CASTELLANO 

Heine...    ¡Vaya!  Tengo  testigos...  Raúl  Orgaz, 
para  empezar. 

No.  No  está  bien  ser  ridículo.  Lo  digo  por  el 
país^,  no  por  los  galiparlistas.  Necesitamos  del 
esfuerzo  de  todos  para  la  obra  propia.  ¿Y  no  se 
ve,  fuera  de  esto,  que  toda  deserción  es  un  acto 
miserable?  Desertar  hacia  otro  idioma,  así  sea 
el  más  rico,  es  desertar  hacia  la  nada.  Y,  concre- 
tamente, desertar  de  la  lengua  de  España  es  de- 
sertar de  América  y  de  la  patria  ;  en  tanto  que 
guardar  esta  lengua  es  justamente  una  manera 
de  fidelidad  nacional...  y  de  buen  tono. 


III 


¿Y  se  acabó  la  gente  díscola  de  la  prodigiosa 
urbe?  No.  También  la  hay  en  la  parte  más  his- 
tórica y  venerada  de  la  ciudad,  en  las  partes  que 
son  los  nobles  barrios  de  España.  También  allí, 
donde  más  recatada  prudencia  supondríamos  y 
más  viejo  amor  a  la  concordia,  no  falta  la  gente 
de  la  bravata  y  de  la  mala  voluntad.  Pasan  a 
nuestro  lado  embozados  y  hoscos.  Les  tendemos 
una  mano  cordial  y,  sin  devolver  el  ademán,  nos 
miran  de  hito  en  hito.  ¿Quién  va},..  Y  el  mise- 
rando pleitecillo  de  siempre  sobre  quién  mide 
una  pulgada  de  más,  comie.nza  de  nuevo.  Y  se 
oyen  de  pronto,  porque  sí,  destempladas  voces 
como  éstas  :  «Toda  Hispano- América  junta  no  po- 
see científicos,  escritores  y  artistas  comparables 
a  los  de  España».  Y  es  tan  luego  un  publicista 
ilustre  el  que^  así  prorrumpe.  Y,  no  lejos,  pun- 
tualiza nada  menos  que  un  maestro  de  la  filosofía 
y  del  estilo  :   «Es  angosta,  poco  generosa  y  muy 

—  221  — 


ARTURO      CAPDEVILA 

imprecisa  la  mente  hispanoamericana» .  ¡  Como 
si  nuestro  destino  fuese  perdernos  de  envidia  los 
unos  por  los  otros  y  aventajarnos  tan  luego  en 
quién  ofende  más  !...  ¿Qué  saldremos  ganando?... 

Y,  como  no  pongamos  cuidado,  allá  dará  con 
nosotros  en  tierra,  de  un  caballazo,  algún  feroz 
esbirro  del  Santo  Oficio  de  la  Gramática  y  del 
Diccionario,  sin  mirar  mayormente  en  que  nos 
aplique  a  la  postre  una  disposición  abolida.  Y 
cuenta  que  estos  alguaciles  no  son  feroces  con 
todos  y  que,  en  rigor,  no  atropellaron  nunca  a 
ningún  peninsular.  Somos  nosotros  los  únicos 
sospechosos,  y  sólo  para  nuestros  lomos  son  las 
varas. 

Muy  mal,  muy  mal  conocen  las  cosas  de  la  ciu- 
dad común  estos  gendarmes  y  aquellos  visorreyes. 
Tienen  por  falsas  muchas  cosas  verdaderas  y  por 
verdaderas  casi  solamente  las  falsas.  No  saben, 
por  ejemplo,  que  Buenos  Aires  queda  mucho  más 
cerca  de  Madrid  que  Barcelona  y  que  todas  las 
comarcas  dialectales  de  la  península.  No  saben 
que  Buenos  Aires,  lejos  de  ser  una  ciudad  que  se 
descastellaniza,  es  el  más  activo  centro  de  caste- 
llanización  que  hoy  exista.  A  la  mira  de  Buenos 
Aires,  no  de  Madrid,  hay  en  este  momento  mi- 
llares de  hombres  que  aprenden  castellano,  así  en 
Berlín  como  en  Bruselas,  así  en  el  Japón  como  »^n 
el  Canadá.  En  Buenos  Aires,  no  en  Madrid  ni 

—  224-. 


BABEL     Y    EL     CASTELLANO 

en  Castilla  entera,  es  donde  se  rinde  al  castellano 
el  mayor  número  de  gallegos,  catalanes  y  vascos. 
Al  Plata  lo  que  es  del  Plata... 

Con  razón  o  sin  razón,  la  Argentina  despierta 
simpatía  en  el  mundo  ;  de  donde  la  labor  de  »5us 
escritores  inspira  paralelo  interés.  De  Italia,  ¡'e 
Francia,  de  Inglaterra,  de  Alemania,  de  Rusia, 
de  cualquier  país  de  Europa  puede  recibir  un  es- 
critor argentino  muestras  de  estima  por  su  obra  ; 
de  España...,  no  siempre,  no.  Por  punto  general, 
casi  no  hay  objeto  en  enviar  nuestros  libros  a  los 
colegas  españoles.  Por  un  Cansinos  Assens,  que 
vive  concretamente  en  la  calle  de  la  Morería,  8 
y  10  ;  por  un  Salaverría  y  un  Madariaga  o  por 
un  Azorín  y  algún  otro,  con  señas  precisas,  hay 
cien  que  moran  en  lo  inaccesible  de  la  indiferen- 
cia, del  desprecio  o  del  orgullo.  He  visto  en  algu- 
na biblioteca  madrileña  un  importantísimo  libro 
de  autor  argentino  con  la  más  cordial  dedicato- 
ria. Aquel  libro,  intacto,  no  había  sido  tocado 
ni  con  la  mirada. 

Sobre  estas  cosas  hubo,  por  cierto,  un  duelo 
literario  en  1923,  y  fué  en  Madrid,  siendo  los 
contendores  el  muy  notable  escritor  E.  Gómez  de 
Baquero,  español,  y  don  Eduardo  Schiaffino, 
ilustre  compatriota  nuestro.  «Es  necesario  con- 
fesar— dijo  con  este  motivo  don  Rufino  Blanco 
Fombona — que  Gómez  de  Baquero,  en  este  duelo, 

—  225  — 

16 


A  n  T  U  R  ü      CAPDEVILA 

tiene  en  su  contra  el  terreno,  el  sol  y  la  equidad.» 
Cierto.  El  señor  Schiaffino  decía  muy  bien.  Se 
desconoce  en  España  el  verdadero  espíritu  argen- 
tino al  acoger  el  pensamiento  de  la  Península,  y 
en  modo  alguno  existe  algo  que  ni  de  cerca  ni 
de  lejos  se  parezca  a  una  verdadera  reciprocidad 
intelectual.  Aquí,  los  brazos  abiertos  ;  allí,  prác- 
ticamente, las  puertas  cerradas. 


IV 


¡  Señor  f  ¡Señor!...  "¿Pero  llegaremos  a  pare- 
cer díscolos  también  nosotros  ?  No  lo  quisiéramos 
por  modo'  alguno.  Somos  solamente  de  los  que 
saben  cuánto  urge  la  concordia  y  el  buen  enten- 
dimiento. Están  llegando  las  horas  de  los  mayo- 
res peligros  para  nuestra  América.  ¿Y  ha  de 
creer  España  que  nada  perdería  en  el  naufragio 
de  los  pueblos  americanos,  situada  entre  un  Áfri- 
ca siempre  rebelde  y  una  Europa  tradicionalmen- 
te  hostil  ?  Nadie  reclama  ni  reclamará  mañana  de 
España  una  solidaridad  con  las  armas  en  la  mano, 
de  llegar  el  caso.  Se  quiere  tan  sólo,  para  impo- 
ner respeto  a  los  de  afuera,  el  cuadro  de  la  recí- 
proca consideración  y  del  respeto  propio.  No  an- 
dar por  las  plazas  dando  voces  de  estéril  provo- 
cación. No  estamos  tan  horros  de  inquietudes^que 
podamos  jugar  así  a  quién  es  más  vanidoso  en 
la  feria  de  las  vanidades.  Suelen  tomarse  por 
halagüeños  signos  que  a  la  verdad  son  funestos. 

—  227  — 


ÁhT  U  RÚ      CAPDEVILA 

No  en  todas  partes  se  estudia  el  castellano  por 
el  desinteresado  amor  a  los  clásicos  ni  con  una 
exclusiva  intención  comercial.  Hay  partes  donde 
se  estudia  el  castellano  para  comernos  mejor.  El 
lobo  de  esta  increíble  fábula  del  tiempo  actual 
aprende  el  balido  de  la  oveja  para  devorarla  más 
a  gusto.  Y  la  estúpida  de  la  oveja  se  alegra  de  la 
voz  del  lobo.,. 

Nada  queremos  menos  que  ser  díscolos  también 
y  sembrar  la  discordia.  Nos  proponemos  todo  lo 
contrario  en  la  prodigiosa  ciudad  del  idioma  co- 
mún. Si  hablamos  francamente  a  los  españoles 
no  es  sino  porque  francamente  los  amamos.  Si 
hablamos  sin  ambages  a  los  argentinos,  hijos  de 
extranjeros,  es  porque  deseamos  ser  sus  más 
leales  compatriotas.  Estamos  en  el  secreto  de  la 
real  topografía  de  la  ciudaíd.  Conocemos  bien  su 
unidad  imperecedera.  Nos  alegramos  con  los  que 
más  se  alegran  de  que  ella  sea  como  es.  La  apa- 
riencia de  los  vanos  meteoros  no  será  parte  a 
confundirnos.  En  tan  inmensa  urbe,  ocurre  con 
frecuencia  que  mientras  llueve  en  un  barrio  en 
el  otro  brilla  el  sol.  Es  tan  justo  como  necesario. 
Construida  en  épocas  diversas,  según  fué  cre- 
ciendo, es  justísimo  también  y  de  necesidad  rigu- 
rosa que  haya  diversos  estilos.  Lógico  es  que  sur- 
ja asimismo  con  los  tiempos  una  estética  nueva. 
¿  Cómo  apreciaríamos  la  obra  de  Ventura  García 

—  228  — 


BABEL     Y    EL    CASTELLANO 

Calderón  El  nuevo  idioma  castellano,  sino  como 
la  de  un  admirable  urbanista  de  la  ciudad  ideal  ? 
¡  Vasta  cosa  la  urbe  de  un  tal  idioma  como  el 
español ! 

La  recia  gente  de  España  vive  en  el  distrito 
de  las  blasonadas  casonas.  Nosotros,  en  los  arra- 
bales más  nuevos  de  la  ciudad,  allí  donde  las  ca- 
lles son  largas  y  anchas  y  casi  siempre  vecinas 
de  jardines  y  parques.  Vemos  así  cotidianamente 
cosas  que  ellos  no  ven,  como  ellos  ven  cotidiana- 
mente cosas  que  nosotros  no  vemos.  De  este  modo 
tenemos  para  la  intimidad  inventarios  distintos. 
Pero  nada  de  esto  empece  a  la  efectiva  unidad  de 
la  urbe.  Las  plazas  son  de  todos,  las  avenidas 
son  de  todos,  los  miradores  son  de  todos,  la  Acró- 
polis, y  las  perspectivas,  y  los  horizontes,  son 
de  todos.  Que  suene  una  hora  del  destino  o  que 
resuene  una  voz  indudablemente  digna  de  ser 
oída,  y  luego  se  sabrá  si  no  las  recoge  y  las  pro- 
paga el  eco.  ¿  Se  pierde  para  el  mundo  americano 
una  sola  palabra  de  las  siempre  valerosas  y  sa- 
bias de  Joaquín  García  Monge  ?  Ya  no  hay  quien 
ignore  a  Joaquín  García  Monge  ni  niegue  el  tri- 
buto de  su  admiración  a  la  obra  de  este  héroe 
civil  de  la  unidad  panhispánica.  Su  Repertorio 
Americano  es  el  alado  Hermes  de  los  mensajes 
continentales.  Bien  alta  está  en  las  manos  de  su 
director  la  antorcha  que  por  primera  vez  se  levan- 


ARTURO      CAPDEVILA 

tara  en  la  diestra  patriarcal  de  don  Andrés  Bello. 
Era  un  niño  García  Monge  y  llegaba  de  su  humil- 
de pueblecito  de  Desamparados  a  San  José  de 
Costa  Rica  cuando  don  Máximo  Soto  Hall,  ese 
heraldo  de  la  fraternidad  de  nuestra  América, 
viendo  pasar  aquel  niño  camino  de  la  e.scuela, 
acertó  en  su  destino,  diciendo  :  «Ese  niño  va  a 
la  conquista  de  la  gloria».  ¿Y  qué  es  San  José 
de  Costa  Rica  en  la  ciudad  común?  Es,  cierta- 
mente, uno  de  sus  más  pequeños  barrios,  ni  muy 
poblado  ni  muy  rico.  ¡  Pero  cuanta,  pero  cuánta 
su  riqueza  moral  de  país  que  sabe  honrarse  a  sí 
mismo !  Por  eso  corre  su  voz  en  la  palabra  de  ■ 
Repertorio...  Pues  de  ese  modo  resuenan  los  ecos 
en  la  enorme  y  prodigiosa  ciudad  de  los  destinos 
comunes. 

¿Y  qué  más  se  quiere  en  el  reino  de  las  ideas 
que  esta  nítida  acústica?...  Pienso  en  las  grandes 
cosas  que  aún  deben  comunicar  a  los  hombres 
de  su  raza  y  de  su  idioma  los  verdaderos  escrito- 
tes  de  la  lengua  española  ;  no,  por  cierto,  los 
fanfarrones  de  la  moda  literaria  y  de  la  origina- 
lidad... de  uniforme  (que  esos  nada  tienen  que 
enseñar  y  está  bien  que  se  les  vaya  vacío  el  tiem- 
po en  hacer  pajaritas  con  las  palabras)  ;  sino, 
digo,  los  verdaderos  escritores  capaces  de  alguna 
misión  de  bien,  de  belleza  o  de  verdad,  entre  los 
hombres... 

r-  230  ^- 


BABEL     Y    EL     CASTELLANO 

Tomemos  distancia  y  veremos  a  la  ciudad  del 
idioma  tal  como  es  :  soberbia  y  prodigiosa.  Y  así 
como  dijimos  :  alta  y  magnífica,  empinada  sobre 
colinas  y  montes  que  miran  al  mar  ;  tan  esbelta 
como  bien  guarnecida^  y  toda  brillante  al  sol 
como  si  por  entero  fuese  de  oro. 


XIII.    EL  INMENSO  MAR  DEL 
CASTELLANO 


No  tengo  más  que  proseguir,  ni  vos- 
otros 08  podréis  quejar  que  no  os  he  di- 
cho hartas  gramatiquerias. 


(Diálogo  de  las  lenguas.) 


Y  bien  ;  éste  en  que  navegan,  de  viaje,  de  fae- 
na o  de  conquista,  los  buques  de  nuestro  espí- 
ritu, desde  aquéllos  que  ponen  proa  hacia  la  C61- 
quide  del  vellocino,  hasta  los  frágiles  barquichue- 
los  pescadores  que  salen  por  las  mañanas  y  vuel- 
ven por  las  tardes,  siempre  seguidos  de  las  ga- 
viotas ;  éste  en  que  navegan  todos  los  posibles 
buques  de  nuestro  espíritu,  es  el  mar  del  caste- 
llano, y  las  que  voy  a  decir — misteriosas,  fan- 
tásticas, lejanas — son  sus  más  lejanas,  fantásti- 
cas y  misteriosas  riberas. 

No  son  riberas  de  arena,  ni  de  peñas  graníti- 
cas, ni  de  otra  alguna  roca,  las  que  voy  a  decir, 
sino  playas  y  costas  de  abolidas  palabras,  de 
yertos  y  desarticulados  vocablos.  Pero  estas  cos- 
tas, como  pudiera  acontecer  con  esas  de  los  ver- 
daderos mares,  se  alzan  en  acantilados  o  se  dila- 
tan en  inabordable  arenal,  cuando  no  avanzan  y 
se  elevan  en  imponente  promontorio. 

—  235  — 


ARTURO      CAPDEVJLA 

Sobre  todas  estas  playas  señala  sus  sinuosas 
líneas  de  flujo  y  reflujo  el  mar  del  castellano,  el 
cual  ha  hecho  en  muchas  de  ellas  sorprendentes 
trabajos  en  la  lentitud  de  los  siglos.  En  muchas 
de  esas  riberas  el  trabajo  está  concluido  y  los 
últimos  desmoronamientos  consumados.  Ahora,  ni 
arroja  el  mar  sobre  ellas  gérmenes  de  renovada 
vida  ni  arrastra  consigo  cosa  alguna  en  sus  resa- 
cas. La  arena  que  socava  por  las  mañanas  vuelve 
a  rellenarse  por  las  tardes.  Son  playas  silencio- 
sas, donde  ya  no  habitan  las  gracias  ;  playas  de 
una  muerta  soledad,  donde  yacen  dispersos,  sem- 
brados al  sol  y  al  viento,  vestigios  y  reliquias  de 
fúnebres  y  destrozadas  cosas  del  alma. 

Mas  ocurre  ver  todavía  en  pie  un  pórtico,  an- 
taño majestuoso,  ahora  todo  vestido  y  recubíerto 
de  moho.  ¡  Esta  baba  de  la  soledad  donde  antes 
relucían  los  mármoles !  Restos  verbales  quedan 
también  de  torva  apariencia,  en  que,  por  así  de- 
cirlo, se  echan  de  ver  aún  cómo  fueron  y  lo  que 
fueron  las  primitivas  moradas  espirituales  del 
pensamiento.  Bien  harán  en  caminar  por  aquí  e 
arqueólogo  y  el  filósofo,  verificando  que  tampoco 
al  espíritu  le  faltó  su  edad  de  piedra.  Restos  y 
escombros  son  que  pertenecen  a  los  tiempos  en 
que  el  alma  salvaje  y  desnuda  apenas  si  sabía  ha- 
cerse cavernas  con  las  palabras. 

Ni  siquiera  faltan  en  los  lindes  niismos  de  la$ 

-  ?36  - 


ÉAÉEL     Y    EL    CASTELLANO 

primeras  supersticiones,  así  como  sombríos  mean- 
dros que  corresponden  a  no  sabemos  qué  vivien- 
das subterráneas  del  pensamiento,  allá  en  los  co- 
mienzos de  su  destino,  cuando,  mucho  antes  de 
ser  mariposa  del  cielo,  el  pensamiento  era  sólo 
un  [gusano  de  la  humedad  de  la  tierra.  Época 
lejanísima,  remotísima,  en  que  este  frío  gusani- 
llo hubo  de  convivir  en  la  humedad  oscura  con 
los  más  ciegos  roedores  de  la  animalidad.  ¡  De 
ahí  le  vienen  todavía  hoy  a  la  mariposa  del  cielo 
esos  súbitos  terrores  sepulcrales  con  que  ve  decli- 
nar el  sol  en  su  breve  día  ! 

Playas  desoladas  estas  playas,  costas  de  arcano 
y  de  tinieblas  estas  costas,  incapaces  ahora  de 
acoger  ninguna  forma  de  vida.  Pues  por  tales 
y  tan  melancólicas  arenas  se  echa  el  oleaje  del 
castellano  a  marcar  su  flujo  y  su  reflujo^  su  plea- 
mar y  su  bajamar,  bajo  la  luna  instable  de  la 
humana  cultura... 


n 


Pero  he  aquí,  concretamente,  entre  las  riberas 
que  decimos,  el  acantilado  de  la  escarpada  lengua 
vasca.  Solamente  desde  una  altura  como  la  suya 
se  alcanzaría  a  saber  un  día  de  atmósfera  pro- 
picia si  es  verdad,  como  dicen,  que  la  cuenca  del 
Mediterráneo  fué  en  la  mañana  del  mundo  un 
valle  fecundísimo  donde  florecieron  populosas  ciu- 
dades. Solamente  las  raíces  de  los  vocablos  éusca- 
ros se  hundieron  en  el  seno  de  aquella  tierra  que 
fué.  ¿Y  no  es  verdad  que  en  esta  lengua  de  los 
vascos  se  enseñó  por  la  primera  vez  a  los  morta- 
les el  arte  de  encender  el  fuego?  Acabados  los 
fenicios,  únicamente  los  vascos  llegarían  a  decir- 
nos de  qué  selva  misma  se  descuajó  aquel  árbol 
con  cuyo  tronco  fuera  hecha  la  primera  embarca- 
ción que  hendió  el  mar.  También  podrían  decir- 
nos cuál  era  aquella  palabra  que  los  fenicios  lla- 
maban entre  todas  divina,  porque  no  de  otro  modo 
la  descifraron  que  leyendo  la  escritura  de  los  as- 

—  239  — 


AkTURO      CAPDEVILÁ 

tros.  Acaso  quede  en  el  castellano,  a  través  de 
los  vascos,  el  último  eco  de  esta  palabra  del  fir- 
mamento estrellado. 

Todo  eso  baña  y  remueve  en  sus  mareas  el  mar 
del  castellano. 

Aquella  otra  es  la  costa  de  las  lenguas  druídi- 
cas,  costas  que  bien  se  llamarían,  por  otro  non;- 
bre,  las  de  la  sombra  de  la  encina  y  el  olor  de 
muérdago.  En  su  idioma  resonaron  las  canciones 
guerreras  de  los  bardos.  En  él  fueron  nombrados 
y  conjurados  espantosos  dioses  de  horror  y  de 
muerte.  En  esta  lengua  fueron  oídos  los  oráculos 
de  las  druidesas.  En  esta  lengua,  y  por  la  virtud 
secreta  de  sus  palabras,  se  ejerció  poder  sobre  las 
fuerzas  sutiles  de  la  Naturaleza,  y  dicen  que  el 
viento,  el  fuego  y  el  agua  respondían  a  la  pala- 
bra del  hombre.  En  lengua  de  los  druidas  se 
bautizaron  antes  que  en  otra  alguna  los  tristes 
montes  y  los  descoloridos  mares  de  la  luna.  En 
esta  lengua,  finalmente,  nació  el  verso,  como  jo- 
yel entre  joyeles  para  los  grandes  te,soros  del  rey 
Artús.  ¡  Ah !  Más  les  valiera  a  estos  versos,  que 
la  religión  vedaba  escribir  y  que  sólo  vivían  en 
la  memoria  de  los  cantores,  más  les  valiera  haber 
sido,  como  las  sentencias  etruscas,  un  comentario 
de  la  muerte  :  que  al  menos  se  daría  con  alguna 
sabia  estrofa  en  la  inscripción  de  un  túmulo... 
Pero  los  menhires  son  mudos. 


BABhL     Y    EL    CASTELLANO 

.Y  por  esta  desolada  costa  de  menhires  y  dól- 
menes también  suben  y  bajan  las  airulladoras 
mareas  del  mar  del  castellano. 

Bu  cambio,  las  playas  del  catalán  y  del  gallego 
son  las  riberas  del  verdor  primaveral  y  de  los 
vergeles  risueños.  Da  su  flor  la  galantearía  en 
aquéllas  desde  los  tiempos  de  las  Cortes  de  Amor. 
Da  su  aroma  la  religiosidad  en  estas  otras  desde 
los  tiempos  de  las  Cruzadas. 

Por  lo  demás,  si  las  mareas  de  un  gran  idioma 
moderno  han  bañado  las  últimas  islas  y  bancos 
lingüísticos  de  lo  que  fué  la  Atlántida,  estas  ma- 
reas han  sido  las  del  mar  castellano.  Y  si  en  las 
olas  de  algún  idioma  actual  flotan  todavía  des- 
pojos de  las  ideas  y  los  sentimientos  que  anima- 
ron un  día  a  los  atlantes,  no  será  smo  (^n  las  olas 
del  castellano  donde  floten. 

Pero  las  playas  verdaderamente  majestuosas 
que  el  mar  del  castellano  hubo  de  invadir  en  su 
expansión  portentosa  son  esas  de  las  antiquísi- 
mas lenguas  de  América  :  esas  que  corresponden 
a  las  más  yiejas  ruinas  de  Tihuanacu  o  de  los 
mayas.  Bs  imponente  el  silencio  de  las  riberas 
y  una  triste  laya  de  tristes  volcanes  se  petriñca 
por  ahí  en  inmóviles  mantos.  A  lo  lejos,  en  el 
confín  del  horizonte,  los  apagados  cráteres  no  son 
más  que  conos  misteriosos.  ¡  Y  no  menos  enig- 
máticos se  elevan  los  monumentos  que  nadie  sabe 

—  241  - 


ARTURO      CAPDEVILA 

quién  construyó!  ¿Memorias  de  qué?  Memorias 
de  nada  :  son  lo  inmemorial.  ¿  Vaticinios  de  qué  ? 
Vaticinios  de  nada.  Lk)  inmemorial  carece  de  vi- 
sión futura.  Lo  que  no  tiene  memoria  ignora  la 
esperanza. 

¿  Y  las  otras  cien  y  las  otras  mil  lenguas  aborí- 
genes de  tribus,  de  clanes,  de  ayllus  que,  a  ma- 
nera de  islotes,  se  fué  tragando  el  mar  de  la  len- 
gua nueva  por  todo  lo  que  es  América  ?  Tal  cata- 
clismo espiritual  fué  aquel  que,  ese  mismo  de  la 
sumergida  Atlántida^  pálido  parece  a  su  lado. 

Y  todavía  trabaja  el  mar,  y  lo  que  deba  ser  des- 
truido será  destruido.  Hacia  la  parte  del  qui- 
chua— con  ser  el  quichua  lo  que  fué — ,  lentos, 
pero  constantes  desmoronamientos  rebajan  y  des- 
figuran hoy  aún  el  contorno.  La  roca  no  cesa  de 
volverse  arena,  las  olas  devoran  las  islas  sin  ce- 
sar. Hasta  que  un  día  todo  sea  mar  :  inmenso  mar 
castellano, 

Y  apenas  si  el  pensamiento  navegante  de  las 
ideas,  mirando  hacia  aquellas  costas  del  pasado, 
contemplará  una  extensión  de  médanos  o  polva- 
redas de  ceniza  de  esas  que  a  veces  levanta  el  frío 
soplo  de  la  ciencia.  Soplo  de  la  ciencia  que  avien- 
ta, pero  no  reanima... 


m 


Entretanto,  en  los  límites  del  Oriente,  el  idio- 
ma confína  con  el  hebreo  y  con  el  árabe.  Allí  bra- 
man en  las  hinchadas  olas  del  castellano  trece 
siglos,  cuando  menos,  de  historia. 

Pues  I  qué  playa  enorme  la  que  hubo  de  ofrecer 
el  árabe  al  castellano  en  siglos  y  siglos  de  una 
común  grandeza !  Si  la  palabra  castiza  pudo  salir 
incólume,  el  pensamiento  se  compenetró  profun- 
damente de  la  índole  arábiga.  Anchos  y  dilata- 
dos espacios  de  España  fueron  sucesivamente 
cuenca  marina  y  relieve  terrestre,  y  otra  vez 
cuenca  y  otra  vez  relieve,  y  ya  era  el  mar  y  ya 
la  costa,  y  ya  era  lo  castellano  y  ya  lo  árabe.  Fué 
lucha  y  fué  juego,  fué  odio  y  fué  amor.  En  An- 
dalucía— será  por  eso — el  idioma  se  ha  quedado 
como  soñando,  entre  olvidadizo  y  ebrio. 

¿Y  las  altas,  y  las  santas,  y  las  empinadas 
costas  del  hebreo  y  de  la  Biblia,  vestidas  de  ce- 
dro, con  montes  coronados  de  tumbas  y  de  alta- 


ARTURO      CAPDEVILA 

res,  azuladas  del  humo  de  los  holocaustos,  bor- 
dadas de  nubes  que  el  viento  trae  del  Sínaf ;  cos- 
tas pobladas  de  voces  errantes,  de  garitos  profé- 
ticos,  de  encendidas  plegarias,  de  viejos  clamo- 
res? I  Ah,  de  veras !  i  Cuántas  l^hías  y  cuántos 
refugios  y  ancones  no  se  hizo  allí  el  pensamiento 
castellano  para  mejor  creer,  para  más  plácida- 
mente sonar,  para  más  dulcemente  esperanzarse ! 
Frases  enteras  de  Santa  Teresa  y  versos  enteros 
de  fray  Luis  de  Le6n  no  parecen  espafíol,  sino 
hebreo,  o  son  como  caracoles  de  un  rumor  infinito 
en  que  toda  la  Biblia  vaga  y  sofíadoramente  re- 
suena. 

Y  por  siglos  y  siglos  rompían  las  olas  del  cas- 
tellano sobre  las  santas  playas  de  los  profetas, 
y  todavía  rompen  sobre  ellas  en  larga,  intermi- 
nable voluptuosidad  de  sueño  y  de  amor.  Y  de 
este  modo,  ¿en  dónde  habrá  voz  moderna,  en 
dónde  eco  de  lengua  actual  que  más  corra  y  se 
dilate  por  los  espacios  de  las  lenguas  arcaicas  "^ 

Mas  si  por  esto  es  en  mucha  parte  el  castellano 
la  lengua  de  lo  que  fué,  no  es  otra  cosa,  en  toda 
lá  vibrante  América  y  en  toda  la  renacida  Es- 
paña, que  la  ágil,  pronta  y  siempre  conquista- 
dora lengua  de  lo  que  será. 


-^244  — 


BABEL     Y    EL     CASTELLANO 

t 

Y  se  extiende  como  si  no  tuviera  término  ni 

orillas  el  mar  inmenso  del  castellano. 

Y  no  se  pone  el  Sol. 


FIN 


índice 


Paga. 

1.  Un   gran    imperio    espiritual 13 

II.  La    uiopíia    33 

III.  España   y   América   51 

IV.  En    Castilla    69 

V.  El  embrollado  problema  del  tú  y  el  vos.  83 

VI.  El  tú  y  el  vos  en  los  clásicos 99 

Vil,  El  tú  y  el  vos  en  América 115 

VIH.  El    idioma   en   la   Argentina 131 

IX.  Los   sefardíCiS    157 

X.  El    romancero    sefardí    171 

XI.  En   Manila  se  ha  puesto  el  sol 193 

XII.  La    prodigiosa   y    díscola   ciudad 213 

XIU.  El    inmenso    mar    del   castellano 233 


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